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El Adelantado de Segovia

Segovia, Siglo XVII. Un pleito sobre un robo de oro y plata

por Francisco Javier Mosácula María (*)
17 de julio de 2022
en Provincia de Segovia
Postal de la puerta de Madrid y la ermita del Cristo del Mercado.

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Por lo que hemos podido comprobar tras examinar 3.667 pleitos celebrados entre los años 1569 y 1830, es que 1.880 de ellos, es decir, el 51,26% de los delitos, son de carácter económico (fundamentalmente deudas), 530 actuaciones, es decir, el 14,45% son delitos contra las personas (honor, abusos, escándalo, agresión, robo, muerte, sexo, violencia) y 1.288 pleitos, es decir, el 35,12% son delitos sociales (civiles, herencias, varios).

En lo que respecta a los delitos por robo, los más abundantes son los pequeños hurtos, tales como los de robo de ropa tendida, de una gallina o cualquier otro animal doméstico para comérselo en el momento y de objetos de poco valor e importancia, todos ellos realizados en un momento de descuido de sus propietarios, sin mediar la fuerza contra las cosas o la violencia contra las personas. Son más raros los atracos a mano armada contra las personas o entidades y los robos de grandes cantidades de dinero. Por tanto, las acciones penales más numerosas son las propias de los pícaros —lo cual no quiere decir que no estuvieran exentas de dureza—, siendo menos habituales las de los verdaderos delincuentes o bandidos, en las que el rigor del castigo era de una crueldad extraordinaria.

Aquí vamos a tratar del robo de una importante cantidad de dinero en moneda de oro y plata, que ascendió a 11.500 reales. Para que el lector se dé cuenta de la importancia del robo, baste decir que el salario anual de un artesano era de 600 reales para un oficial y 900 reales al año para un maestro.

El viernes día 22 de junio de 1646, salieron de Aljete, pueblo de la provincia de Madrid, Sebastián Gómez, obligado de las carnicerías, es decir, el encargado del abastecimiento de carne de dicha villa, en compañía de Bautista López, Juan Gallo y Pedro Benito, todos ellos vecinos de Aljete, para venir a la feria de Segovia a comprar carneros para el abasto de su pueblo. Con este fin portaban 11.500 reales de los cuales 3.000 de ellos eran en moneda de vellón y el resto en monedas de oro y plata.

Llegaron a Segovia, al barrio del Mercado, el día 23 a las 10 de la mañana, más o menos, y se alojaron en la casa de Pedro García, situada frente a la ermita de la Cruz del Mercado. El dueño de la casa, que era un tipo moreno, de mediana estatura y tuerto de un ojo, estaba en la puerta con su mujer, que resultó llamarse Catalina Carril, los cuales les dieron posada y les alojaron en un aposento cuyo acceso se realizaba desde el portal y en el que había una ventana que daba a una caballeriza. En dicho aposento había dos camas y un arca de pino con su cerradura. Los posaderos les ayudaron a introducir el dinero en la habitación —pues lo traían metido en varios talegos— y en presencia de los dueños de la casa, introdujeron los talegos con el dinero en el arca y la cerraron con llave, guardándose ésta Sebastián Gómez en un bolsillo de sus ropas. Aquella noche, tras cerrar la puerta de la habitación con llave y echando la aldaba de la ventana que daba a la caballeriza, se acostaron y durmieron los cuatro en dicho aposento.

Poco después de la llegada de los vecinos de Aljete, llegaron a la misma posada un grupo de vecinos de Uceda, que venían igualmente a la feria para comprar ganado. Estos se alojaron en un aposento de la planta superior que no pertenecía al mismo posadero de la planta de abajo, sino a una vecina viuda llamada Ana de Torre.

Se levantaron los de Aljete el domingo día 24, festividad de San Juan, a eso de las seis o las siete de la mañana, comprobaron que el arca estaba cerrada con llave, que la ventana quedaba cerrada con la aldaba, cerraron con llave la puerta del aposento y se fueron a la feria que se celebraba en la Dehesa, a corta distancia de su alojamiento.

Pasada una media hora, Bautista López, uno de los de Aljete, volvió a la posada a por dinero para poder pagar unos trillos que había comprado y, al entrar en la habitación, pudo observar como la ventana había sido desbaratada y el arca forzada, comprobando que faltaban las alforjas donde tenían todo el dinero que habían guardado la noche anterior. Inmediatamente volvió a la feria para dar noticia del robo a sus compañeros y los cuatro se personaron en la posada.

