Nació en 1956, en una España rural donde las oportunidades no abundaban y el futuro de las niñas solía estar escrito de antemano. Pero la historia de Visitación Cantalejo Sanz — recientemente homenajeada por la Federación Empresarial Segoviana, FES, por su trayectoria profesional pionera que rompió moldes— no ha sido nunca la de una mujer que aceptara caminos marcados.
Es la historia de una niña de pueblo que se convirtió en electricista cuando casi ninguna mujer lo era, que fundó su propia empresa en los años ochenta, que trabajó durante más de tres décadas en residencias públicas y que, tras enviudar y superar una incapacidad laboral, sigue viviendo con la misma determinación con la que un día llamó a la puerta del delegado de Industria para exigir su título.
Esta es la vida de una mujer que nunca se quedó quieta.
INFANCIA EN ADRADOS: POBREZA Y FELICIDAD
Visitación creció en Adrados, en el seno de una familia humilde. Sus padres eran agricultores y, como ella misma repite, “pobres, pero pobres”. Su padre, además, formaba parte de una cuadrilla de albañiles junto a sus hermanos. No sobraba nada, pero tampoco faltaba lo esencial.
Recuerda aquellos años como felices. Vivían con su abuelo y cinco años después de ella nació su hermano. Pero si algo marca su memoria es la figura de su padre: “Era todo para mí”, dice con una sonrisa que mezcla nostalgia y orgullo. La llevaba a todos los sitios; era su “ojito derecho”.
En casa aprendió uno de los valores que más ha defendido durante toda su vida: la igualdad. Su padre, en una época en la que eso no era habitual, se limpiaba los zapatos, ayudaba en la cocina si hacía falta y trataba a su mujer como a una compañera, no como a una subordinada. Sus padres estuvieron casados 67 años. Se conocían desde la escuela. “Se quisieron muchísimo”, afirma.
Ese modelo de pareja marcaría para siempre su forma de entender el mundo.
LA BECA QUE LO CAMBIÓ TODO
Su maestra fue quien vio en ella algo más. Tras terminar los estudios primarios, insistió en que debía continuar estudiando. Era un sacrificio grande para una familia con pocos recursos, pero solicitaron una beca, que la consiguió, por lo que con catorce años llegó al instituto.
Formó parte de la primera promoción que inauguró la residencia Emperador Teodosio —entonces Colegio Menor—, una etapa que recuerda como fundacional. Después cursó COU y se matriculó en Geografía e Historia en el colegio universitario Domingo de Soto. En aquella época, explica, las opciones eran limitadas: Derecho o Geografía e Historia.Pero la vida tenía preparado otro giro.
En 1982 fundó su propia empresa, ‘Instalaciones Eléctricas Visitación Cantalejo’, y se abrió camino en un sector donde las mujeres simplemente no existían. Subida a una escalera, destornillador en mano, demostró que la electricidad no entiende de género.
AMOR, ELECTRICIDAD Y UN CAMBIO DE RUMBO
En 1980, tras una breve estancia en Francia cuidando niños, conoció al que sería su marido, Francisco Sanz Rico. Él era electricista— aunque del 66 al 69 también fue repartidor de El Adelantado—. Ella había estudiado ciencias. Y un día, casi como quien comenta una idea al pasar, le dijo: “Si quieres, puedo hacer electricidad. Me convalidan casi todas las asignaturas”.
Lo que empezó como una conversación se convirtió en decisión. Cambió de rumbo y se matriculó primero en el instituto Ezequiel González, que era donde se estudiaba electricidad, y después en el recién abierto Instituto Politécnico. Tenía convalidadas las materias comunes; solo debía cursar las tecnológicas. Fueron dos años intensos.
En clase era la única mujer. Y no todos sus compañeros lo llevaban bien. “La electricidad no era para mujeres”, escuchaba. Algunos le hacían bromas pesadas como esconderle el bolso o cuestionar su capacidad en las prácticas. Pero ella tenía algo a su favor: la convicción y el respaldo de sus profesores, que la animaban constantemente, y de su padre, que siempre la apoyó, y la animaba diciendo “es que eres muy original, hija”.
No buscaba demostrar nada. Solo quería aprender.
EL PULSO CON EL DELEGADO DE INDUSTRIA
El mayor obstáculo no lo encontró en el aula, sino en la administración. El delegado de Industria le hizo examinarse tres veces para obtener el carnet de instaladora. A la tercera volvió a suspenderla.
Visitación regresó a casa llorando. Pero la tristeza le duró poco. Se armó de valor y caminó desde el Jardín Botánico hasta las oficinas de Industria, en José Zorrilla. Exigió ver su examen. “Estoy segura de que lo he hecho bien”, le dijo.
No le enseñaron la prueba. Aquel viernes le dijeron que volviera el lunes a recoger el carnet. Lo había conseguido.
Su vida no ha sido lineal. Ha sido una sucesión de reinvenciones: estudiante becada, universitaria, electricista pionera, empresaria, trabajadora pública como cocinera, madre, cuidadora, viuda y abuela
INSTALACIONES ELÉCTRICAS ‘VISITACIÓN CANTALEJO’
En 1982 fundó junto a su marido la empresa ‘Instalaciones Eléctricas Visitación Cantalejo’. Durante tres años trabajaron codo con codo realizando montajes eléctricos en fábricas y obras por distintos pueblos.
