En 2019 publicó Antonio Colinas un hermoso libro “Sobre María Zambrano”. El subtítulo es muy sugestivo: “Misterios encendidos”. No es una obra autobiográfica; ni biográfica; ni analítica. Y no deja de ser un libro autobiográfico, biográfico y analítico engarzado en la enorme personalidad intelectual de la pensadora. Esta es su riqueza. Escribe Colinas: “Nos reveló (Zambrano) a los seres humanos del siglo XX un tipo de conocimiento que viene de muy atrás y en el que (…) el pensamiento primitivo oriental y nuestros místicos de occidente ya habían hallado muchas de las claves”. Dice el autor sobre la filósofa, pero podía estar hablando de sí mismo, de una obra que ha compuesto una trayectoria de poeta reconocidísimo y de ensayista laureado.
— “Usted y yo hace mucho tiempo que nos conocemos”, te dijo María Zambrano incluso antes de encontrarte físicamente. Leyendo sus libros, como Claros del bosque o Filosofía y poesía, y los tuyos, por ejemplo Noche más allá de la noche y Jardín de Orfeo, la frase de Zambrano adquiere todo su significado. ¿Cómo has vivido esta identificación?
— Es algo que pertenece al territorio de lo misterioso. O por ser más precisos, se dio una sintonía, o lo que Jung reconocería como una sincronicidad. La frase de ella me vino a través de una llamada de teléfono, a través de la distancia; pero quién sabe, acaso en las voces, en la conversación que acabábamos de tener se dio ese conocimiento secreto, invisible y antiguo, que luego se materializó con nuestro encuentro en Ginebra y por supuesto ya en sus años en Madrid.
— Siguiendo con las identificaciones, algo que puede llamar la atención en tu libro es la similitud que realizas entre la obra de Unamuno y la de María Zambrano (su padre Blas fue uno de los fundadores de la Liga de los Derechos Humanos en Segovia, cuyo delegado nacional era el propio Unamuno). Leyendo el prólogo de Mercedes Gómez Blesa al estudio inédito de Zambrano, Unamuno, y tu texto se pueden deshacer las contradicciones aparentes en la comparación.
— En uno de los capítulos de mi libro estudio esa identificación de Zambrano con Unamuno, que en efecto tiene mucho que ver con la experiencia vital, con ese primer encuentro que ellos tuvieron en Segovia, cuando el escritor vasco va allí para dar una conferencia llevado por el padre de María. Pero también en ambos se dieron sintonías más profundas y complementarias, como la de que ambos fundieron razón y poesía; o en la idea, clara y sin fisuras, que ambos tuvieron de España. Una idea incuestionable –la de España– que también compartían con Machado y que hoy algunos ponen en duda desde la ignorancia.
— Dentro de su perfil poliédrico, Miguel de Unamuno es el autor de uno de los poemas más excelsos de la lírica mística española: “la pena del vivir llevando al Todo,/ temblando ante la nada”.
— Quizás en esa espiritualidad unamuniana, en ese cristianismo heterodoxo, esté también otra de las grandes sintonías entre ambos, ¡con tener los dos caracteres tan distintos! María Zambrano adoraba a los poetas y ya desde su infancia –cuando oye en Segovia el nombre de Juan de la Cruz– sus mejores amigos fueron los poetas. Giacomo Leopardi es otro nombre presente en la casa de los Zambrano tempranamente, y también para su hermana Araceli, que tuvo en los días de Roma los Canti de este poeta italiano como libro de cabecera. Pero la relación espiritual entre Unamuno y Zambrano es muy neta, también en el hecho de que ambos van descreyendo de algunas de sus primeras ideas políticas. Unamuno, en la Salamanca perturbada por “los Hunos y los Hotros”. En Zambrano, a través de la dilatada experiencia del exilio.
— Si su padre Blas seguramente le introdujo en la obra de Unamuno, también lo haría en la de Antonio Machado, que vivió en Segovia desde 1919 a 1932. Tú reivindicas al Machado más esencial y órfico, al “sembrador de las estrellas”, al de Las galerías… (1924), que publicó viviendo en Segovia. Y haces una comparación interesante, a propósito de las galerías, entre ese Machado, María Zambrano y San Juan de la Cruz.
