Desde tiempo inmemorial, cada 30 de noviembre (San Andrés), los cencerros resuenan en las calles de Prádena. Ayer hacía frío, mucho frío, y la Plaza Mayor permanecía desierta. Pero a las cinco en punto de la tarde empezaron a llegar adolescentes y niños, cada uno con dos cencerros cruzados sobre el tórax. El rito se iba a repetir, un año más. “Para mí es un orgullo participar”, decía David Barrio, uno de los mayores del grupo. A su lado, Jaime Manrique, otro de los ‘veteranos’, daba explicaciones sobre la tradición, a la que relacionaba con la trashumancia, un tipo de pastoreo que durante siglos se practicó en Prádena. Junto a ellos, un pequeño grupo de niños, a los que sus padres habían colocado previamente unos cencerros, para cumplir con la costumbre.
La cencerrada de Prádena posiblemente sea un rito de iniciación. Uno de los que todavía perviven en la provincia.
Ignacio Matesanz se encargó de formar un enorme círculo en la Plaza Mayor, colocando a los congregados, con varios metros de distancia entre sí. Luego, todos comenzaron a saltar en el lugar donde se les había asignado, haciendo sonar sus cencerros, mientras el ‘guía’ (algunos le llamaban ‘pastor’) daba la vuelta al redondel, sorteando a sus componentes. Al primero le pasaba por la derecha y al segundo por la izquierda, y así sucesivamente. Acabada la vuelta se unió, detrás de él, otro. Esta coreografía se repite tantas veces como miembros tenga el corro, hasta que la circunferencia inicial se transforma en una hilera. En ese momento, el grupo abandonó la Plaza Mayor, deprisa, sin que ninguno de los chicos perdiera la posición que ocupaba en la fila. El recorrido no fue lineal, sino que los pequeños iban haciendo curvas, culebreando. Y luego, ya cansados, marcharon más tranquilamente hasta la cercana cueva de Las Grajas, el punto final a este rito.
Cada uno con su cencerro
Aunque se desconoce el origen de esta cencerrada, podría interpretarse la misma como un rito que practicaban los niños para emular las cencerradas que, antaño, daban los pastores de Prádena en las frías noches que van desde San Andrés a Nochebuena. Las sencillas danzas que efectúan, culebreando, son de clara tradición pastoril.