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Mi lengua

por Mario Antón Lobo
1 de abril de 2026
MARIO ANTON LOBO
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Se me adelanta Juan Ignacio Luca de Tena con su “¿Quién soy yo?”, pisándome una de las intrigas que me entretienen. Tampoco soy Brandel. Busco, blando hipótesis por respuestas.

Saludo al estornino que baja de la bajante, donde fabricaron el nido sus antepasados, y se deja posar en el alféizar de mi ventana mientras echo al aire el programa de guitarra de cada día. Esa comunicación que establecemos afirma mi condición de poeta.

Por el contrario, proclamo sin vergüenza, compulsivamente, mi decantación por el puro, el diésel, el asfalto, los toros, el vino, los mantecados de Estepa, las alcachofas…

Amo a las palabras. Al castellano porque es la única lengua que conozco, podría ser cualquier idioma en el que hubiera nacido y no necesitado estudiar para hablarlo. Cada palabra por separado, combinadas en frases, seducidas por la entonación, apiladas en los diccionarios. En todas sus formas y extensiones me subyugan, muchas veces más su música, la manera de pronunciarlas, que su significado, mochila amable y aclaradora. En consecuencia, me siento esclavo del arte de usarlas y fatalmente avocado al uso, al descubrimiento, de la literatura.

En cambio, concluyo con pena que el uso del lenguaje determina el triunfo de la mentira. Quien se expresa mejor, quien con más elocuencia, con más gracia, con más encanto, con más ocurrencia, se lleva el gato al agua. Ay, los hechos no van de la mano de tanto encanto, de tanta elocuencia. Mi amada lengua, mis amadas palabras, se queda en ocurrencias, a merced del olvido.

Entonces me miro en el espejo, juntando palabras como un descosido, con afán ansioso de originalidad, que no termina de matar la vanidad ni la impostura que hay en mí. Venga a darle a las palabras, a juntarlas, a borrarlas, a probar con otras. Qué extraña condición. Sólo por el placer de hablar, de escribir. Sin sueldo, casi sin propósito. Si acaso grito frente a la desesperanza: existo. Hasta el punto de que este crepitar de lo que creo ideas puede que no sea más que chisporroteo de palabras. Me responden el silencio, mi novia, cuatro amigos: vamos, hombre, que no es para tanto. Debería ser consecuente, callarme, dejar de aporrear el teclado. ¿Dejar de sentir la caricia de la estilográfica sobre el papel? Amigo: esto no es profesión, es pasión.

Vuelvo a las palabras, a mi lengua. Le dedico un poema, verso libre, no verso por renglón, verso por párrafo. Digo, canto, por ver si, una vez más, alguien, yo mismo, vuelve a sentir un escalofrío, lágrima sería mucho pedir:

Naces. ¡La que has preparado, latín estropeado! De apuntajos, ¡glosas!, de San Millán de la Cogolla, al “limpia, fija y da esplendor” de Real Academia. ¿Imperial? ¿Olvidada “llaneza, muchacho, no te encumbres, que todo lo que asciende desciende”? Tú misma dividida, troceada, versionada, tergiversada. Intercambiable: español, cuando no espanglish. A pique de confundir entre hispanohablantes. Ni siquiera con estatus de lengua vernácula, so capa de lengua oficial. ¡Ven, amada, mía! Escúchate en la cadencia de una estanquera de Valladolid. Entiende mi admiración por tu hermosura más allá de los significados, aunque sin ellos no pueda quererte. Huyamos de softares, liques y chironas. Volvamos al camino donde cada legua es de la lengua. Y échale hilo a la cometa. Mi amor. Mi lengua.

Eso sin ánimo de perturbar ni replicar a los clásicos con palabras que siento como mías: Vine por vuestros besos, guardad los labios por si vuelvo, a este bien os llamo, gloria del apolíneo sacro coro, a las aladas almas de las rosas del almendro te requiero, y yo me iré y se quedarán los pájaros cantando, me debería bastar con lo que ya me has dado, dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado. Gracias por perdonarme las comillas.

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