En una jugada a trompicones, que pudo haberse ido al traste por cualquiera lado, Dani Arribas impuso su corazón para sobrevivir a cada rechace y marcar el tercer gol de la Segoviana. Ya no pudo esconder su frustración el Calahorra, empeñado hasta entonces en mantener su plan A, el que le había llevado a ganar 17 partidos en la segunda vuelta. Sus centrales, los menos goleados de su grupo, bajaron las armas. Marcos Martín se levantó tras el regate de Arribas para, décimas después, dejarse caer en el césped, como si hubiera sido asaltado por un francotirador. Su homónimo, Edu Gil, quiso esconder la vista con la camiseta, como quien se protege de una pesadilla bajo las sábanas. Quedaban más de 100 minutos de eliminatoria por jugar, pero sabían que, 39 partidos después, habían alcanzando el punto de no retorno.
Fue la puntilla a una tarde que se torció mucho antes. El centenar de aficionados calagurritanos desplazados a Segovia hizo notar su presencia desde el pitido inicial y sus decibelios se realimentaron con un arranque sólido de sus jugadores, que no supieron responder a la implacable eficacia azulgrana, con Calleja y Quique rompiendo el partido. El Calahorra quitaba valor a los 96 puntos cosechados; habría cambiado muchos de ellos por un calendario competitivo, con rivales que les hubieran puesto contra las cuerdas, que les hubieran derrotado más a menudo. Se notó ese bagaje competitivo, ese currículo vacío de tardes tristes sobre las que cimentar una futura redención. Solo estaba el plan A, el de la posesión, el de buscar a Félix del Puente, su capitán, pero su evidente calidad quedó atrapada en el costado y su impacto acabó siendo insuficiente.
Las dos caras de los banquillos
Mientras Eduardo Arévalo se movía en un palmo de terreno, su homónimo gimnástico, Santi Sedano, mantenía un diálogo permanente con sus jugadores, incluso físico, avanzando a lo largo de la zona técnica mientras pedía a su equipo que saliera, como si sus pasos se tradujeran en un avance de las líneas. Suyos fueron los primeros aspavientos mientras se agachaba a por la botella de agua, con el Calahorra dominando de salida, y también los últimos, aplaudiendo de forma ostensible la presión de Ricar sobre el meta rival, a tres minutos del pitido final. Cuando Arévalo buscó remedios extremos, con un triple cambio, ya cundía el desanimo y sus jugadores yacían como podían en el banquillo.
Una grada de gala
En su mejor versión de la temporada, la afición azulgrana agradeció el esfuerzo de los jugadores, con una ovación rotunda cuando Quique dejó el césped. También se dignificó la del Calahorra, acogiendo entre cánticos a sus futbolistas, cabizbajos en su camino hacia el autobús. Salió el sol tras el descanso, mientras el viento hizo replegarse una bandera de La Rioja que vestía la valla. Fue un gesto simbólico del acontecer futbolístico. Los rojillos pusieron en valor el factor grupo, con sendos corrillos motivadores antes de iniciarse cada parte, pero su acorzado, limitado a ejercicios de exhibición durante el año, acabó reducido a plastilina después de su primera zambullida en alta mar.