Con el tiempo los medios de transporte entre pueblos se fueron modernizando y cambiamos la burra por un medio más ágil y moderno como era la bicicleta, que había que matricular, pagar el correspondiente impuesto municipal y colocar la placa de matrícula que entregaba el Ayuntamiento en un sitio visible de la bici, así como acondicionarla con un pequeño generador eléctrico denominado dinamo, que convertía el giro de la rueda delantera de la bici en movimiento giratorio y suministraba corriente eléctrica a un faro de luces delante para ver el camino y un piloto rojo atrás para anunciar tu presencia a los vehículos que te precedían y poder circular con cierta seguridad por la noche, aunque estos equipos había que llevarlos colocados en la bici, tanto de día como de noche.
En estas condiciones era como, según las leyes municipales, nos debíamos desplazar a cumplir con los compromisos musicales a los pueblos en los que nos contrataban, pero no siempre era así. Eran los años 60 y los mozos de Revenga concertaron con mi padre la actuación musical de todas las tardes-noches de los domingos de varios inviernos por un precio de 100 pesetas cada actuación que costeaban entre ellos.
Eran los años 60 y los mozos de Revenga concertaron con mi padre la actuación musical de todas las tardes-noches de los domingos de varios inviernos por un precio de 100 pesetas
Fue un contrato importante, tanto para los mozos revenganos como para los músicos, pues garantizarse la diversión durante todos los domingos de los inviernos para Revenga era un hecho que agradecía la población y los músicos añadíamos un aporte dinerario que venía muy bien a la economía casera. Yo tenía 8 años y, aunque muy joven, ya mi padre me había instruido en los redobles de tambor, tanto a mí como a mi hermano, dos años mayor que yo, y le habíamos acompañado en algunas actuaciones musicales, demostrando que podíamos defendernos con el tambor en cualquier festividad que fuera necesario.
El tamborilero suele empezar a practicar con los palotes a muy temprana edad, 6 o 7 años. Así lo hizo mi padre y también mi abuelo y así lo hicimos nosotros golpeando torpemente con los palotes encima de una mesa o bien en un bote de hojalata e incorporando nuevos redobles con el consejo del maestro, en nuestro caso, mi padre. Los primeros ritmos que se aprenden son los más sencillos, pasodobles a 2/4 y luego jotas a 6/8 o 3/4. La ejecución del ritmo de la jota se facilita intentando reproducir con los palotes la frase: “La tiro, la tiro, la tiro” y el redoble con: “… ya no la tiro, … ya no la tiro, … ya no la tiro”. Se sigue ampliando el repertorio con valses a 6/8, mazurcas, pericones, etc., pero el ritmo que tardábamos más en aprender era el de ‘El Baile Corrido’ y ‘La Entradilla‘ que por ser en 5/8 nos costaba más asimilar este compás de amalgama. Para practicarle intentábamos reproducir con los palotes la frase: “Raca tarracatráaaaa, raca traca tarraca tráaaaa, raca traca, tarraca traca, tarraca traca, tarracatrá”. Ya sabíamos los ritmos para intervenir en una actuación básica a pie quieto, pero nos faltaba superar otra dificultad y era la de llevar el ritmo con el tambor enganchado en el cinto y caminar al mismo tiempo. Esta dificultad de caminar mientras se hace sonar el instrumento, también la habrían tenido los dulzaineros en su aprendizaje y era necesario superarla antes de actuar en público, ya que si se quebraba el ritmo, perdías al compañero y también a los bailadores y si este fallo se repetía podías terminar metido en el pilón del pueblo como castigo de los mozos por tu mal hacer. Esta dificultad de actuar caminando se superaba con la práctica y una vez aprendida ya no se olvidaba, como montar en bici o nadar.
Esta vez me tocó a mí la actuación de Revenga. Como yo era demasiado joven, utilizamos una sola bicicleta. Mi padre delante con el tambor a la espalda y la dulzaina en el cinto. Yo atrás en el sillín trasero, abrazado a él, con un gran bombo a la espalda enfundado en una lona clara que más parecía un macuto. En las cuestas arriba íbamos a pie, pero cuando llegaba un llano montábamos los dos en la bicicleta y con la fuerza motriz que las piernas de mi padre impulsaba a los pedales nos llevaba a los dos por llanos y cuestas poco pronunciadas.
De Segovia a Revenga salimos los dos, montados en la bicicleta pasando por el barrio de San José y enfilando la carretera de San Rafael a eso de las 7 de la tarde. Era octubre y en esa época, por la madrugada solían salir algunos pajareros a la labor de coger pájaros con liga, tan tradicional en Segovia en fechas próximas a San Frutos. Por eso mucha gente nos confundía con pajareros y se sorprendía al vernos con el macuto a la espalda y así nos manifestaban su opinión de que salíamos demasiado pronto.
Al llegar a la gasolinera de Baterías, nos adelantó un coche de la Guardia Civil y al llegar a nuestra altura decidió pararnos y comprobar las condiciones en las que circulábamos. Nos pidieron la chapa de la matrícula: no la llevábamos. Revisaron el sistema de alumbrado: el de adelante lucía mal y el de atrás no existía.
Nos pidieron la chapa de la matrícula: no la llevábamos. Revisaron el sistema de alumbrado: el de adelante lucía mal y el de atrás no existía.
Mi padre explicó el motivo del viaje, que no era otro que amenizar el baile a los mozos del pueblo de Revenga y que este era el medio de transporte que teníamos. Los agentes de la Guardia Civil nos indicaron que así no podíamos circular por la carretera por el peligro que corríamos. Tenían razón, así que, obedecimos y decidimos dejar la bicicleta en la gasolinera y continuar el viaje andando, con el consiguiente retraso y la intranquilidad de los mozos de Revenga.
Cuando habíamos caminado medio kilómetro y al traspasar un badén, nos encontramos al vehículo de la Guardia Civil parado en el arcén de la carretera. Al llegar a su altura nos invitaron a subir al vehículo y fueron ellos los que nos llevaron hasta Revenga. Uno de los agentes nos dijo que él era de Revenga y que no se lo perdonarían en el pueblo si por su causa se quedaban sin música, por lo que lo mejor que podía hacer era corresponder con los mozos y con nosotros llevándonos al destino.
La actuación musical salió bien. Tocamos a pie quieto en el salón del concejo o la panera hasta la media noche, y quedamos todos, músicos y bailadores, contentos con la intervención. Era la primera vez que actuábamos en Revenga y todo el pueblo se sorprendió del parecido físico de mi padre con un vecino al que habían apodado ‘El Tío Maruso’, así que en lo sucesivo a mi padre se le conoció con ese mismo apodo y cuando preguntaban que quien venía a tocar a Revenga, contestaban: ‘El Tío Maruso’.
La vuelta a casa desde Revenga hasta la gasolinera de Baterías la tuvimos que hacer a pie y con mucho frío que hacía en aquella noche de octubre, diciéndonos a nosotros mismos que al día siguiente acondicionaríamos la bicicleta tal como nos habían indicado los agentes de la Guardia Civil y requerían las ordenanzas municipales. Cosa que no recuerdo si llegamos a hacer.
