La mascarilla en boca es, claramente, una limitación de libertad. Se puede salir de casa sin bufanda, sin monises, sin calcetines… pero si el bicho te ve sin mascarilla -¡ay hermano!- va a por ti y, sin que medie sermón ideológico de ninguna clase, te capta para su lúgubre causa.
Cierto es que dentro de la sociedad –esta u la otra-, hay quien se viste con sus propias normas porque a él o ella, se la ‘refanfinfla’ cualquier ley que no sea la propia. Y es tan firme su convicción, incluso, que afirman que los contagios solo se producen en la cabeza de los epidemiólogos, que lo que quieren es asustar a ‘los que se dejan’.
¡Joder qué tropa! Digo yo que siempre hubo algún listo, incluso en cualquier gobierno de ineptos.
Lo que antecede no es más que una excusa para enlazar con el titular y entrar en la senda y cauce de esta columna. Y es que veo sin ver, o creer, cuando paseando por algunos de los espacios municipales dedicados a la práctica deportiva, no veo actividad alguna. Los deportistas –mayores, menores y embriones-, han desaparecido. No están. Sí están, pero no allí.
En esos mismos lugares, simplemente en un fin de semana, no menos de centenar y medio de niños/as, jugaban, gritaban, se divertían… con padres y abuelos a los lados del campo o grada. Ahora no. Ahora veo esos lugares, pero no veo a la juventud (incluidos peques). Forman el ‘equipo’ del querer y no poder.
Veo, eso sí, cómo incluso dentro de esta paralización de actividad, los servicios municipales de desinfección, continúan –cosa que aplaudo-, con tan eficaz labor en los recintos deportivos.
Es la tiranía del bicho.
