“Qué deprisa ha pasado, pero a la vez que despacio”, me decía hace unos días tu nieta Cristina, y que frase más acertada, porque parece que fue ayer cuando te decíamos adiós en este mundo, pero, por otro lado, qué despacio y qué duro es el paso de los días sin que te veamos físicamente cerca.
Son tantos los recuerdos, los momentos compartidos, las risas, las penas, porque tú siempre estabas a nuestro lado, apoyando a todos, desde tu humildad, con tu sencillez, tu cariño, tu paciencia, tu cercanía y tu comprensión.
Y siempre dispuesto a ayudarnos, fuese lo que fuese, si había que ir con el coche a un sitio o a otro, si había que estudiar con las niñas, si había que acompañar a alguien que estaba enfermo, aunque fuera de noche, hasta si había que ayudar con la comida y además sin quejarte, siempre desde la discreción, sin hacerte de notar.
Pero ¿qué nos pedías tu a cambio? Absolutamente nada, solo nuestro cariño y nuestra compañía, te conformabas con muy poco
Has sido el mejor esposo, padre, abuelo que jamás hubiéramos soñado tener, afortunados todos los que hemos tenido la dicha de vivir cerca de ti.
No dejamos de dar gracias a Dios cada día por el premio y la dicha de teneros a ti y a mamá como padres, como modelos, como ejemplos de vida. El amor a Jesús y a la Santísima Virgen que nos habéis inculcado nos sirve de valiosa guía en el camino diario. Por eso, os seguimos sintiendo muy hondo y siempre seréis nuestros seres de luz. Os queremos muchísimo, cuidadnos como siempre habéis hecho, ahora desde el Cielo.