Amanece un buen día. El sol gana terreno a las nubes que pugnan por esconder su brillo y una fresca pero aún agradable temperatura invita a salir a la calle para pasar una jornada festiva, en la que los segovianos cambiaron durante unas horas los lugares tradicionales de paseo y de ocio para trasladarse hasta los cementerios y recordar a sus seres queridos con ocasión del día de Todos los Santos.
Desde primera hora de la mañana, el cementerio del Santo Angel de la Guarda, situado en una de las zonas más altas de la capital comenzó a recibir a segovianos que honran a sus familiares y amigos en este peculiar «barrio de la muerte», que para muchos es lugar de reencuentro y recuerdo de experiencias vividas y compartidas con los que nos dejaron.
El ambiente de silencio que a lo largo del año se vive en el camposanto cambia radicalmente durante estos días por el murmullo de personas que van y vienen, el ruido de las escaleras móviles para acceder a los nichos más altos de las distintas galerías, o el movimiento de cubos para transportar agua con la que revitalizar las flores que transforman el cementerio en un particular vergel.
Las lápidas, laudes y nichos lucen su mejor aspecto tras el esfuerzo realizado para sacar brillo al mármol y colocar flores, plantas, velas y apliques con los que expresar al ser querido ya fallecido. La modernidad comienza a abrirse paso tímidamente en este ámbito y ya pueden verse velas eléctricas a las que únicamente hay que cambiar las pilas para garantizar su correcto funcionamiento, ajeno al viento y la lluvia; pero los cirios y velas tradicionales continúan manteniendo su pujanza.
Las calles del cementerio segoviano bullen de actividad, y son punto de encuentro de los segovianos que comparten sus experiencias de duelo con amigos y vecinos, mientras los niños juegan y corretean en el exiguo espacio que hay entre las sepulturas y laudes que aún quedan en la tierra.
En la capilla del camposanto, el obispo de Segovia, Angel Rubio Castro presidió la misa solemne de Todos los Santos, donde la masiva presencia de personas que quieren cumplir con el precepto de la Eucaristía festiva obliga a instalar megafonía en el exterior para permitir seguir la liturgia, en la que participaron el alcalde de Segovia, Pedro Arahuetes y el concejal de Servicios Sociales, Andrés Torquemada.
En su homilía, el prelado segoviano recordó a los difuntos y destacó la festividad del día como homenaje a «las almas inmortales de aquellos que han pasado al Padre». Además, señaló que los cristianos «estamos llamados a la santidad, que no es otra cosa que hacer la voluntad de Dios, identificarse con Cristo y vivir las Bienaventuranzas».
Tras la misa, dos entierros sitúan a los presentes en la realidad cotidiana de un cementerio. La emoción contenida de la primera de las inhumaciones, rota únicamente por el responso del sacerdote y la música de las guitarras con las que familiares y amigos hicieron profesión de fe con el «Credo», dio paso minutos después al incontenible dolor de la comunidad gitana de Segovia que ayer despidió a uno de sus integrantes en medio de los desgarradores lamentos de su viuda y las invocaciones al Padre realizadas por los pastores del «Culto» de la Iglesia Evangélica a la que pertenecía.
Tras recibir sepultura, vuelta a la «normalidad» de una jornada en la que la rutina de visitas y adornos no se rompió hasta bien entrada la tarde, a medida que el número de visitas fue bajando. En las calles adyacentes al cementerio, la Policía Local establecía medidas de control del tráfico para evitar aglomeraciones e impedir el aparcamiento, y el transporte público fue una buena alternativa para evitar el uso del vehículo privado, con el buen tiempo como aliado.
Hoy, día de los Fieles Difuntos, el cementerio mantendrá también una actividad similar a la de ayer, aunque el carácter laborable de la fecha reducirá sensiblemente el número de visitas a un barrio en el que nadie quiere residir voluntariamente.
Enterradores, un oficio de respeto
La imagen de Julio y Juan Luis, empleados del servicio funerario municipal en el cementerio de Segovia, dista mucho del arquetipo del enterrador malencarado con levitón y chistera que todo el mundo asocia a este peculiar oficio. Julio, con tres años de experiencia a cuestas y Juan Luis, con sólo tres meses en este cometido, coinciden en destacar el “respeto” como máxima fundamental de un trabajo ingrato como es el de dar sepultura a los difuntos y procurar que el entorno del camposanto esté lo más presentable posible.
Ayer, ambos tuvieron que afanarse en la inhumación de dos personas fallecidas en una de las nuevas zonas de nichos construidas en el cementerio, empleando para ello un elevador mecánico desde el que pueden trabajar con mayor comodidad a la hora de sellar el nicho con la loseta de hormigón que precederá a la lápida oficial, y colocar después los ramos y coronas de flores dedicados al fallecido. Ambos reconocen que es un momento “muy doloroso, porque hoy les toca a ellos, pero mañana te puede tocar a ti”, por lo que procuran hacer su trabajo de la forma más respetuosa y aséptica posible, sin olvidar el duro trance del que son inesperados protagonistas. “Hay de todo -cuenta Julio- desde gente que te agradece el trabajo porque das de si más de lo que puedes y otros que creen que estás a su servicio exclusivo y que te responsabilizan de todo lo que pasa en cuanto a infraestructuras, cuando nuestra labor es únicamente de mantenimiento”.
En el día a día, el cuidado del entorno y la construcción de los enterramientos en el suelo “que se cavan a pico y pala”, son los cometidos esenciales de un trabajo que ayer se multiplicó por la masiva presencia de público y que les obligó a estar atentos para que todo estuviera en las mejoers condiciones.
Satisfechos con su trabajo, reconocen que cuando comentan la naturaleza de su oficio “hay personas que se echan un poco para atrás -asegura Juan Luis- y yo en ocasiones digo que arreglo camiones para el ejército para que nadie diga nada”.
