Segovia bien puede presumir de rincones especiales —para eso vivimos en la ciudad más bonita del mundo—, pero hay algunos que destacan más que otros para los corazones que buscan refugio en lo sencillo. La calle de los Desamparados es uno de ellos. Por su nombre singular, por la simplicidad de su trazado y por la historia, antigua y reciente, que encierran algunos de sus muros.
A primera vista, la calle no es gran cosa. Una más del casco histórico, corta y en pendiente, aledaña y a la vez alejada del flujo turístico habitual. El tránsito es escaso y el silencio puede más que el ruido incluso en las horas de mayor actividad.
En el número 3, se mantiene en pie el convento hospital que, desde finales del XVI, construyeron y ocuparon los Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios durante más de dos siglos, atendiendo a los enfermos y desamparados de Segovia. De ahí su nombre. Luego, desde finales del XIX hasta 2020 (hasta anteayer), el edificio fue el lugar de recogimiento de las monjas Terciarias Franciscanas, las «Juaninas», herederas con este apelativo de la memoria popular de la ciudad, agradecida a la labor de unos hombres que supieron compadecerse y consolar a los menesterosos de su tiempo.
Han pasado más de cuatro siglos y las cosas han cambiado, pero no tanto. Actualmente, el inmueble es la sede de Cáritas Diocesana de Segovia, que sigue, con nuevos modos y con otros medios, realizando la misma labor que sus primitivos moradores: la atención humanizadora a los necesitados. Por su puerta entran a diario gentes sin recursos, inmigrantes, personas sin hogar, mujeres que necesitan formarse para conseguir un empleo. Dentro, técnicos y voluntarios trabajan para que sus vidas —y por ende, la de la sociedad— sea mejor. Bendita mudanza: si antes se ayudaba a bien morir, ahora a bien vivir.

Y en el 5 se ubica la pensión de María Luisa Torrego, donde por más de 12 años estuvo alojado don Antonio Machado, el tiempo que ejerció de maestro en Segovia. Hoy el caserón, felizmente recuperado y administrado por la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce, además de casa-museo, es un lugar de encuentro para quienes se niegan a olvidar a su poeta.
Poesía y caridad escondidas, sobriedad de trazado y ausencia de adornos externos. No, la calle de los Desamparados no es pieza de caza para los selfiadictos de fin de semana. Todo lo contrario: es un lugar para detenerse y contemplar sin prisas, para dejarse seducir por lo que no salta a la vista. Esto es lo que le da carácter. En Desamparados, si la recorremos con unción, podemos descubrir la realidad de Segovia, una parte de ella, tanto en su hoy como en los muchos ayeres que la conformaron.
En este doble ejercicio de anámnesis y observación, las historias de vida se mezclan y llega un momento en que la retina no logra distinguir la materialidad de los hologramas. Así, por ejemplo:
Un vecino de los números pares que sale a la compra yendo a contracorriente de las riadas de japos que bajan hacia el Alcázar por Marqués del Arco y Daoiz. Un canónigo de gruesa sotana y gastado birrete que sube apurado la cuesta para no llegar tarde a la Catedral. Un inmigrante que se dirige a Cáritas para dejarse ayudar. Un voluntario que sale de un portal habiendo cumplido una labor que va mucho más allá de la simple solidaridad. Una viuda desahuciada que acude a los Hermanos de San Juan de Dios para morir en paz. Un turista curioso que, plano en mano, se desvía del circuito marcado para visitar la alcoba de don Antonio. Un puñado de segovianos que se dirigen al patio interior de una antigua pensión para leer poemas de un vecino que se resiste a abandonar la ciudad. El propio don Antonio, con sus pies planos, volviendo cansado de sus paseos por la Alameda… Muchas imágenes, muchas realidades, muchas intuiciones que conviven en una angosta costanilla. Y tantas otras, ocultas a los ojos —los de la cara—, que siguen palpitando tras el portalón del número 3 y la verja del 5: la agonía de un moribundo sin nombre que, por fin, se siente acompañado, la oración sencilla de una novicia que dejó atrás su indecisión, los apuros de una madre superiora a la que no le salen las cuentas; una sobremesa de domingo en el comedor de una fonda provinciana, un profesor de francés que prepara sus clases apurando la luz de la tarde, una cuarteta nueva para Guiomar…

Todo esto es Desamparados. Yo lo veo así. Sólo me falta pedirle a Mario Antón Lobo que, el día que pueda, se aposte en uno de sus extremos y, viendo el devenir de la gente y del tiempo, le haga un hueco en su particular catálogo del callejero segoviano. Enseguida se percatará de que, aun sin almendros que la adornen, la calle florece en primavera con tantos hombres y mujeres que, ayer y hoy, siguen dando frutos de misericordia y de poesía, cada uno en lo suyo.
Otro milagro. Otro de los muchos que guarda una ciudad con rincones siempre por descubrir, rincones para contemplar con paz, rincones casi sagrados sanadores del cuerpo y del alma.
