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Una vida tranquila y un rico patrimonio

por Redacción
12 de noviembre de 2012
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Añe muestra al viajero un plano, panorámico y tranquilo. En un sábado de comienzos del mes de noviembre, en el que la luz se expande por todos los rincones del pueblo y nos vislumbra su pintoresco y rico entorno natural, tomamos pie en sus calles, una vez que hemos descendido por la carretera, bajo la espadaña de la iglesia de San Juan Bautista.

Uno de los nuevos indicativos del callejero local nos anuncia el paseo de la ermita. El prolongado discurrir de su enlosado de color verde nos lleva hasta la ermita del Santo Cristo de los Afligidos (siglo XVIII). Para mayor suerte y sorpresa. La puerta está abierta. En su interior, dos amables mujeres y próximas mayordomas se prestan a enseñar los valores del templo. Están realizando la limpieza y custodia de una ermita que fue restaurada en el año 2010, “por los hermanos de la Cofradía, siendo Juez, D. Rafael Sabio Pascual. Añe. Marzo de 2010”, según reza la placa prendida en la pared.

Son varios los detalles que llaman la atención, como el aspecto reposado de un singular Cristo, situado en un bonito retablo barroco, así como la figura de la Virgen de los Dolores. La amabilidad de estas vecinas, cuyos maridos harán las veces de mayordomos en las próximas fiestas de comienzos de mayo, nos lleva a la sacristía, donde sobre la pared reposa una nueva carroza elaborada minuciosamente en madera, y donada por el cofrade José Luis Villacorta.

De regreso al pueblo se abre la mañana, y son varios los vecinos que pasean por las anchas calles. En las salidas del pueblo, llama la atención, los antiguos escudos y rotulación del pueblo, hechos en azulejo con el fondo azul, imperecederos que contrastan con los nuevos, muchos de los cuales anuncian las calles, con la silueta de un robusto árbol que representa a un fresno, muestra simbólica de la centenaria fresneda, orgullo de los vecinos. O alguna otra dedicatoria con nombre propio, como la calle Manuel Andrés.

El reposado paseo nos hace cruzar algunas palabras con los vecinos. “¿Está usted buscando el bar?”, nos advierte un lugareño a modo de interrogación. “Lo abren a la una y media, ahora están haciendo los pinchos”, añade amigablemente, recostado en la puerta de un pajar, en cuyo interior grajean las gallinas. En el discurrir, topamos con otra persona, “¿Qué le parece a usted, no dicen que las antenas son contaminantes?, …pues mire, ¿ve las que hay puestas junto al depósito?”, asevera con cierto enfado. “En todos los pueblos hay sus más y sus menos”, muestra con condescendencia otra persona.

Población

Añe hoy se presenta como un pueblo tranquilo pero sobrio, atrás quedaron los viejos fantasmas de un viejo pantano que pretendía acabar con sus entrañas. En el año 1981, conseguía ser un pueblo con Ayuntamiento propio, después de pertenecer durante años a Armuña. “Actualmente el pueblo tiene una pega, la población, más de ciento veinte vecinos, tiene una edad muy mayor, hay poca gente joven en el pueblo”, señala una persona, nacida en Añe, que habitualmente reside en Madrid. Por este motivo, en los últimos años, desde el Ayuntamiento se trata de vender unos terrenos próximos al pueblo, fomentar la vivienda y atraer a gente joven.

El rumbo, nos lleva a otra zona. Un parque hace las veces de mirador, desde donde explayamos la vista en el rico patrimonio natural de la localidad. En la primera toma, avistamos de fondo el pinar, después la centenaria fresneda, y más próxima al río Moros, la joven repoblación de fresnos llevada a cabo recientemente por la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Castilla y León. “Muchos de ellos no han agarrado, pese a tener presumiblemente humedad, pero claro al no tener mantenimiento continuo, muchos se han secado, aun así, otros muchos nacerán”, explica una joven pareja, sentada en dicho parque.

A través de otro paseo peatonal pavimentado descendemos hasta el río Moros, en cuya ribera los chopos pierden sus hojas. De fondo suenan los cencerros. “Actualmente ya no hay ovejas en el pueblo, sólo había un atajo, pero el dueño las vendió, y ahora tiene un rebaño de cabras”, señala con cierta añoranza un vecino.

Avanzada la mañana, regresamos de nuevo al pueblo, y una chimenea expande el humo blanco que desprende la leña de fresno. Algún peregrino asoma a la plaza, donde se sitúa el albergue proporcionado por el municipio. Añe forma parte de la ruta madrileña del Camino de Santiago. En los bancos que circundan la Plaza Mayor, llegadas casi las 13,30 horas, espera un grupo de vecinos próxima ya la apertura del bar. La plácida mañana avanza y con ella nosotros, con Añe en nuestro agradable y entrañable recuerdo.

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