El inicio de las pesquisas consistió en interrogar a los dueños de la posada, quienes afirmaron no haber visto nada, pero que quizás lo hubiera podido hacer un hombre que había venido esa misma mañana de Uceda y que se había quedado en la casa. Este hombre era de mediana estatura, doblado de cuerpo y vestido con una valona blanca de puntas, con borceguíes llanos caídos, gesto adusto, con un gran bigote y la capa y vestido que portaba de diferente color.

Juan Gallo, otro de los de Aljete, declaró poco más o menos lo mismo que los posaderos, es decir, que daba por cierto que Pedro García había estado hablando con un hombre en el portal de la casa y que dicho hombre bien podría ser uno de los que habían llegado de Uceda, aunque esto último no lo podía afirmar con seguridad.

Un vecino de Uceda, el que parecía llevar la dirección del grupo, cuyo nombre era Antonio Martín, dijo conocer a Sebastián Gómez y saber que era el obligado de las carnicerías de Aljete, pero que cuando llegó a la posada en compañía de su hermano, Miguel Martín, para comprar ganado en la feria, pudo ver como estaba el dueño con un hombre de mediana estatura, doblado de cuerpo, con una valona blanca y borceguíes; hombre, que si le volviera a ver, le reconocería perfectamente. Añadiendo que dicho individuo no era de Uceda y que de ningún modo había venido con ellos, por lo que según su opinión, los ladrones podrían ser ese desconocido y los dueños de la casa.

Todo parecía indicar que este individuo, doblado de cuerpo y vestido con una valona blanca, se había mezclado con los de Uceda en el momento de su llegada, para confundirse entre ellos y que diera la impresión de que pertenecía al mismo grupo de huéspedes, aunque en realidad no tenía nada que ver con ellos.

Acto seguido, se tomó declaración a Catalina Carril, la esposa del posadero. Según esta testigo, los vecinos de Uceda eran seis y habían llegado a caballo, también con moneda que guardaron en un arca de una habitación de arriba en la que se alojaron; habitación que pertenecía a la casa de Ana de Torre, su vecina. Y que se fueron cinco de ellos a la feria y que uno se quedó en el portal. El que se quedó en el portal fue el hombre doblado de cuerpo y vestido con una valona blanca. Y cuando fue preguntada por el alguacil si ella o su marido habían tenido algo que ver con el robo del dinero, negó su participación en el hurto y acusó al hombre que ella creía ser uno de los de Uceda que se había quedado en la casa.

Bautista López, otro de los de Aljete, declaró más o menos lo mismo que el resto de testigos, solamente añadió como novedad que el posible ladrón, es decir, la persona que dijo ser de Uceda y que se había quedado aquella mañana en la casa, le había dicho que estaba casado y que no era de Uceda, sino de Buitrago.

Escuchadas estas declaraciones, el alguacil se llevó a Pedro García y su mujer, Catalina Carril, los posaderos, presos a la cárcel.

A continuación declaró Ana de Torre, la vecina que vivía en el piso superior de la casa de Pedro García, en cuya casa se habían alojado los huéspedes de Uceda, y dijo que había visto al posible ladrón hablando con los vecinos de Aljete aquella mañana y que cuando estos se fueron, él se retiró a su habitación y se sentó sobre un arca. «Entonces me preguntó si me habían dejado la llave del arca, —se refería a sus compañeros que eran los de Uceda— y yo le dije que no. Entonces él me contestó que en el caso de que volviesen, que se la pidiese porque quería sacar su dinero para hacer unas compras. Y dicho esto se bajó al portal». Y que ella se quedó en el piso de arriba y no volvió a ver más a aquel hombre, que tenía un gran bigote.

Terminada esta declaración, el alguacil también se la llevó presa a la cárcel.

Sobre el que más sospechas recaían era en el dueño de la posada, Pedro García, por lo que se le volvió a preguntar si había sido él quien había cometido el robo, a lo que contestó que él no había sido y que tampoco sabía quién lo habría podido cometer, pero que él creía que lo hubiera podido hacer el hombre que había venido en compañía de los de Uceda, pues era el único que se había quedado en casa. Preguntado si había oído algo al estar él en la casa, pues los golpes para romper la ventana y la cerradura del arca tuvieron que ser muy fuertes, contestó que no había oído nada. Añadiendo que los de Uceda no se alojaban en su casa, sino en la de su vecina Ana de Torre.

