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Argumentos para una esperanza moderada

por Javier Gómez Darmendrail
31 de marzo de 2026
JAVIER GOMEZ DARMENDRAL
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Vive Teo

“VOLTAIRE, TOCQUEVILLE Y… TORRENTE”

San Juan de la Cruz, doctor de la Iglesia (y II)

Empezamos 2026 tras años de ruido, polarización y fatiga crítica. Lo político ha hablado demasiado alto, las redes han gritado más que pensado, y las certezas se han mostrado más estridentes que verdaderas. Sin embargo, precisamente por eso, hay argumentos para la esperanza. Y ese es el motivo por el que me atrevo a dar seis razones que entiendo confirman esa expectativa.

En primer lugar, porque el fanatismo empieza a aburrir. Nada envejece tan mal como la consigna repetida y la división permanente entre buenos y malos. Todo aquello que parecía movilizar, ahora empieza a resultar previsible, incluso cansino. No hay más que ver la reaparición del “no a la guerra” cuando acaban de involucrar en ella a nuestra mejor fragata. O que los mismos que levantaron un muro entre españoles (máxima expresión de una maldad que pretende fracturar de nuevo a la sociedad española), inventen ahora un esperpento para medir el odio. Y es que cuando el fanatismo deja de seducir, aparece algo tan imprescindible como el espacio para pensar.

Por cierto, aún hoy Sánchez se empeña en repetir que España estuvo en la guerra de Irak. La izquierda sigue con la misma matraca aunque sea público y notorio que la guerra terminó el 9 de abril de 2003 con la toma de Bagdad y allí no había ni un solo soldado español. Los españoles, junto con otros 32 países, atendimos la llamada del Consejo de Seguridad de la ONU que solicitó que se enviaran tropas para la paz y la reconstrucción. Por mucho que se repita una mentira, no se convierte en verdad. Como bien destacó Georges Braque, “la verdad existe; sólo se inventa la mentira”.

En segundo lugar, porque vuelve el valor de lo concreto. Decía Raymond Aron que “la política no trata de hacer felices a los hombres, sino de impedir que se destruyan”. Sin embargo, durante demasiado tiempo se ha gobernado desde abstracciones como el pueblo, la memoria histórica, el relato, la polarización. Pero por suerte hoy reaparece una forma más modesta y más sana, que es simplemente conseguir que las cosas mejoren. Simplemente eso. Lo concreto actúa como antídoto contra la ideología excesiva, porque lo que preocupa a la gente es la educación, la sanidad, la vivienda, la convivencia y que los servicios públicos funcionen. Los ciudadanos ya no pedimos más épica ni más cinismo, queremos competencia y decencia, algo que es una base sólida para reconstruir la confianza.

En tercer lugar, porque el desencanto también puede ser madurez. Aquella frase atribuida a Georges Clemenceau: “Quien no ha sido revolucionario a los veinte años no tiene corazón; quien sigue siendo a los cuarenta no tiene cabeza”, es muestra de ello. El desencanto a veces no es más que el final de una adolescencia política. Esta pérdida de inocencia, bien asimilada, puede transformarse en responsabilidad, y eso es positivo porque la democracia no necesita creyentes exaltados, lo que necesita son ciudadanos exigentes, capaces de distinguir entre promesas y resultados.

En cuarto lugar, porque la moderación vuelve a parecer valiente. Hubo un tiempo en que la moderación se confundió con tibieza; sin embargo hoy empieza a verse como lo que siempre fue, una forma de coraje. En una época dominada por el exceso, la prudencia deja de ser pasiva y se convierte en resistencia moral.

En quinto lugar, porque la política no lo es todo. Estoy pensando en una frase muy interesante que quiero dedicar afectuosamente a ese equipo olímpico de opinión sincronizada que es el Gobierno, cuyos miembros repiten como papagayos lo que les dictan en los argumentarios (Loro Park, lo llama Feijóo). Como decía el periodista estadounidense Walter Lippman: “Donde todos piensan lo mismo, nadie piensa mucho”, lo que en el caso de este gobierno da una lamentable impresión.

Por eso, quizá la esperanza más profunda sea recordar que la vida es más grande que la política. Además, el tiempo ha demostrado que cuando la política falla, la sociedad —con todos sus defectos— suele resistir mejor de lo que parece. Creo que esa reserva moral silenciosa es uno de los patrimonios más infravalorados de nuestro tiempo.

En sexto lugar, porque aún distinguimos lo justo de lo injusto. Me gustaría creer que a pesar de la confusión, se mantiene firme el instinto moral elemental, porque la arbitrariedad cansa, la mentira reiterada erosiona, y el abuso termina pasando factura.

Por tanto, la esperanza para 2026 consiste en confiar que no todo está perdido, que aún hay espacio para la razón, la responsabilidad personal y una política menos narcisista y más adulta. No es una esperanza ruidosa, es una esperanza comedida, casi silenciosa.

No obstante, aunque hay razones para un moderado optimismo, debemos ser prudentes y no olvidar las leyes de Murphy, una de las cuales nos recuerda que “cuando todo está tan mal que no puede empeorar, de repente empeora”.

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Edición digital del periódico decano de la prensa de Segovia, fundado en 1901 por Rufino Cano de Rueda

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