El Adelantado de Segovia
domingo, 22 febrero 2026
  • Segovia
  • Provincia de Segovia
  • Deportes
  • Castilla y León
  • Suplementos
  • Actualidad
  • EN
El Adelantado de Segovia

200 gallegos segaban el campo de Valseca a inicios del siglo XX

por Álvaro Pinela
22 de febrero de 2026
Grupo de segadores gallegos en la provincia en de Segovia, en el término de Paradinas. Foto: A.V. ÓRREA.

Grupo de segadores gallegos en la provincia en de Segovia, en el término de Paradinas. Foto: A.V. ÓRREA.

Compartir en FacebookCompartir en XCompartir en WhatsApp

En las proximidades del Pirón (I)

Segovia por San Juan de la Cruz

Mucho Granollers para el Nava

El verano en Castilla siempre ha sido un golpe fuerte de calor. Por ello, las labores agrícolas en el campo, se hacían especialmente duras. La rudeza de los trabajos y labores manuales traían mucho sudor, muchos sofocos y alguna que otra desgracia. Los gallegos eran una buena parte de la mano de obra que llegaba a nuestras tierras en siglos pasados, ataviados de sus ropas y equipajes más básicos y algún instrumento musical con el que añorar su tierra con morriña. Mayores y rapaciños, enfilaban primitivamente el puerto de la Fuenfría hasta vislumbrar desde allí, el llano y las vegas que les esperaban. Campos amarillos, llenos de tierras por cosechar, bajo el duro sol. Y en tiempos o épocas más avanzadas llegados desde el ferrocarril.

En los lugares de destino, ya sabían cuál iba a ser su hospedaje temporal: los pajares, tinadas o casas desocupadas, donde dormir; y de comer, a las sombras de los haces que iban formando en las tierras, donde dar rienda al cocido y manjares preparados “por los amos”, como ellos nombraban. Gente trabajadora y comprometida, que dejó en Castilla su sello de trabajo y humildad, y que en esa transversalidad entre tierras, también supieron trasladar nuestras costumbres, o acopiarse de animales y aperos, a la vez creando un espacio de intercultura.

Era más de un mes en el que el campo estaba ocupado por carros y segadores, hasta tal punto que se producían colisiones en ese trasiego de ir y venir de las caballerías. En Valseca, el Diario de Asturias, recogía en el año 1926 una gacetilla al respecto, “en el pueblo de Valseca ha ocurrido una colisión entre dos cuadrillas de segadores, resultando varios heridos. La benemérita restableció el orden”, señalaba. Otro triste suceso surgió en el año 1920, el periódico la Tierra de Segovia, recogía que “cuando acababa de dejar la hoz para disponerse a comer, el gallego natural de Lomas (Lugo), Daniel Rey Gutiérrez, de 22 años, que había acudido a la siega a Valseca, junto a otros dos de sus hermanos, falleció de insolación”, lo que causó una gran conmoción en el pueblo. “El infeliz segador ha sido enterrado en el cementerio de aquella localidad, asistiendo al sepelio el pueblo en masa, compadecido del lamentable accidente”, señalaba.
¿Y cuántos gallegos acudían a segar el campo de Valseca?. Alrededor de 200, integrados por mayorales, segadores y rapaciños, emprendían la labor de recolección en el término a comienzos del siglo XX, según las publicaciones de la primera mitad del siglo XX. La mayor parte de ellos procedían de la provincia de Lugo, según rememoran los vecinos más mayores.

El vecino de Valseca, Urbano Sanz (89 años), recuerda las labores de aquella época, “las cuadrillas de gallegos en la provincia se desplazaba primero hasta la estación de ferrocarril de Ortigosa del Pestaño, y comenzaban a segar en esa zona, donde la cebada caballar estaba más adelantada, a las semanas ya llegaban a Valseca, y después seguían hacía arriba de Bernuy para allá”; para añadir, que a las labores “también venían segadores Castellanos, procedentes de pueblos como Mudrián, Samboal, o Bernardos”, aunque en menor medida.

“La cuadrilla básicamente estaba formada por dos segadores y un atador, que iba formando las haces y que casi siempre eran los más jóvenes, y para desplazarse de unos pueblos a otros a corte, muchas veces aprovechaban la noche, entre los que había adultos y rapaciños muy jóvenes entre los once y trece años”, explica Sanz. Dependiendo también del terreno y labor a bracear pactada con los dueños, los jornaleros de la cuadrilla podían estar formada por grupos de nueve, en los que había seis segadores y tres atadores o variar la composición a conveniencia.

El valsequeño, Antonio Manso, rememora algunos retazos de aquel tiempo, “dormían en las cijas del ‘amo’, en colchones de hoja de maíz en el mejor de los casos y se les proveía de unos cántaros de agua y palanganas; y se levantaban con el lucero del alba”. En esa rutina, “aún les quedaba tiempo, antes de dormir, para tomar el fresco en el poyo de la cija y cantar la estrofa de alguna muñeira que les quitara la morriña”.

