La colección de tapices de la Corona de España es una de las mayores colecciones históricas que ha subsistido hasta nuestros días, excepcional por su calidad numérica y artística. Los paños más antiguos y por tanto iniciales se vinculan al reinado de Isabel I de Castilla, como parte del tesoro dinástico reunido en el Alcázar de Segovia, fruto de la herencia paterna, las adquisiciones de la reina, las transacciones por medio de sus agentes comerciales en principales ferias y centros mercantiles –Medina del Campo, Brujas, Amberes— y por la munificencia de sus más estrechos colaboradores, como la del todopoderoso financiero Abraham Seneor, rabí y juez mayor de las aljamas de Castilla, cristianizado como Fernán Pérez Coronel, que regaló a la reina el Tríptico del Nacimiento.
Más trascendentales aún fueron los regalos filiales, consecuentes a las alianzas matrimoniales acordadas por los Reyes Católicos. Encargos directos a los maestros tapiceros de las más célebres manufacturas flamencas, que dotan a la colección real de una excepcional representación de ediciones príncipe o primeras ediciones. Entre estas preciadas, suntuosas y exclusivas tapicerías de oro y plata, basadas en diseños de los grandes maestros de la pintura europea, se cuentan Los paños de oro o Devoción de Nuestra Señora, de Juana de Castilla. Serie bíblica brabanzona que subraya el carácter de las personas reales como representantes de la divinidad en este mundo, y ofrece una apología de la proclamación de Juana de Castilla por su madre como heredera del reino.
La Pasión de Cristo de Margarita de Austria, nuera de Isabel, es una serie pasional acorde con la doctrina de la devotio moderna, expuesta por Tomás de Kempis en su De Imitatio Christi. Doctrina que impulsa a cada fiel a vivir su propia experiencia personal de reflexión y compasión por la lectura introspectiva del Evangelio. Estas tapicerías encarnan la excelencia de las manufacturas de Bruselas, capital del ducado de Brabante, convertida por los Habsburgo en la capital de la tapicería flamenca renacentista y barroca.
El constante papel desempeñado por los tapices desde la Edad Media en la decoración, como arte oficial, les consagró los como elementos esenciales de la etiqueta y el ceremonial cortesano donde gozaron de principal protagonismo, tanto en ámbitos públicos como privados, al permitir tapizar indistintamente espacios interiores o exteriores y crear cámaras de seda o colgaduras murales de carácter estacional en un perpetuum mobile.
Interés por los tapices
El interés historiográfico y museológico suscitado por la colección española se cimentó desde mediados del siglo XIX, gracias a la celebración de exposiciones internacionales, como la Universal de 1888 en Barcelona, o la Histórico-Europea de 1892 en Madrid, excepcionales plataformas para la exhibición de centenares de tapices de la Real Casa. Los miembros de los jurados internacionales reconocieron a la Corona de España como propietaria, casi en exclusiva, de las obras maestras de la tapicería flamenca.
Como consecuencia de esta valoración internacional se adoptaron, desde finales del siglo XIX, especiales medidas para la conservación y catalogación sistemática de la colección real española. La publicación de los Tapices de Goya de Gregorio Cruzada Villaamil en 1870 supuso el punto de partida para el estudio de la obra del pintor como cartonista y la entrada de sus cartones en el Museo del Prado. Sus tapices dotaron a la manufactura madrileña de un definido carácter identitario o nacional, elevaron la producción de la Fábrica de Madrid al rango de las más ilustres manufacturas europeas, y otorgaron un carácter exclusivo a la colección real respecto al resto de las colecciones europeas.
En consecuencia, desde las décadas finales del XIX, siglo consagrado como la “era de los museos”, se confirmó la relevancia de la colección española frente a otras colecciones europeas por su valor numérico, artístico, histórico, cultural y simbólico, generador de identidad y valor patrimonial. La necesidad de preservar tan importante colección, hacer prevalecer el valor de los tapices como obras de arte frente a su uso ceremonial y decorativo, posibilitar el despliegue de las monumentales colgaduras y ciclos narrativos completos de los siglos XVI y XVII, así como, desvelar la colección de tapicería española, inaugurada bajo el reinado de Felipe V, y mostrar las obras maestras de Francisco de Goya, fueron sólidos argumentos defendidos por pioneros de la Historia del Arte en España.

