Como si de una indecente campaña electoral se tratara, la UEFA lanza el mensaje de salvar el fútbol, para enfrentarse a la amenaza de la Superliga. No me sorprende: tal excusa recurre al factor emocional del miedo más que a la reflexión, para reforzar la ignorancia del aficionado medio que se lo cree.
El fútbol de ese nivel no es el que hay que salvar. Bien harían las federaciones, desde las internacionales a las locales, en preocuparse por salvar el fútbol de verdad, en vez de procurar salvarse a sí mismos.
En el fútbol como negocio, es legítimo que los agentes del sector busquen la forma de ganar el mayor dinero posible. Con toda lógica, lo que han pretendido los clubes de la Superliga es quitarse de en medio a los políticos (la UEFA), que no aportan demasiado al negocio y que son perfectamente sustituibles.
Desde una perspectiva pura de aficionado, me declaro defensor acérrimo de la Superliga: prefiero mucho más un fin de semana en que el Barça juegue con el Bayern, el Madrid con el PSG, la Juve con el United y mi Atleti con el Liverpool, que un Madrid-Betis, un Eibar-Barcelona, o un Celta-Osasuna, ¡dónde va a parar…!
Pediría que esa liga fuera de todos contra todos, que los equipos participantes jugaran solo esta competición y no las nacionales
Y, puestos a soñar, pediría que esa liga fuera de todos contra todos, que los equipos participantes jugaran solo esta competición y no las nacionales (así se racionalizaría el calendario para los jugadores) y que la ganara el que consiguiera más puntos.
Pido también una Copa de Europa por eliminatoria en la que pudieran participar, en fase previa y aquí sí, los equipos mejor clasificados de las distintas ligas nacionales, como ahora participan los equipos de Tercera en la actual Copa del Rey. Y, con el tiempo, una Segunda División Europea.
Definitivamente, al negocio del fútbol le hace falta subir un peldaño.
