Dicen los expertos de la Tauromaquia que lo importante en toda faena no está en saber dar bien los pases al toro sino en ligarlos. Del mismo modo, los grandes ‘chefs’ saben que por mucha que sea la calidad de los productos, el éxito de cualquier plato reside en saber mezclar bien los ingredientes. El espectáculo con el que Segovia participó ayer en la celebración del vigésimo aniversario de la creación del grupo Ciudades Patrimonio de la Humanidad fue una faena desligada o, si se prefiere, un plato de ricos ingredientes que termina por arruinar el paladar de los comensales.
Si el éxito de cualquier espectáculo se mide por la taquilla, el de anoche triunfó. No cabía un alfiler en la avenida de Fernández Ladreda para contemplar al ‘gigantón’ Salvador, la marioneta de mayor tamaño de España, de 11 metros de altura y casi 900 kilos de peso. Los personajes emblemáticos de la comparsa de Gigantes y Cabezudos parecían liliputienses al lado de la estrella invitada.
Por sí solo, asombró el montaje de la compañía Carros de Foc. Y lo hizo por el tamaño del títere, que se desplazó, gracias a una grúa, de forma lenta, pausada y monótona por la avenida, que tardó en recorrer más de una hora.
El cansino paseo de Salvador convirtió el espectáculo en plomizo, alejado del concepto tradicional de un pasacalles, que se supone para un acto festivo. Los acróbatas que se colgaban de una cinta del ‘gigantón’ levantaron los lógicos aplausos. Méritos aparte, nada que ya no se haya visto, como diría el televisivo Risto Mejide.
El popurri fue mayúsculo. Ni con pegamento se pudieron enlazar los distintos elementos de la celebración. Es difícil buscar la relación entre la dulzaina, que amenizó por momentos el cortejo, y una marioneta que muestra una especie de guerrero oriental casi venido del espacio, con armadura, orejas de elfo y raya en el ojo.
La relación del títere con las Ciudades Patrimonio de la Humanidad estaba cogida con alfileres: un viajero que quiere conocer el gran puente de la ciudad, símbolo del patrimonio de Segovia. Cuando Salvador —que no dejó de girar la cabeza, las manos y hasta las pestañas, en todo su recorrido— llegó por fin al Acueducto se dispararon todos los flashes. Ciertamente, su presencia apenas sirvió para admirar su tamaño y que el público sacara fotos del ‘viajero’. Luego llegaría, a los pies del monumento, la interpretación de la suite «13 sones para un títere», obra del músico Fernando Ortiz. Brillantes los músicos y el autor de la partitura, que evocó sonidos de las otras ciudades que participan con Segovia en el Grupo Ciudades de la Humanidad. El título de la suite ya lo dice todo. Por separado, los ingredientes eran buenos. En la mezcolanza, el plato fue un fiasco. ¿Alguien del público sabía que el acto era para celebrar el 20 aniversario de las Ciudades Patrimonio?. Un popurri gigante.