— A Antonio Machado se le ha leído muy mal, de manera tópica y extremada. Unos tienden a verlo como un autor de “estampas rurales”; otros, como un “compometido ideólogo”. Pero el Machado esencial no es otro sino el simbolista, el que ya asoma desde su primer libro. El del río, los álamos, la fuente, la noche, los montes, el jardín, la infancia, los caminos… Qué significativo es que, antes de cruzar la frontera, el último y único verso que escribe Machado sea el que alude al “sol de la infancia”. En ese instante previo a la muerte no hay para él ideologías sino una impresión vivísima de su infancia. Por otro lado, cuando yo en la entrevista que le hice a Zambrano le pregunto, para cerrarla, por Antonio Machado ella solo me responde recitándome el poema suyo que comienza “Olivo del camino/ cerca del olivar, junto a la fuente…” “Ahí está, me dijo, el mejor Machado”.
— Tú fuiste testigo y actor de los años de retorno de María Zambrano a España. ¿Cuál era la imagen de Segovia en la octogenaria exiliada en su vuelta a casa?
— Para ella Segovia siempre fue un recuerdo vivísimo, entrañable. Suponía su infancia y su adolescencia, la tumba de San Juan, el magisterio de Machado y de su padre, los amigos de éste; incluso recuerdos como el de las procesiones o como ese obsesivo por el Cristo de Gregorio Fernández. En Madrid, ella le pide al pintor Jesús de la Torre que, cuando vaya a Segovia, le traiga una reproducción del mismo. Sin duda, ella deseó volver; pero la enfermedad y algunas dificultades avanzaban y no pudo ser. Suponía, seguramente, a la vez, una prueba demasiado fuerte. La que sentía, como me dijo a mí al ver la luz de Madrid que entraba por el balcón: “Esa luz, esa luz que duele”. Había en su pasado algo que “dolía”.
— Nunca volvió a Segovia. ¿Lo atribuyes a una cuestión de desvalimiento físico o a que no quería romper su imagen de ciudad “ideal” y “ausente”?
— Como acabo de decir, a ambas razones, pero quizás también porque en Segovia no se dio el paso suficientemente firme para que ella regresara. Por decidirme por una razón sensible, bien podemos decir que ella no regresó, en efecto, “por no romper la imagen de la ciudad ideal”, de un tiempo vital y culturalmente ideal.
— Cambio de tercio. Sorprende, al menos, que una mujer tan esencialista como ella tuviera una fijación por el Cristo yacente de Gregorio Fernández, de la catedral de Segovia, y que en la cruz de la lápida de su hermana Araceli hiciera grabar, bajo la cruz, la inscripción O crux ave spes única.
— Son símbolos poderosos que vienen de su infancia. Como sus lecturas de la Biblia “familiar” o el que dijera sus “plegarias de infancia” y encendiera una vela cada noche. Todas estas raíces religiosas afloran en sus años de Roma, aunque ella siempre matizara que se reconocía como una “cristiana bizantina”; así, cuando acude a los ritos de la iglesia ortodoxa rusa de Roma; o de manera más radical cuando acude a la Basílica Pitagórica. O cuando firma el manifiesto, con algunos de los más altos intelectuales europeos, a favor de los ritos en latín de la Iglesia. Ella, en cualquier caso, sabía diferenciar muy bien lo sagrado de lo meramente clerical; algo que todavía muchos españoles de hoy no distinguen. Cuanto dice en el arranque de su testamento es también muy clarificador en este sentido.
— Las últimas páginas de tu libro son una reivindicación de la libertad, la piedad y el amor mediante los textos de María Zambrano. Y a través de la vida-muerte de Unamuno y de la existencia de la pensadora una reivindicación de la concordia y de la “profunda y ejemplar Transición”.
— Así es. En cuanto se refiere a lo ideológico ella no solo evoluciona hacia lo espiritual ya en sus días de exilio, sino a través de conceptos abstractos pero muy esenciales, como el de piedad. Si la clave de su pensamiento está en la fusión entre poesía y filosofía, la clave de su espiritualidad radica en esta palabra, que no significa pasividad, o dejación, o ausencia de compromiso, sino solución muy radical para las terribles pasiones y la barbarie de algunos humanos. Su aceptación de la Transición es incuestionable y el recibir y aceptar premios como el Príncipe de Asturias de las Letras o el Cervantes, así lo prueba.
