Intelijencia, dame el nombre exacto de las cosas”. Así con “j” como escribía Juan Ramón Jiménez en su intento de simplificar la ortografía, mientras anhelaba la precisión del conocimiento. ¿Alguna vez al pasear por el campo han sentido cómo se le escapaba alguna planta o algún pájaro por las costuras de “planta” o de “pájaro”? ¿Cómo el recuerdo se difuminaba por no tener en la memoria un nombre con el que relacionarlo? Es imposible dominar la realidad con pocas palabras –Adán se impuso a los otros seres al nombrarlos–, porque solo con la palabra precisa se domina la idea exacta; de lo contrario, nos quedamos con esa cara abobada del que descubre que todo lo que habita en la ferretería o en la mercería tiene nombre en lugar de ser “esa cosa que sirve para…”. Y es que la falta de la precisión nos lleva a no saber lo que queremos, aun teniendo cierta noción de lo que necesitamos.
La reducción de vocabulario, mutila nuestro mundo, que se achica, dejando fuera grandes extensiones por conocer y que reducimos a simples etiquetas por comodidad, por pereza, por falta de interés. El problema es que también nos reducimos nosotros y la consideración que tenemos los unos de los otros. ¿Cuándo fue la última vez que pensaron que un producto era demasiado caro para los componentes que tenía? ¿o que el presupuesto de un profesional era demasiado elevado para el tiempo que iba a invertir en realizar el trabajo? Y, sin embargo, ¿cuándo fue la última vez que se lamentó de la falta de apreciación de su propio quehacer? Cada cual conocemos el tiempo y las dimensiones que tiene esa parte invisible que conlleva cualquier tarea o labor, pero nos cuesta reconocer que haya invisibilidades tan complejas en el resto de ocupaciones.
Debemos buscar la precisión en nuestra mirada, en nuestras ideas y en nuestras palabras. No hay que temer la complejidad del mundo, solo su simplificación que nos acaba simplificando.
