Aún hoy lo recuerda con nitidez. Si cierra los ojos, en su cabeza aparece la imagen que tanto se repetía en su infancia: está junto a sus padres y sus primos alrededor de una mesa. En el centro, lo que nunca podía faltar en su lista de regalos: un juego de mesa. David García siente verdadera admiración por ellos. Desde que era pequeño. Y para toda la vida. Con 31 años, sus mejores amigos terminaron de introducirlo en este “mundillo”.
A priori, se puede creer que son dos mundos totalmente distintos. No lo son tanto. O, al menos, así lo defiende él. García es profesor de Historia del Arte. Se especializó en arte antiguo e iconografía. Ejerció durante unos años. Pero hace cinco que trabaja en una juguetería y librería educativa. En los juegos de mesa tiene un papel clave el arte gráfico. De hecho, cada vez se recurre más a historiadores para tematizarlos.
Su tío y su abuelo tienen una tienda en Segovia. La “mitad” de su familia son profesores. Y el resto se dedica al comercio. García escogió el camino central. Si hay algo en lo que pone especial hincapié es en cuidar su sentido de lo que debe ser el buen comercio y la atención adecuada al cliente. Tomó el relevo de sus antecesores. Cada día, cuando le toca aconsejar o recomendar productos, trata de no poner en valor el precio o el margen de beneficios, sino que el cliente se lleve justo lo que cubre sus necesidades o gustos. Esto lo considera fundamental. Sobre todo, cuando se trata de juegos de mesa.
Para él, las ventajas de estos juegos son innumerables. A nivel social, fomentan la interacción con el resto de jugadores. Se establece una comunicación. Y no solo esto: se comparte tiempo con las personas que te acompañan. “Yo soy profamilia”, asegura. De ahí que encuentre en los juegos de mesa una bonita oportunidad para pasar tiempo con sus seres queridos. De esta forma, siente que se fomenta la unión familiar.
Hay quienes parecen no ser conscientes de que, con un “simple” juego de mesa, se trabajan “muchas áreas” a nivel emocional. Él incide especialmente en una: la empatía. Los niños aprenden a gestionar la frustración. Y a respetar a los demás jugadores. No solo por los turnos que hay que seguir. Sino porque cada uno tiene su propia forma de actuar.
Son beneficiosos para los más pequeños. También para los más mayores: a ellos les ayuda a trabajar a nivel cognitivo y motriz. Uno de sus principales objetivos es que los juegos de mesa dejen de enmarcarse en un determinado sector poblacional. Es un hecho que tanto en centros de día y residencias, como en domicilios, se han convertido en una alternativa. Estos logran establecer un diálogo entre edades bien distintas: rompen así la barrera generacional. Todos se ponen al mismo nivel. Desaparecen los roles. Ya no se es padre e hijo. O abuelo y nieto. Son “iguales”.
La extensión de las tecnologías entre los jóvenes es un hecho. Pese a ello, no cree que esto haga que se pierda la tradición de los juegos de mesa. El confinamiento recuperó esta costumbre. Antes se jugaba a la baraja o al dominó. Ahora hay una mayor variedad que se adapta a todos los miembros de la familia.
Ya ni siquiera tiene preferencias. Ha aprendido a “valorar” cada juego en función de sus acompañantes. Piensa que son como un libro. No siempre se “acierta”. Pero, con frecuencia, la sorpresa es grata.
Como dijo el dramaturgo Bernard Shaw: “No dejamos de jugar porque envejecemos; envejecemos porque dejamos de jugar”. Con el paso de los años, García conserva intacta su ilusión. No quiere “envejecer mentalmente”. Sigue juga
