Quedan pocos días para el Día de la Comunidad de Castilla y León. Releo el libro Memorial de Castilla, escrito en plena Transición por quien fuera mi decano, Manuel González Herrero. Mi ejemplar —permítanme la anécdota— perteneció a otro insigne segoviano, Santiago Ballesteros, en una época en que el debate autonómico generaba acaloradas porfías sobre qué era Castilla. Hoy continúo haciéndome esa misma pregunta, aun siendo consciente de que el sesgo identitario siniestro suele ser el germen del nacionalismo. Pero no es el caso.
El texto constituye una aportación a la concepción de Castilla, denunciando el secular secuestro territorial y reivindicando la cultura y el regionalismo castellano frente a la trasnominación entre Castilla y España. Aunque me siento cómodo con esa metonimia, es cierto que en dicha confusión hemos ido perdiendo identidad castellana.
Desde Segovia, en aquel debate autonómico de la Transición, se criticaba entonces a consumados intelectuales españoles que defendían una visión expansiva e imperialista de Castilla. Veamos. El enfoque centralista de España que florece con la Generación del 98 no es más que una construcción imaginaria que, desde luego, le sirve a mi decano, don Manuel, para despachar dialécticamente en su libro a todo autor —muy especialmente a Ortega y Gasset— que defiende esa teoría. Sospecho que don Manuel no sentía especial simpatía por el filósofo al asegurar que Ortega incurre en una frivolidad al afirmar que «España es una cosa hecha por Castilla», pues ello implicaría un ánimo sojuzgador y colonialista que dista mucho del origen primigenio castellano, combativo, eso sí, en lo cultural y lo legislativo con el Reino de León. ¿Un ejemplo? Castilla nunca fue árida en libertades: existieron más de seiscientos lugares de behetría —más de la mitad de las aldeas castellanas— donde era posible cambiar libremente de señor conforme al único criterio del concejo abierto; libertad sin despotismo. Castilla no tuvo vocación de universalidad; otra cosa fueron las aspiraciones de su Corona.
La teoría de Ortega contó con seguidores como Menéndez Pidal, que sostiene que Castilla creó España, o Sánchez Albornoz, que matiza al afirmar que «Castilla hizo a España y España deshizo a Castilla». El debate se anima porque, por el contrario, y siguiendo el dogma de Memorial de Castilla, Manuel Azaña reivindica una Castilla popular, ajena a vanidades de sometimiento a otros pueblos y desprovista de pretensiones hegemónicas.
A mi juicio, se confunden los históricos propósitos de Castilla y de los castellanos con las veleidades de la Corona de España. Fue la Corona la que arrastró a Castilla. Así se alcanza un punto intermedio que permite, según Julián Marías, entender que «Castilla se hizo España», “descastellanizándose” para descafeinarse —esto ya es apreciación mía— en la región constitucionalmente lánguida que es hoy, modelada políticamente por meros copistas, sin otra pretensión real que sobrevivir al día a día y cada vez más alejada de lo que fue, perdiendo gradualmente su identidad.
Perdonen la superficialidad, pero quien quiera saber cómo se sienten los castellanos respecto a Castilla puede preguntar a cualquiera de nuestros paisanos que el próximo 23 de abril visitarán Madrid para hacer compras, precisamente el día de la Comunidad. Eso es, en el fondo, lo que nos importa. Incluso pueden preguntarlo a los congregados en Villalar ese mismo día, donde al ideologizar el sentimiento castellano se confunde el término comunero —una rebelión burguesa— con el de comunista, arropado por banderas republicanas y el errado pendón morado, que nunca fue color castellano. ¡Si Fernán González levantara la cabeza…!
¿Qué es Castilla? Castilla —originariamente Bardulia— fue un lugar donde nadie era más que nadie; un territorio que siguió un modelo jurídico y social enfrentado al visigótico de León y en el que se decía que, por mucho que valiese un hombre, nunca tendría otra valía que la de ser eso mismo, un hombre, un castellano.
Llevaba usted razón, don Manuel: para ser región es necesario recuperar y divulgar la conciencia histórica colectiva de nuestra propia identidad. Solo así acabaremos sabiendo qué es Castilla mientras —léase la ironía— paseamos apáticos por Madrid el Día de Castilla y León. Sinceramente, hoy yo no sabría decir qué es Castilla, ni si es útil, ni hacia dónde se dirige.
