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El color perdido de los vacceos de Cuéllar

El trabajo del arqueólogo Joaquín Barrio y su equipo de la universidad autónoma de madrid, revela la existencia de un pigmento muy poco común en la meseta, que fue hallado en los restos de una construcción vaccea con más de 2.000 años de antigüedad

por S.G.H
10 de abril de 2026
El equipo de arqueólogos en el laboratorio. /JBM

El equipo de arqueólogos en el laboratorio. /JBM

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Las pinturas murales descubiertas en una vivienda vaccea de Cuéllar durante excavaciones arqueológicas realizadas en la década de 1980 han revelado recientemente nuevos detalles gracias a su restauración y análisis científico.

Los vacceos fueron uno de los pueblos prerromanos que habitaron la Meseta norte durante la Edad del Hierro, entre los siglos V y II a.C. Sus poblados se caracterizaban por una organización urbana relativamente compleja y por una economía basada en la agricultura cerealista. Aunque la arqueología ha documentado bien sus asentamientos y necrópolis, las evidencias sobre la decoración de sus viviendas son escasas, en gran parte porque los materiales empleados, sobre todo barro y arcilla, se conservan con dificultad.

El estudio de estos restos, dirigido por el catedrático de la UAM Joaquín Barrio Martín, ha permitido no solo conservar un patrimonio extremadamente frágil, sino también identificar un pigmento prácticamente desconocido en este contexto histórico, el rejalgar.

El hallazgo se produjo durante las excavaciones realizadas en la Plaza del Castillo de Cuéllar por un equipo de la Universidad Autónoma de Madrid. Allí apareció el zócalo de una vivienda vaccea que conservaba varias capas de pintura mural. Aunque los restos se recuperaron entonces, los resultados del estudio científico y de su restauración se han dado a conocer recientemente, gracias a nuevas técnicas de análisis que han permitido identificar con mayor precisión los pigmentos utilizados.

Según explica Barrio, la intervención fue urgente, ya que el lugar iba a ser transformado por obras urbanísticas. “El lugar donde estaba esa casa ya no existe. Fue desmontado para hacer un transformador eléctrico, un aparcamiento y el acceso al castillo. Si no lo hubiéramos rescatado, esos restos se habrían perdido para siempre”.

Aunque en casos como este lo habitual es proteger el yacimiento y no mover las piezas, las obras en la plaza impedían en aquel momento que se pudiese proceder de esta manera, por lo que la extracción del muro resultaba vital para conservar los fragmentos de pintura, extremadamente delicados. Las paredes estaban hechas de tierra y arcilla, un soporte mucho más frágil que las pinturas murales romanas sobre cal.“Las pinturas son muy frágiles y el muro es de tierra. En algunos puntos había hasta ocho o nueve capas de pintura superpuestas, y si se descascarillaban se habrían perdido irremediablemente”, señala.
El muro fue retirado en varios fragmentos y trasladado inicialmente a dependencias del castillo de Cuéllar, donde permaneció durante años en proceso de estabilización antes de ser llevado a la universidad para su estudio.

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Imágenes que muestran la restauración del color rojo.

Un pigmento inesperado

Más allá de la propia conservación de este pedazo de historia, durante el proceso de restauración y análisis científico apareció uno de los aspectos más sorprendentes del estudio: la presencia de un pigmento poco habitual. “Localizamos un pigmento rojo diferente al cinabrio y diferente a la hematites. Se trataba de rejalgar, y es absolutamente novedoso porque no se conocía en la Meseta para una época tan antigua”.
El rejalgar es un sulfuro de arsénico que se utilizó en diferentes periodos históricos como pigmento, aunque su uso no estaba documentado hasta ahora en este contexto de la Edad del Hierro en el interior peninsular.

El uso del rojo no era casual. Según explica Barrio, este tipo de pigmentos tenían una presencia destacada en distintas tradiciones culturales de la Península. “En muchos santuarios fenicios o en casas iberas el suelo se pintaba de rojo porque tenía una implicación de culto y también de vistosidad”, señala. En el caso de Cuéllar, el arqueólogo cree que estas influencias pudieron llegar desde el sur peninsular a partir del siglo V a. C.
Barrio señala que el color rojo sí aparece en otros hallazgos del yacimiento, aunque con materiales mucho más comunes. “También hemos localizado rojo en otros lugares de Cuéllar, en el suelo y en algunos objetos. En esos casos era hematites, que es el rojo más común”.
El descubrimiento tiene implicaciones más amplias para el estudio de los materiales pictóricos a lo largo de la historia.“La historia de los pigmentos es fundamental para entender cómo se va ampliando la paleta de colores que utilizan las sociedades. Saber qué pigmentos se usan en cada época también permite detectar falsificaciones en obras de arte”.

Los restos recuperados pertenecían probablemente a una vivienda destacada dentro del poblado vacceo. La presencia de numerosas capas de pintura sugiere que la decoración se renovaba periódicamente. Según explica el arqueólogo, “Debió de tener nueve o diez capas de pintura. Eso indica que era una casa de gente pudiente, que se permitía contratar a un pintor con acceso a pigmentos poco comunes”. Este detalle abre una ventana a la vida cotidiana y a la estética de las comunidades vacceas, ya que “el pintor que decoró esta casa sabía manejar distintos tonos de rojo. Eso implica un conocimiento estético muy avanzado para la época”.

Barrio indica no obstante, que se trata de un elemento puntual y que no debe considerarse como la norma en este tipo de poblaciones, aunque sí aporta nuevos matices y puede ayudar a entender la estructura social de estos poblados. No va a cambiar la imagen general que tenemos de las casas vacceas, pero sí demuestra que algunas tenían decoraciones de mayor nivel que otras”, destaca.

Tras su extracción, los fragmentos del muro permanecieron durante años en proceso de estabilización. El material debía secarse lentamente para evitar grietas o desprendimientos, ya que “estas pinturas están hechas sobre barro y son extremadamente sensibles a los cambios de humedad”.
Finalmente, los restos fueron restaurados utilizando técnicas modernas de consolidación. Entre ellas se emplearon materiales basados en nanopartículas de silicio que permiten estabilizar el soporte sin alterar la superficie pictórica.

Hoy, las pinturas forman parte de los fondos del Museo de Segovia, donde ya han sido expuestas al público. Para Barrio, la clave está en conservar estos materiales para que puedan seguir estudiándose en el futuro. “Estoy convencido de que tendremos técnicas que permitirán analizar cada capa de pintura sin desmontarla”, señala.

Mientras tanto, las pinturas de Cuéllar siguen siendo un testimonio excepcional de la vida y la estética en la Meseta hace más de dos mil años y del pueblo que la habitó, los vacceos, una cultura todavía llena de preguntas para la arqueología.

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