El Museo de tapices de La Granja de San Ildefonso
La reconstrucción del palacio de La Granja de San Ildefonso, tras el incendio sufrido en 1918, y la recuperación de las alas que cierran la plaza de la Colegiata por el noroeste, pudieron finalizarse gracias a la colaboración y contribución del Ayuntamiento del Real Sitio, la Diputación Provincial y Ayuntamiento de Segovia, la Academia de Artillería y la Real Academia de la Historia. El proyecto de reconstrucción encomendado en 1926 al arquitecto de la Real Casa, Juan Moya e Idígoras –ultimado en 1933 por el arquitecto conservador de Patrimonio, Miguel Durán Salgado— ofreció la gran oportunidad de exponer en aquellas amplias naves parte de la valiosísima colección de tapices.
De capital importancia fue la colaboración del profesor Enrique Lafuente Ferrari, tras su nombramiento en 1944 como consejero de Bellas Artes de Patrimonio Nacional y director del Servicio Histórico y de Bellas Artes del Palacio Real. Secundado por el Marqués de Lozoya y Joaquín María de Navascués, Lafuente aplicó acertados criterios museológicos para la conservación de la colección y la instalación de una escogida selección de tapices en las naves reconstruidas del palacio de La Granja de San Ildefonso, transformadas a partir de 1950 en Museo de Tapices. Desde esa fecha, el museo de La Granja ha sido la plataforma de contemplación y difusión de célebres tapicerías, cuya presentación pública era reclamada insistentemente por estudiosos y aficionados. Lafuente Ferrari logró instalar en ellas parte fundamental de la colección de tapices del siglo XVI.
Entre sus salas tuvieron preeminencia la del Apocalipsis de Felipe II, donde se expusieron los ocho paños tejidos en la manufactura de Wilhelm Pannemaker, que compendian el libro de la Revelación del apóstol San Juan, según composiciones de Bernard van Orley, inspiradas en las estampas homónimas de Alberto Durero. También la que acogió El Jardín de las Delicias perteneciente a la serie de los Fantasías y Disparates del Bosco, cuatro paños inspirados en la obra de El Bosco. Una serie absolutamente original, surrealista y excepcional por tratarse de la única tapicería conservada en la actualidad, tras la destrucción durante la Revolución francesa de la serie princeps tejida para Francisco I de Francia.

Por su complejidad técnica, artística e iconográfica se otorgó un lugar destacado al monumental y enciclopédico espejo de príncipes conocido como Camino de los Honores o Rueda de la Fortuna, nueve paños, tejidos en Bruselas bajo la dirección de Pieter van Aelst con motivo de la elección de Carlos de Habsburgo, rey de España desde 1516, para la dignidad de Emperador en 1519, y su coronación en Aquisgrán el 23 de octubre de 1520.
El museo de La Granja ha permitido exponer desde 1950 series completas y ofrece, por tanto, la experiencia contemplativa de la tapicería como un conjunto artístico secuencial, con una unidad temática, articulado por un número de tapices definido, que como piezas independientes tienen un valor excepcional, pero que sin el resto de los paños son desmembraciones de un todo. En esta singular característica radica la riqueza y el valor de la colección real de tapices y la importancia de su museo, pues este preciado patrimonio textil desempeñará un papel primordial allá donde se exhiba.
Autores canónicos de la literatura occidental como Joanot Martorell, autor de la novela de caballerías Tirant lo Blanch; Francisco de Moraes, autor del Palmerín de Inglaterra, principal novela de caballerías de la literatura lusa; Giorgio Vasari, considerado uno de los primeros historiadores del arte, autor de Las vidas de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos italianos; y Miguel de Cervantes, máxima figura de la literatura española, seducidos por el prestigioso arte de la tapicería, quedaron deslumbrados por las propiedades cromáticas, térmicas y acústicas de los tapices. En sus obras se alzaron elevaron los tapices al rango de principales protagonistas y se otorgó a la tapicería como arte visual el mismo valor literario que a sus escritos.
Mira lo que haces y dices;
que en palacio los tapices
han hablado muchas veces.
¿De qué piensas que nació
hacer figuras en ellos?
De avisar que detrás dellos
siempre algún vivo escuchó.
Si un mudo viendo matar
a un rey, su padre, dio voces,
figuras que no conoces
pintadas sabrán hablar.
Lope de Vega, El perro del hortelano, 1618, acto segundo, escena tercera
* Conservadora de Patrimonio Nacional especialista en Tapices. Académica de San Quirce.
Este texto es un extracto de Lección Inaugural para la Apertura del Curso Académico 2022-2023 de la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce, leída el 11 de noviembre de 2022, que se publicará en extenso y con el imprescindible corpus documental en el correspondiente número de la revista Estudios Segovianos.
