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Pasaré los fuertes y fronteras. La Pascua mística de Juan de la Cruz

por El Adelantado de Segovia
3 de abril de 2026
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La tradición mística carmelitana permite hacer algunas incursiones discretas (y no directamente litúrgicas) que ayudan a percibir el alcance y la profundidad de estos días; basta con mantenernos en la órbita de la experiencia y del pensamiento de Juan de la Cruz, que en Segovia vivió y presidió algunos años estas jornadas de la Pascua cristiana y que desde antiguo (también para él) forman una unidad indivisible, el sacro Triduo Pascual, la Fiesta de las fiestas, que se abre en la tarde-noche del Jueves Santo y llega a su plenitud en el domingo de Resurrección, aunque la fiesta Pascual, también según la más antigua tradición cristiana, se extiende además durante 50 días hasta la solemnidad de Pentecostés.

 

La Cena que recrea y enamora.
No nos han quedado tantas noticias del Jueves Santo sanjuanista, sobre todo como jornada de apertura eucarística de la Pascua, pero sí que merece la pena recordar dos referencias que nos ayudan a situarnos en el contexto de su vivencia más personal. Una hecha de poesía, La fonte, y que constituyó en aquel año de la cárcel toledana de 1578 su particular misa de la Cena Pascual, y no menos su larga contemplación eucarística en el ansia y dolor transido por no poder estar ante el Monumento, pero que le sirvió para acortar distancias y situarse en el centro mismo del misterio eucarístico, hundido –como estaba- en la cárcel, “aunque es de noche”. No debemos olvidar, por eso, el contexto humano y litúrgico de la composición de esta poesía de la fonte, que no admite otra interpretación más directa sino aquella del alimento necesario en el tiempo de la noche de la fe: “Aquesta eterna fonte está escondida, en este vivo pan, por darnos vida, aunque es de noche”.

Y el otro motivo a recordar, sobre todo cuando estemos en la adoración solemne ante la reserva eucarística del Monumento, es el de la oración sacerdotal de Jesús (Juan 17), un texto evangélico que nuestro Santo se sabía de memoria y repetía a menudo (incluso en los viajes) y, lo que es más admirable, él nos da una aplicación importante de él leído desde el momento cumbre de la vida espiritual, el de la unión, sobre todo en aquella petición de Jesús: Que todos sean uno. Para Juan de la Cruz es la petición de la transformación del alma en Dios, el más alto estado y más subido puesto que cabe esperar en esta vida (CánticoB 39,4-7). Ambos textos sanjuanistas nos sitúan muy bien dentro de este día eucarístico.

 

El Viernes Santo: “a cabo de un gran rato, se ha encumbrado sobre un árbol”
Hay un amplio tema que es obligatorio recomponer y recordar, y es la versión de la experiencia mística de tantos santos carmelitas acerca de este día y del misterio de la Pasión de Jesús (Teresa, Juan de la Cruz y otros representantes). Juan de la Cruz tiene una página memorable en su propuesta cristológica, allá donde dice que Cristo, cuando estuvo en el mayor silencio y abandono por parte de Dios, aniquilado en todo, en su parte sensitiva y emocional, es decir, colgado en la cruz, fue ahí, desde ese abandono y soledad, cuando realizó la obra mayor de su vida, el salvar al género humano (2 Subida 7,8-11). Solo este texto sanjuanista valdría ya de por sí para entender el silencio y abandono radical de la experiencia del Viernes Santo. Y no menos importante son los versículos 3-6 de este mismo capítulo donde aborda lo que él llama “la Cruz pura espiritual y la desnudez de espíritu pobre de Cristo”. Desde el mayor grado de incapacidad y abandono en su humanidad, es cuando Jesús más se acerca al hombre, se desposa con él y lo redime.

Y también hablaba de la Cruz de Cristo como aquel árbol primordial del Paraíso donde él, Cristo Jesús, como pastor enamorado de su esposa, la bella pastora, ha extendido sus brazos bellos, y allí quedó colgado de ellos, y el pecho del amor muy lastimado. Hay que leer hoy esa poesía Un pastorcico, canción profana que él volvió a lo divino seguramente en los días cercanos a aquel Viernes Santo que pasó en la cárcel de Toledo y donde no pudo comulgar ni participar en los oficios litúrgicos (1578). Privado totalmente del soporte litúrgico de este día. Con ella nuestro Viernes Santo se ensancha y recupera tonalidades espirituales que, líricamente, intensifican su contenido hasta poder hablar como de una jornada de “bodas de sangre” en el monte Calvario.

