Vegas de Matute presume de un patrimonio poco habitual: la industria tradicional de la cal. El gran reclamo es el Parque Arqueológico de los Hornos de Cal del Zancao, un conjunto de siete caleras rehabilitadas que transforma un oficio duro en una visita amena. Si se quiere profundizar, se organizan visitas guiadas bajo reserva, y conviene llevar calzado cómodo: el terreno es rural y el paseo invita a ir despacio.
El paseo actúa como centro de interpretación al aire libre. A lo largo del itinerario, paneles y paradas explican cómo se cocía la piedra caliza durante varios días hasta obtener cal viva, básica para levantar muros de cal y canto, preparar morteros, encalar fachadas y, de paso, desinfectar viviendas y dependencias agrícolas.
La singularidad local está en los “portales” o “solares”: pequeñas estancias adosadas a la boca del horno donde el calero guardaba la leña y se refugiaba mientras vigilaba el fuego.
Muy cerca aparece otro guiño a la ingeniería popular: el acueducto del Zancao, un gran arco que salva el cauce y que durante generaciones condujo el agua desde las laderas de los Calocos hasta varias fuentes del pueblo. Desde allí, merece la pena subir al casco urbano para completar el relato con la iglesia gótica de Santo Tomás de Canterbury y el aire señorial de los palacios y ruinas de antiguas casas fuertes.
Quien venga buscando naturaleza lo tiene fácil: el valle del río Moros y las sendas hacia los montes Calocos regalan paseos entre pinares y buenas panorámicas. Y para un itinerario más de pueblo, quedan el Pozo de la Lobera, los caños tradicionales y el potro de herrar: pequeñas piezas que, juntas, explican cómo se vivía cuando el tiempo se medía en agua, piedra y trabajo lento.