Llegado este momento, el alguacil junto con los afectados y testigos, dieron un vistazo al escenario del crimen, y llegaron a la conclusión de que el ladrón se había valido de una escalera de mano para poder entrar por la ventana y que al forzar dicha ventana se había herido, pues había sangre en la escalera. Como el sospechoso había desaparecido y nadie sabía dar razón de su paradero, no se pudo comprobar si ese presunto vecino de Uceda, doblado de cuerpo y vestido con una valona blanca, presentaba alguna herida que delatase su participación en el robo. Pero como entre los sospechosos también había dos mujeres, Catalina Carril y Ana de Torre, presas en la cárcel, en el caso de ser alguna de ellas la ladrona, «podría ser sangre por estar en “la costumbre” ordinaria de ellas». Entonces, el alguacil, ordenó a una comadre que fuera a la cárcel a comprobar si alguna de las dos detenidas estaba en su “costumbre”.

La comadre, después de mirar a las dos mujeres, afirmó que ninguna de ellas estaba herida y que tampoco en su «costumbre corporal y regla».

Llegados a este punto, el procurador Mateo Canales, en nombre de Sebastián Gómez, acusó a Pedro García y a su mujer y a Ana de Torre como sospechosos de haber sido ellos los que habían perpetrado el delito.

Siguiendo con las pesquisas y preguntando a unos y otros, tanto de entre los vecinos próximos a la pensión como a los asistentes a la feria —ganaderos que se conocían todos entre sí—, apareció un testigo que aportó nuevos datos sobre Pedro García. Según este testigo, Pedro García había estado trabajando tiempo atrás de vaquero con el obligado de las carnicerías de Colmenar y afirmaba taxativamente que Pedro era un ladrón, pues estando en Colmenar, hurtaba los pellejos de las reses que se morían, los vendía y se quedaba con el dinero, por lo que según su parecer: «le debían de hacer ahorcar y descuartizar», pues sabía que por ladrón le había despedido el obligado de las carnicerías de Colmenar. También había oído decir en la taberna de Cerceda, que Pedro García solía ir allí y que en dicha taberna se le tenía por «hombre de mala vida y costumbres, pues cuando guardaba el ganado del obligado de las carnicerías, acudía muy de ordinario a la taberna para jugar a los naipes muchos doblones y reales de a ocho». Además de todo esto, era de dominio público que, de los bueyes que guardaba para su amo, había trocado algunos buenos por otros malos, guardándose la cantidad de dinero pactada previamente con la persona beneficiada con dicho cambio. Es decir, que el beneficiado en el trueque entregaba cierta cantidad de dinero a Pedro García por entregarle bueyes buenos a cambio de otros de peor calidad.

Tras esta información y dado que sobre el hombre «doblado de cuerpo y vestido con una valona blanca» no se había vuelto a saber más, se mantuvo en la cárcel a Pedro García, Catalina Carril y Ana de Torre, y se les embargaron sus bienes.

Al final, no se sabe por qué motivo Sebastián Gómez «quitó y retiró la querella contra Pedro García y su mujer, diciendo que era por hacer un servicio a Dios y por ser pobres, y que no había sido obligado por nadie para hacerlo». Tampoco se sabe nada del dinero, si apareció o no apareció.

Es probable que los posaderos reconocieran su culpabilidad y se pusieran de acuerdo secretamente en devolver el dinero a su dueño, a cambio de que éste retirase la denuncia. De este modo nadie salía perjudicado y todo quedaba como si no hubiera pasado nada. Pues no tendría sentido que Sebastián Gómez estuviera dispuesto a perder tal cantidad de dinero por «hacer un servicio a Dios y por ser pobres».

De todos modos, como el pleito queda inconcluso, cabe preguntarse: ¿Qué fue del hombre doblado de cuerpo y vestido con una valona blanca? ¿Fue cómplice del delito junto con los posaderos? Nada podemos afirmar al respecto.

También es fácil comprender que los de Uceda intentaran dejar bien claro que este individuo nada tenía que ver con ellos para quedar libres de toda sospecha.
En definitiva, un delito de robo de dinero inhabitual por su cantidad se resuelve también de forma poco ortodoxa.
—
(*) Doctor en Historia por la UNED.

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