En esa remembranza sentimental, “yo recuerdo haber acompañado a mi prima Julita y a las hermanas Rubio, cuando llegaban los trenes a la estación del Norte (Madrid), y a medida que descendían los gallegos por el andén, se desgañitaban diciendo, ‘necesito cuadrilla de 6, de 3, de 8’. Aquello parecía la subasta de una lonja”, parodia entre una sonrisa. Después, “bastaba una corta conversación con las ‘cláusulas’, del contrato verbal y un apretón de manos para sellar el acuerdo”, destaca.

Juan del Pozo (Valseca 1948), en el año 1959 se fue de pastor a Los Huertos con once años de edad. “Sí que recuerdo de aquellas gentes que venían a ganarse unas pesetillas que hacían falta; muy trabajadora, muy sufridora, que no protestaban por nada, y que por la noche comían lo que se les ponía, torreznos, tortilla y no mucho más”. También rememora algún incidente de posguerra, “me contó una historia el señor Víctor, de Los Huertos, como en el año 44 la Guardia Civil se presentó al anochecer, en el pajar donde dormía preguntando por uno de ellos y el hombre se quiso poner las albarcas y le dijeron que no las buscara que no le hacía falta y al día siguiente apareció en el puente Oñez con dos tiros en el pecho”.

En el pueblo eran muchos los pajares y casas viejas, ocupadas sobremanera en la calleja de La Amargura, donde algunos vecinos recuerdan el silbido de sus botafumeiros e instrumentos y el roce de las hoces en su afilado. En su interior, la paja y los sacos de paja trillada, también conformaban su asueto.
Ángel Ocampo, gallego de A Pontenova, no olvida sus años como segador temporero en la provincia de Segovia. Con tan sólo 13 años, realizó su primer viaje en compañía de sus tíos, según su relato al periódico la Voz de Galicia. A pesar del trabajo le apasionó “el ambiente de aquellas tierras(…). Todo lo que abarcaba la mirada era trigo, cebada…”. En sus casi veinte años como segador, tiene marcados a fuego los pueblos que recorrió, “Miguel Ibáñez, Hontanares, Valseca, La Lastrilla, y Torrecaballeros”, entre ellos. Hoy en día, son algunos los gallegos como el, los que se acercan a Valseca, al reencuentro, fruto de la amistad forjada de aquellos años.

“Madrugábamos mucho porque estábamos en pie a las cinco de la mañana y a veces se trabajaba de estrella a estrella. Parábamos dos horas para comer y, si no había tiempo para ir al pueblo, hacíamos una especie de cabañas con los mollos (manojos) de trigo para protegernos del sol”, relata. De la comida tampoco habla maravillas, “ya que exigía un buen estómago; la mayoría de las veces eran cocidos y comidas contundentes”. Y bromea: “El agua era mala, pero no el vino”, ya que también se tenía algún tiempo para acudir a las alternadas tabernas.

Para su trabajo el gallego, ya venía provisto de la hoz (foucín); la zoqueta, una pieza de madera para proteger del corte de la hoz los dedos de la mano izquierda; de pañuelos, que ataban al cuello y que servían para limpiar el sudor; varias mudas que luego lavaban en ríos de la zona, y ya en Segovia, aprovechaban para completar el uniforme adquiriendo sombreros de ala ancha para protegerse del sol. Algunos de esos enseres personales iban portados en maletas atadas con una cuerda, y cuando ya se dispuso del ferrocarril, algunos añadieron la bicicleta.

La historia y la tradición cuenta que fueron tres siglos (SVII-XX) el tiempo en el que los gallegos estuvieron acudiendo a segar a Castilla como temporeros debido a la precaria situación económica de Galicia. Era un trabajo crudo, que supuso esfuerzos sobrehumanos ya que en sus inicios el camino hasta Castilla se hacía a pie, incluso descalzos. “El viaje lo hacían entre diez y doce días a raíz de 40 o 50 kilómetros diarios”, recoge una publicación del diario El Progreso. Ese sobreesfuerzo quedo grabado con letras legendarias en forma de poesía de la mano de la escritora gallega Rosalía de Castro, bajo el título, Castellanos de Castilla: “Castellanos de Castilla, tratade ben ós galegos; cando van, van como rosas; cando vén, vén como negros (-)”.

Constantino Tella ‘Tino’. Meira (Lugo) de 77 años, acudió en tres ocasiones a Valseca, como atador. Tenía 14 años, y detalla su tarea, “primero subíamos a las cebadas, y por último bajábamos al trigo. Lo hacíamos desde Miguel Ibáñez, Armuña…hacía arriba”. Tino, tiene un momento especial, “la primera vez que ví una cosechadora en mi vida, fue en Valseca, era amarilla, con una especie de tableros, cadenas, y sacos, y botones, nos parecía un milagro que pudiera hacer todo aquello”. Una vez pasados todos aquellos momentos vividos de niño, “me ha tocado ir mucho a Segovia, pues me dedicaba a la compraventa de tractores usados, y en repetidas veces fui a la John Deere, que se ubicaba en La Lastrilla”.

