Soy mucho de chascarrillos, lo admito, y desde hace tiempo me ronda en la cabeza aquel que dice que ‘no hay ni bien que cien años dure… ni cuerpo que lo resista’. Posiblemente la segunda frase viniera mucho tiempo más tarde que la primera, porque ya se sabe que antaño los cuerpos aguantaban mucho.
La Segoviana va camino de los cien años, y en su caminar por el fútbol (y otros deportes, lean el extraordinario libro de Javier de Andrés acerca de la historia del club) las ha vivido de todos los colores, aunque es indudable que en la última década la entidad ha disfrutado de momentos inigualables que han compensado, y con mucho, alguna que otra decepción.
Pero ha habido una máxima que el club ha mantenido a lo largo de los años. Cuando peor le ha venido, siempre se ha refugiado en aquellos que sentían, y sienten, un aprecio especial a las franjas azulgranas. Lo hizo cuando José Antonio Minguela citó a quien quisiera jugar (gratis) en la Segoviana en el campo del Casino hace un montón de años, y aparecieron jugadores para hacer dos plantillas. Lo hizo Agustín cuando entró de gerente en una directiva a la que los problemas le crecían como las setas. Lo hizo Ramsés cuando dejó su trabajo por entrenar a la Sego, y lo ha hecho Ricardo de Andrés al aceptar convertirse en ‘bombero’ temporal mientras la directiva busca un nuevo entrenador.
De Ricardo, al que conozco desde hace décadas y considero una persona extraordinaria, amén de un gimnástico al nivel de los históricos que todos los aficionados saben, sólo le recuerdo una mala acción: Una noche en la que coincidimos mi amigo Pablo Fierro y yo con varios componentes de la Segoviana (que ya habían jugado su partido de liga por la tarde, no piensen mal) me hizo trampas al futbolín. Toda una afrenta.
Personalmente considero una pena que no dure como entrenador de la Segoviana, pero entiendo sus razones. Y la naturalidad con la que las ha expuesto, me reafirman en la opinión que tengo sobre él.