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Pero no es menos memorable aquella otra página del Cántico Espiritual en el que abiertamente afirma: “Este desposorio que se hizo en la Cruz no es del que ahora vamos hablando. Porque aquel es desposorio que se hizo de una vez, dando Dios al alma la primera gracia, lo cual se hace en el bautismo con cada alma. Mas éste es por vía de perfección, que no se hace sino muy poco a poco por sus términos, que, aunque es todo uno, la diferencia es que el uno se hace al paso del alma, y así va poco a poco; y el otro al paso de Dios, y así hácese de una vez” (CánticoB 23,6). Está haciendo aquí Juan de la Cruz una proposición teológica y litúrgica correcta y exacta: es en el árbol de la Cruz donde el Hijo de Dios redimió y desposó consigo a la naturaleza humana, de una vez por todas, y esto es lo que es lo que se asume y recuerda personalmente en el bautismo (al paso de Dios); más, como consecuencia de esa totalidad y grandeza del don, también luego se asimila poco a poco (al paso del hombre), para llevarlo a su perfección y plenitud en todas sus consecuencias. De ahí la necesidad de la reiteración litúrgica, de la fiesta anual, del volver a celebrarlo una y otra vez; el recuerdo litúrgico, para favorecer y alimentar el crecimiento espiritual.

De este modo, Juan de la Cruz nos ofrece las mejores coordenadas del Viernes Santo desde la teología, la liturgia, la mística y la experiencia cotidiana. Y lo más de ello vertido en poesía que se presta a infinidad de sentidos de comprensión.

 

La Fiesta Pascual de la vida carmelitana
La Regla carmelitana divide estratégicamente el año en dos tiempos bien marcados: de Pascua al 14 de septiembre, y del 14 de septiembre a Pascua. La Pascua era la solemnidad principal y el punto de inflexión o final del tiempo de ayuno que se había abierto el 14 de septiembre, Fiesta de la Exaltación de la Cruz. Esta disposición formaba parte del comportamiento litúrgico de Teresa y Juan de la Cruz.

Para la magia simbólica del Sábado Santo y su celebración nocturna es sintomático el constatar que la palabra noche en el vocabulario sanjuanista llega a tener una frecuencia de 424 veces. Por eso, se ha señalado hasta una posible inspiración del antiguo pregón pascual, el Exultet, sobre la poesía de la Noche oscura (liturgia y poesía mística); pero también hay que suponer no le dejara indiferente el amplio cuadro bíblico de lecturas a lo largo del desarrollo ritual de la vigilia pascual, ya que aquellos pasos bíblicos leídos en esta ocasión coinciden con aquellos más significativos de los que él mismo se sirve en momentos importantes de su propuesta para el camino espiritual.

Quizás el texto más indicado para referir la santificación bautismal de la noche pascual es el comentario al Cantar de los cantares 1,4: Morena soy pero hermosa, y que el Santo, sin desconocer la tradición patrística de referir el dicho bíblico a la Iglesia, a la vez pecadora y santa, pero también al alma, reacciona con una interpretación exquisita en torno al mirar de Dios: “animándose ya la esposa y preciándose a sí misma en las prendas y precios que de su Amado tiene, viendo que por ser cosas de él, aunque ella de suyo sea de bajo precio y no merezca alguna estima, merece ser estimada por ellas, atrévese a su Amado y dícele que ya no la quiera en poco ni despreciarla, porque si antes merecía esto por la fealdad y bajeza de su naturaleza, que ya después que el la miró la primera vez, en que la arreó (adornó) con su gracia y vistió con su hermosura, que bien la puede ya mirar la segunda y más veces, aumentándole la gracia y hermosura, pues hay ya razón y causa bastante para ello en haberla mirado cuando no lo merecía ni tenía partes para ello”(CánticoB 33,3). Ese verbo mirar parece que en Dios.

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correspondería a la creación y no menos al bautismo como segunda creación: “que si antes que me miraras graciosamente, hallaste en mi fealdad y negrura de culpas e imperfecciones y bajeza de condición natural… después que me miraste (de nuevo), quitando de mí ese color moreno y desgraciado de culpa con que no estaba de ver, en que me diste la primera vez gracia, ya bien puedes mirarme” (ibid., 33,5-6). Muy suya esta interpretación pascual, puesto que el Cantar era también el libro de la iniciación cristiana y nos recuerda la dimensión esponsal del bautismo que luego estamos llamados a desarrollar y vivir en plenitud: “aunque soy morena de mío, puso en mí él tanto sus ojos después de haberme mirado la primera vez, que no se contentó hasta desposarme consigo y llevarme al interior lecho de su amor” (ibid., 33,7).