Los hechos en valseca

En el año 1920, con el objetivo de potenciar la situación agrícola, se constituye en Valseca el Sindicato Católico Agrario, con el objetivo de fomentar el crédito, mejorar y aumentar la producción, a la vez que se hacía el siguiente análisis del momento del campo, “los labriegos segovianos seguían rascando la tierra con los arados romanos, abonando el barbecho con poco y mal estiércol, imperando en la siega las cuadrillas gallegas cada día más escasas y cada vez más caras”, señalaba.

Años más tarde, un hecho dramático sucede en la provincia de Segovia, en el año 1930 quedó arrasada la cosecha en un total de 14 pueblos. Entre ellos Valseca donde, “una gran tormenta descarga sobre el término municipal arrasando la cosecha de cereal totalmente, presentando el campo un aspecto desolador”, recogía la crónica de El Adelantado; a la vez que detallaba que “en pocos sitios se advierte alguna caña de los sembrados en pie”. Por este motivo, “el Ayuntamiento, se propone recurrir a los poderes públicos en solicitud de auxilio económico”. Y la medida tomada por el suceso fue contundente, “los segadores que trabajaban en este término han sido despedidos, por lo cual se han visto precisados a regresar a sus hogares o a buscar trabajo en otros pueblos no alcanzados por la desastrosa tormenta de ayer tarde”, aseguraba la edición.

Seguidamente este mismo periódico, recogía la noticia de que la Federación Agrícola de Fonsagrada (Lugo), “ha enviado al Gobernador Civil un respetuoso telegrama de protesta por haber sido despedidos 120 gallegos que segaban en el término de Valseca”. Desde dicha Federación se insiste “en que los labradores que tienen contratadas cuadrillas desde el comienzo de la recolección no deben despedirlas para emplear a los que lleguen posteriormente, cualquiera que sea la procedencia de estos”, señala la publicación.

Esta situación finalmente en el año 1937, queda consensuada a través del Delegado de Trabajo, por medio de las perceptivas reuniones en el Gobierno Civil, estableciendo, la búsqueda de una fórmula “para que no se causase perjuicio a los trabajadores gallegos, quedando estos destinados a los trabajos de recolección en las tierras del patrono de referencia”, dictamina.

Y es que como decía el escritor Miguel Delibes, en su libro ‘Castilla, lo castellano y los castellanos’, lo peor de la economía agraria castellana, no es que sea pobre, sino que sea insegura, “la dependencia del cielo es aquí total, lo que se echa en falta en Castilla es un orden metereológico, que asegure un tempero adecuado para las siembras otoñales, hielo en diciembre para que la planta afirme, aguarradillas en abril para que el sembrado esponje y sol fuerte en junio para que la caña espigue”, a la vez que delibera metafóricamente, que “si el cielo de Castilla es alto, es porque lo habrán levantado los campesinos de tanto mirarlo”.

En el periódico el Heraldo Segoviano de julio de 1935, se recoge una carta del segador castellano, P. Cardiel, de Bernuy de Porreros, quien se manifestaba molesto por una publicación referida “a la contratación de cuadrillas de segadores gallegos que sustituirán a los braceros de las poblaciones”. Manifestando que ha recorrido “los pueblos de La Higuera, Cabañas, Valverde, Escobar, Cantimpalos, Roda de Eresma, Valseca, Encinillas, Zamarramala, y éste de Bernuy, y en todos los pueblos expresados existe la falta de personal”.

Refiriéndose en su misiva al personal contratado, “de algún pueblo de los enumerados, sé que los obreros de la localidad habían comprometido buena parte de la siega por un jornal bastante remunerado y después de contratado, les ha parecido mejor marcharse a trabajar a una carretera en construcción y no segar, aunque el jornal sea bastante inferior”.

Y es por lo que además en esos años se originaba algún pique susceptible, como recogía esta copla que dejaba caer que los jornaleros castellanos eran poco trabajadores, decía así: “Venga el gallego a segar, miserable jornalero, que los hombres de Castilla tienen el trabajo a menos”.

Compartir en Facebook122Compartir en X76Compartir en WhatsApp
El Adelantado de Segovia

Edición digital del periódico decano de la prensa de Segovia, fundado en 1901 por Rufino Cano de Rueda

  • Publicidad
  • Política de cookies
  • Política de privacidad
  • KIOSKOyMÁS
  • Guía de empresas

No Result
View All Result
  • Segovia
  • Provincia de Segovia
  • Deportes
  • Castilla y León
  • Suplementos
  • Actualidad
  • EN

Edición digital del periódico decano de la prensa de Segovia, fundado en 1901 por Rufino Cano de Rueda