Las escenas eran reveladoras: cuadrillas de trabajadores parados, observándola subir una escalera o coger un destornillador, esperando comprobar si “sabía hacerlo”. Cuando veían que sí, que dominaba el oficio, el desconcierto se transformaba en respeto. Ella respondía con humor: “¿Queréis probar alguno?”.
En 1985 nació su hijo, Abel Sanz. Se llevaba al bebé en el coche, en el cuco, de obra en obra. No había conciliación, ni permisos extendidos, ni planes de igualdad en aquella época. Lo que había era determinación.
Ese mismo año su marido aprobó las oposiciones a bombero. Ella, tras cerrar las obras pendientes, dio un nuevo giro profesional.
TREINTA Y NUEVE AÑOS ENTRE FOGONES
En septiembre de 1985 abrió la Residencia Asistida y Visitación aprobó para trabajar en cocina. Tenía experiencia previa como pinche en colonias de verano en San Rafael, en La Casona, y diversos trabajos temporales.
Estuvo 16 años en la Residencia Asistida. Después solicitó traslado a la Residencia Mixta —hoy Residencia de Validos—, donde permaneció otros 16 años. Más tarde regresó a la residencia Emperador Teodosio, donde trabajó siete años más, hasta 2016.
Un accidente laboral marcó el final de su etapa profesional. La incapacidad permanente total no fue sencilla: seis años de trámites, recursos y luchas con mutuas y Seguridad Social. En 2023 se jubiló, a los 67 años.
“LO QUE PUEDE HACER UN HOMBRE LO PUEDE HACER UNA MUJER”
A lo largo de su vida escuchó críticas. Algunas venían incluso del entorno más cercano. En el cuerpo de bomberos no todos entendían que ella trabajara. Incluso se cuestionaba que su marido paseara al niño en carrito, porque se daba por hecho que debía quedarse en casa.
Es más, recuerda cómo si fuera ayer “que las mujeres de los compañeros de mi marido, de los bomberos, me criticaban porque con motivo del día de San Juan de Dios, festividad de los bomberos, yo al estar trabajando no podía asistir a la comida de hermandad y siempre me lo reprochaban”. Aunque ella nunca aceptó ese papel. “Mi marido trabaja, pero yo también quiero trabajar”, respondía.
¿Ha cambiado la sociedad? Sí, dice. Mucho. Pero aún cree que el peso de la conciliación sigue recayendo más en las mujeres.
Su mensaje para quienes quieran abrirse camino en sectores tradicionalmente masculinos es directo: “Que se impongan. Que digan: yo quiero esto y lo voy a hacer. No hay nada que un hombre pueda hacer que una mujer no pueda”.
“Mi marido trabajaba, pero yo también quería trabajar.” En una época en la que muchas mujeres eran cuestionadas por no quedarse en casa, defendió su derecho a tener profesión propia, incluso llevando a su hijo en el coche de obra en obra.
EL GOLPE MÁS DURO
El año pasado falleció su marido. “Habíamos enterrado a un familiar centenario un sábado, y ese mismo día, él hablaba de organizar una comida familiar con sus primos cuando pasara la festividad de Los Santos. Pero ese mismo lunes amaneció muerto”.
La pérdida fue repentina y devastadora. Entre trámites, papeles de Hacienda y Seguridad Social, apenas tuvo tiempo para detenerse. “Ni a llorarle”, confiesa. Ahora, cuando el silencio pesa más, es cuando empieza a sentir la ausencia.
Vive rodeada de su familia política en el edificio que pertenecía a la familia de su marido. Su cuñada —dama o representante de las personas mayores en las pasadas Fiestas de San Juan y San Pedro— es uno de sus grandes apoyos.
LA ABUELA, EL LEGADO
Tiene un hijo, Abel, y dos nietos: Aiden, de seis años, y Eira, de apenas tres meses. Su nieto mayor recuerda constantemente al abuelo. “Esto lo hacía el abuelo”, dice. Y lo hace con una naturalidad que emociona.
Francisco era un hombre “manitas”: madera, electricidad, fontanería. Tallaba escudos y espadas para las recreaciones históricas vikingas en las que participa su hijo. El nieto heredó la fascinación.
Visitación observa ese legado con serenidad. No siente que le hayan quedado metas pendientes. Solo ahora, tras recibir el reconocimiento de la Federación Empresarial Segoviana, FES, ha tomado conciencia de todo lo que ha hecho a lo largo de su vida.
En su decisión reside su mayor enseñanza: la vida no siempre ofrece caminos fáciles, pero siempre ofrece caminos. Hay personas como Visitación Cantalejo, que no esperan a que se los abran. Simplemente, los cruzan
Es más, se la podría definir como “una mujer que no sabe estarse quieta”. No soporta la inactividad. Si se sienta a ver la televisión, tiene que estar cosiendo o haciendo algo con las manos. Le gusta el teatro —un sobrino actúa y le gusta ir a verle—, las conferencias, las actividades culturales. El baile le apasionaba, aunque el cuerpo ya no le permite largas noches.
Su vida no ha sido lineal. Ha sido una sucesión de reinvenciones: estudiante becada, universitaria, electricista pionera, empresaria, trabajadora pública, madre, cuidadora, viuda, abuela. Cuando mira atrás, no habla de sacrificios. Habla de trabajo. De movimiento. De decisión. Quizá ahí resida su mayor enseñanza: la vida no siempre ofrece caminos fáciles, pero siempre ofrece caminos. Y hay personas, como Visitación Cantalejo Sanz, que no esperan a que se los abran. Simplemente, los cruzan.
