La expresión con la que encabezo este artículo ha atravesado los siglos y aún resuena en todo el mundo. Se cuenta que la pronunció Julio César, agonizante, en los Idus de marzo del 44 a.C., mientras era cosido a puñaladas por un grupo de senadores, entre ellos Marco Junio Bruto, a quien iba dirigida.
El mismo enunciado da nombre a la falacia lógica tu quoque (tú también), que consiste en evitar afrontar una crítica volviéndola en contra de su autor. Es decir, responder a una pregunta con un ataque al adversario: ¡Y tú más! ¿Le suena? Sí, lo sé, es una pregunta retórica. No hace falta que me entretenga en buscar ejemplos en el debate público, ¿verdad? Diría que hoy es casi imposible encontrar una sombra de argumento en el gallinero en que se ha convertido la arena política, ya mutada en barro, en el que todo se reduce a ataques ad hominem y réplicas vacías jaleadas por tiralevitas.
El discurso imperante está plagado de falacias. Lejos de intentar convencer, en los debates se busca imponerse mediante argucias retóricas, como la falacia ad ignorantiam, que afirma como verdadero lo que simplemente no se ha demostrado falso; la falacia ad populum, practicada por los que afirman sin más que algo es opinión mayoritaria —la favorita de los populistas—, o la peor de todas, la falacia ad odium, que levanta muros y agita emocionalmente el odio del oyente.
¿Ponemos nombres y apellidos a los difusores de falacias? Mejor no. La lista es interminable para un artículo de opinión, pero apuesto a que casi todos los ejemplos, nacionales o extranjeros, que se le hayan venido a la mente, terminan dibujando un paisaje alejado de los usos democráticos y apuntan a costumbres autocráticas.
Si volvemos a la antigua Roma, la muerte de Julio César fue algo más que un simple arrebato de Bruto y un grupito de senadores. Se trató del resultado de una conspiración política a gran escala, urdida por un nutrido grupo de senadores que temían que César destruyera la República romana. Bruto era hijo de Servilia, una de tantas amantes de César, lo que alimentaba los rumores de que era un vástago no reconocido del dictador; él fue uno de los últimos en hundir la daga en el cuerpo de César, traicionando el favor que este siempre le había mostrado.
Suetonio, historiador romano, recoge en sus escritos, muchos años después, que, al ver a Bruto entre los agresores, César pronunció en griego la frase kai su, teknon? (¿Tú también, hijo?), origen remoto de la versión latina que ha llegado hasta nosotros.
No es nada nuevo; la historia está llena de precedentes similares a la caída de Julio César, que no fue obra del enemigo, sino de sus propios senadores. Desde entonces, la mayoría de los derrocamientos de dirigentes ocurren cuando las élites, a menudo del círculo interno más próximo, simplemente deciden que ya no les beneficia apoyar al jefe.
Todo esto venía a mi mente al comprobar cómo en España, alrededor de nuestro presidente —despojado de la relevancia del cónsul romano— y del sanchismo —antes conocido como PSOE—, empiezan a sonar voces que ponen en duda su capacidad y promueven la idea de que debe ser sustituido. Estas cosas empiezan en secreto, en pequeños conciliábulos en las cercanías del poder. Con el tiempo, los susurros se amplifican y terminan por escucharse fuera y, al final, trascienden.
Cuando un proyecto se reduce a la supervivencia del líder y la crítica se interpreta como traición, las chispas internas rara vez se apagan del todo; los disidentes son depurados, pero aunque la calma se imponga durante un tiempo, tarde o temprano, alguien “de confianza” —amigo, mentor, compañero— termina por hundir su acero en la carne del caudillo. Los puñales se afilan dentro, en silencio, por quienes ayer aplaudían y mañana negarán haber estado allí. Tu quoque, fili mi?
