Llegó el otoño, pero antes, anunciándolo, brotó la otoñada. Descubrir la palabra otoñada fue como fijar por primera vez los ojos en este pequeño milagro cíclico y otorgarle la importancia que tiene, pues es “hierba nueva y tierna que germina con las primeras lluvias de septiembre de las semillas caídas en verano” (como escribe en su Diccionario de la Naturaleza Mónica Fernández-Aceytuno) y nuestra tierra estaba muy agostada, sedienta y apagada.
La naturaleza comienza su bello cuadro otoñal con esos toques de verde brillante aquí y allá, con alguna pincelada malva de las quitameriendas y, al tiempo, empieza a trabajar con las hojas que privadas de clorofila recorren las gamas cálidas, sobre todo la de los ocres. Pareciera que tiene su propia caja de pinturines con la que colorea la vida. ¿Pinturines? ¿Extrañan la palabra? Me temo que es una palabra con poco recorrido fuera de El Espinar. Con pinturines llamaban aquí a los lápices de colores de madera, aunque en las últimas generaciones la referencia se ha ampliado también a las ceras duras.
Despierta cierto chisporroteo interior descubrir una palabra de uso local que tiene el poder evocador del olor a chimenea de leña, del sabor a bocadillo de chocolate, del tacto de los jerséis de lana hechos en casa y la sonoridad de la risa infantil en el colegio. Y es que hay palabras que se enredan entre sí y nos van arropando a modo de manta sentimental. Cada cual tiene su propia manta y quizás también la tengan los lugares. ¿Qué colores quedarían en la manta comunal si se tejieran las palabras de nuestro municipio? Porque si la naturaleza pinta con la otoñada y otros sabios recursos; nosotros, simples humanos, pintamos el día a día con simples palabras, aunque, eso sí, la percepción de la vida cambia si utilizamos un puñado o todo un estuche lleno de matices, tonos y herramientas para trabajarlos.
