En estos días se cumple el primer aniversario del confinamiento. ¡Un año!
Apuntaba Benedetti que cuando pensábamos tener todas las respuestas, nos cambiaron todas las preguntas. A tenor de lo ocurrido, la reflexión señala lo frágiles que somos a pesar de disfrazarnos de fortaleza. Una sociedad arrogante guiada por malos pastores.
Hemos aprendido a mal convivir con el miedo, con el daño, con la duda… Nos dijeron que saldríamos mejores, más fuertes, pero sólo era una mentira autocomplaciente y caritativa, como los ánimos a un enfermo que sabemos terminal. Por desconfianza no seremos los mismos. Y hubo arengas, reproches y disputas; falsedades e ignorancias; información y manipulación; medias verdades o medias mentiras –no sé distinguir– en que se nos pidió paciencia para que el tiempo borrase los errores. También hubo solidaridad y anhelo. Hoy miramos a Europa esperando que nos saque del trampal que nos apresa. Pero queda poca fuerza, menos crédito y la única confianza está depositada en una ciencia dubitativa.
¡Un año! La comunidad científica pide que se audite de forma ecuánime la gestión de la pandemia. No creo que sea mucho pedir. Ojalá se haga, pero no necesariamente para buscar chivos expiatorios, sino para aprender. Aprender de un año fatal y poder decir con dolor que, al menos, los más de cien mil muertos que dejamos en el camino se fueron para que nuestra sociedad pueda tener alguna respuesta cuando la vida nos vuelva a cambiar las preguntas.