Siempre en la línea bautismal, encontramos otras referencias en la primera redacción de Cántico, comentando la canción: “Allí me mostrarías / aquello que mi alma pretendía”, diciendo que “allí también la daría la limpieza y pureza que en el estadio original la dio, en el día del bautismo, acabándola de limpiar de todas sus imperfecciones y tinieblas como entonces lo estaba (CánticoA 37,1). Nos percatamos de la idea bien clara que tiene Juan de la Cruz respecto al bautismo y cómo lo sitúa en el camino de la vuelta al Paraíso, que viene a ser precisamente la línea que prima en la selección de lecturas bíblicas durante la vigilia pascual. Para nosotros es importante constatar que no se olvida de la importancia sacramental que tiene este camino de la transformación o llamada a la unión con Dios, ya ínsito como germen o proyecto en la gracia bautismal. No cabe duda, que Juan de la Cruz nos ayuda a entender y celebrar la Pascua bautismal en su dimensión más existencial y útil para nuestra vida cristiana.

Y hablando todavía de esta noche pascual y vigilia memorial, cargada de tantos relatos de la historia salvífica, quizás Juan de la Cruz nos ayude también a orar basándonos en el recuerdo, en la anamnesis litúrgica, favoreciendo así el despertar y recuperar la memoria de aquellas maravillas de Dios en nuestra vida: “¡Recuérdanos tú y alúmbranos, Señor mío, para que conozcamos y amemos los bienes que siempre nos tienes propuestos, y conoceremos que te moviste a hacernos mercedes y que te acordaste de nosotros!” (LlamaB 4,9).

 

Decid si por vosotros ha pasado
Es curioso que en el caso de Juan de la Cruz ni en los dichos de los procesos de beatificación, ni en las biografías primitivas, ni tampoco en sus obras escritas tenemos referencias tan explícitas a su vivencia pascual que, naturalmente, hemos de suponer no era banal ni pasajera, sino todo lo contrario, como ya hemos reseñado en algunos puntos al hablar del triduo pascual. Sabemos incluso que en sus años de Jaén intervino en la organización y dirección espiritual de varias cofradías de Semana Santa, por lo que no consta que Juan de la Cruz fuera contrario a la religiosidad popular ni a la Semana Santa procesional. Su tarea fue siempre la de introducir en esa experiencia del Misterio, purificarla a fin de que la devoción no fuera estéril.

Conviene insistir en la fuerte carga simbólica de Noche (poesía) que, además, se amplía y enriquece en su interpretación cuando se añade la fuerza litúrgica que posee, y que podemos extender muy bien a todo el clima del tiempo pascual: “Ciertamente, no se entiende el pleno sentido de la Pascua y de la poesía del Santo sin dos claves de interpretación. La primera es, sin duda, la de su experiencia de ‘sepulcro’, de ‘esclavitud’, de prueba y muerte que experimentó el Santo en su cárcel de Toledo, con la aventura de su liberación, casi milagrosa; su salida de aquella lúgubre morada fue como la experiencia, primero soñada y cantada y después realizada, de una ‘resurrección’, de una vuelta a la vida. Pero hay otra clave de interpretación sanjuanista. En los terribles sufrimientos de la noche pasiva, quizá la misma que Juan canta en poesía, se libra una profunda purificación que el Santo llama ‘divino embiste’. Terrible experiencia de oscuridad y de lejanía de Dios, pero para la que se abre la luz de la esperanza con la posibilidad de una resurrección espiritual. Así lo dice el Santo tras haber recordado las angustias de Jonás en el vientre de aquella ‘marina bestia’: Porque en este sepulcro de oscura muerte le conviene estar para la espiritual resurrección que espera” (2 Noche 6,1) (J. Castellano, La experiencia del misterio litúrgico en san Juan de la Cruz, pp. 134-135).

La Semana Santa de Juan de la Cruz, como hemos observado, es esencial, poética y transformadora, respetuosa del Misterio evocado, pero que no debe hacerse opaco en su ritualidad, sino dejar pasar la luz pascual que lo cambia todo: “Amado con amada, amada en el Amado transformada” (Noche, estrofa 5).

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