En los tiempos que corren es más fácil conocer el color de uñas de una influencer de Nueva Zelanda que las iniciativas que surgen a pocos metros de tu casa y que pueden cambiar el mundo. Al menos un poquito. El color que aquí interesa no es el “añil surprise” de la youtuber de turno, sino el rojo remolacha. Un rojo terroso, humilde, de huerta verdadera. Ese que tiñe los guantes, mancha el cuchillo y, si uno se descuida, deja un rastro en la camisa como una pequeña batalla doméstica.
En El Campo, empresa segoviana de productos de huerta, han decidido que la batalla contra el desperdicio no se libre con discursos, sino con camionetas y sentido común. Porque “nada debería desperdiciarse”, dicen. Y cuando una empresa lo repite muchas veces, uno sospecha. Pero cuando lo demuestra con una ruta semanal —del campo a un cercado de ciervos en Marugán— la cosa cambia. Ahí ya no hay marketing: hay remolacha.
La historia es sencilla, como suelen serlo las buenas: los restos de cosecha y el destrío de remolacha roja —esas piezas que no llegan al mercado por calibre, forma, o por un exceso de producción que el mercado no perdona— no acaban en un vertedero ni se convierten en un problema administrativo con olor a compost y burocracia. En lugar de eso, tienen una segunda vida. Se cargan, se transportan y se convierten en alimento natural para los animales de Venison Deer, una granja de ciervos en la comarca segoviana.
A esto, ahora, le llamamos economía circular. Suena moderno, casi tecnológico, como si hicieran falta satélites o algoritmos para entenderlo. Pero en el fondo es una idea vieja: cerrar el círculo. Que lo que sobra en un sitio sea útil en otro. Que el descarte deje de ser residuo y pase a ser recurso. Lo que cambia —y no es poca cosa— es que hoy hace falta voluntad para practicar lo que antes salía por pura necesidad rural.
La colaboración entre El Campo y Venison Deer funciona como un ejemplo real, tangible, de economía circular aplicada al sector agrícola y ganadero. En vez de gestionar esos subproductos como basura con coste y culpa, los reintegran en la cadena productiva local. Y ahí el ciclo se cierra: la huerta alimenta a la granja; la granja se sostiene con proximidad; el territorio respira un poco mejor.
Los beneficios, además, no son un eslogan en una lona de carretera. Son varios y se dejan enumerar sin trampa.
Primero, el aprovechamiento total de la producción local. Cada kilo de remolacha roja que no se vende por estética o por excedente encuentra destino. En un mundo donde el mercado exige verduras fotogénicas —como si fueran modelos de pasarela—, darle utilidad a lo imperfecto es casi un acto de rebeldía. Y también de inteligencia económica.
Segundo, la reducción de residuos agrícolas. Menos restos que gestionar, menos problemas logísticos, menos impacto ambiental. No es poesía: es huella ecológica que disminuye porque el camión no va al vertedero, va a un uso directo y cercano. Es el tipo de decisión que no suele salir en las portadas, pero que, acumulada, cambia un paisaje.
Tercero, la nutrición natural para los cervatillos. La remolacha roja aporta vitaminas, minerales y fibra. No se trata de inventar un pienso milagroso, sino de sumar a la dieta de los ciervos un alimento fresco, de proximidad, con la honestidad de lo que nace en la tierra y no en un saco etiquetado con promesas.
Cuarto, el apoyo a la economía local y rural de Segovia. Porque esta sinergia entre agricultura y cervicultura —palabra seria para un acto sencillo— fortalece el tejido productivo de la comarca. Y cuando hablamos de tejido, hablamos de gente: de quienes siembran, recogen, seleccionan; de quienes cuidan animales; de quienes pagan nóminas y mantienen abiertos caminos que, si no, se comen los zarzales y el olvido.
En El Campo insisten en una idea: producir de forma responsable es posible. Y lo dicen sin necesidad de ponerse místicos. La economía circular, recuerdan, no es un concepto teórico: es una forma de trabajar que conecta personas, territorios y actividades productivas. Va más allá de lo que llega a tu mesa, porque incluye todo el proceso, desde el surco inicial hasta el último resto de cosecha. Y ese “último resto” es el que suele delatar la verdad de una empresa.
