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Vivir de lo que nadie quiere

por Redacción
5 de marzo de 2012
en Castilla y León
Una mujer recoge alimentos desechados de una gran superficie comercial. / Ical

Una mujer recoge alimentos desechados de una gran superficie comercial. / Ical

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Dos mujeres esperan junto a unos contenedores en la puerta trasera de una superficie comercial en Valladolid. Portan un carro de la compra vacío pese a que el establecimiento ya ha cerrado sus puertas. Son las 21.30 horas de un día entre semana, el portón del supermercado se abre y dos empleadas salen cargadas con verduras, frutas, bollería, pan y productos a punto de caducar que no se podrán poner a la venta. Trabajadoras y mujeres se saludan educadamente en una escena poco común, incluso se preguntan en tono familiar y paradójico cómo les va la vida y mientras las primeras cierran la verja del establecimiento a la vez que prenden un pitillo como colofón a su jornada laboral, las segundas comienzan su labor de selección de los alimentos que podrán aprovechar para su consumo.

Pimientos, lechugas y manzanas en estado óptimo pero que deben salir de los lineales para evitar podredumbres. Todo ello enfila el fondo del carro. Una vez lleno, les quedan 15 minutos andando hasta su casa cargadas hasta arriba de comida, tal vez con la que nunca hubieran imaginado que se alimentarían. Pero eso no les hace perder su orgullo ni les provoca vergüenza.

Cada vez son más los que al cierre de los supermercados se ven arrastrados por necesidad a obtener algún alimento. Si bien la escena no es nueva, empieza a ser cotidiana desde el comienzo de la crisis, principalmente en las grandes ciudades de Castilla y León. La paradoja reside en que a la vez que algunos buscan comida en los contenedores cada español malgasta una media anual de 163 kilos por persona.

Es imposible no ver de vez en cuando a gente, y no siempre indigentes, que levantan la tapa del contenedor y revuelven dentro con el único fin de llevarse algo a la boca. En muchos casos, familias en las que hasta hace no mucho todos sus componentes trabajaban y el desempleo y el fin de prestaciones les obliga a ello. «Prefiero que me vean haciendo esto, que robar», dice Carmen mientras recoge alimentos en la calle Monasterio de Santa María de Monserrat de Valladolid. Reside en Girón y recibe 400 euros de ayuda en una familia en la que casi todos son desempleados. Con ello da de comer a tres hijos y marido. Reconoce que cada 15 días la parroquia les da una bolsa de alimentos, pero es insuficiente y ello le empuja a acudir a aquel lugar.

Además de la comida, el gasto lo debe repartir también en pañales, ropa y calzado para su nieta de dos años, que vive con ella, dado que su hija es discapacitada y no se vale por sí misma. «Menos mal que la casa en la que vivimos es de mi suegro, porque si tuviéramos cargas hipotecarias estaríamos en la calle. No pagamos más que la luz y la bombona», resopla.

Carmen acude a ese punto de la ciudad casi a diario. Lo hace a la misma hora desde hace dos o tres años. Una de las razones por las que no ha entrado en conflicto social es porque comparte estos alimentos con más gente. Allí también suelen acercarse familias de inmigrantes con una furgoneta, principalmente búlgaros y rumanos, «pero nunca hay discusiones, siempre se raciona bien».

«Desanimado»

En la misma situación se encuentra el leonés Miguel, quien ha trabajado toda su vida en la construcción, pero con 48 años se quedó en paro. Casi tres después continúa en desempleo y reconoce estar «muy desanimado» por la falta de oportunidades, no solo por las condiciones actuales, sino porque supera los 50 y la edad es «un condicionante». La situación se complicó aún más cuando su hija de 28 años tuvo que regresar a la casa paterna al haberse quedado también sin empleo.

Aunque reconoce que intentan salir adelante «lo más dignamente posible», no oculta las dificultades a las que tienen que hacer frente cada día. «Si hace frío, te abrigas más y sabes que no puedes permitirte ningún lujo», aunque explica que hay que seguir comiendo, algo a lo que contribuyen los supermercados de la ciudad que «tiran mucha comida en buen estado».

La estampa se hace cada vez más típica en las ciudades. Pasadas las 14 horas, en una importante superficie comercial de Valladolid, un grupo de búlgaros se afana en recoger docenas de huevos en cajas sin abrir, que caducan ese mismo día o al siguiente. Pero también carne, algo pasada, pan y bollería. Junto a ellos y con la ayuda de una furgoneta, un matrimonio gitano y una de sus hijas también buscan alimento. En total, su unidad familiar se compone de 12 personas. El hombre prefiere no identificarse. Siempre ha trabajado en el campo, en la vendimia y en otras labores, si bien también dedica su tiempo a la recogida de chatarra, «aunque ahora casi no hay nada». Llevan entre siete y ocho años acudiendo a las puertas de este supermercado, insisten en su buena relación con el colectivo de búlgaros y rumanos y coinciden en que si tuvieran un trabajo «más o menos bien pagado» no lo harían.

La crisis también se ha dejado notar en el tradicional y centenario mercado de frutas y verduras de la Plaza España de la capital del Pisuerga. La bella instantánea de un mercado que llena de vida el centro de Valladolid se mezcla ahora con la presencia de varias personas que a diario acuden a escudriñar cajas para conseguir manzanas, naranjas, pimientos y lechugas, algo que se ha convertido en habitual. Nada de esto molesta a los comerciantes que facilitan incluso este trámite colocando unidas las cajas con alimentos.

En general, se trata de grupos marginados, aunque también se acercan en muchas ocasiones ancianos. No es el caso de Carlos, un ciudadano chileno que toca la guitarra y la flauta durante dos horas al día en la calle Santiago. Se gana la vida así «porque no hay otra cosa», dado que de profesión es informático, pero tras cuatro años en España aún no ha podido dedicarse a lo suyo por la falta de oportunidades. Aunque obtiene entre diez y 18 euros al día gracias a la «bondad» del público de Valladolid, recoge fruta para alimentarse.

Pese a que la capital burgalesa no es Madrid, cada vez son más las personas que se ven avocadas a buscar comida donde otros parecen perderla. Ricardo es uno de ellos. Cada mañana acude hasta los contenedores que hay enfrente de un supermercado del barrio de Gamonal, donde no se le caen los anillos para meterse a buscar «lo que se aproveche del contenedor».

A pesar de que muchas personas recogen alimentos en los contenedores o en las puertas traseras de los supermercados, el Banco de Alimentos es un gran muro en el que los necesitados se apoyan. Al respecto, la solidaridad en 2011 no fue a peor que en 2010, pero sí es cierto que la carestía «crece poco a poco», según sostiene el presidente del Banco de Alimentos de Valladolid, José María Zárate, quien admite que tienen más trabajo porque se han desarrollado más operaciones kilo. Por ello, señala que la despensa «está bastante bien». «Desde el verano la cosa ha crecido, pero a partir de marzo bajarán las donaciones, porque baja la solidaridad, muy vinculada a la época navideña», comenta.

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Edición digital del periódico decano de la prensa de Segovia, fundado en 1901 por Rufino Cano de Rueda

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