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“VOLTAIRE, TOCQUEVILLE Y… TORRENTE”

por Santiago Sanz Sanz
30 de marzo de 2026
SANTIAGO SANZ
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San Juan de la Cruz, doctor de la Iglesia (y II)

San Juan de la Cruz, doctor de la Iglesia (I)

Corregir la creación

Para la tranquilidad de los que crecimos en la transición, la tonelada y media de granito pulido de la sierra de Guadarrama pesó mucho y clausuró de forma hermética más de un siglo de desatinos políticos y guerras civiles. Entre ellas, el episodio más negro de nuestra historia.

En ese escenario, un buen puñado de hombres con sentido de Estado, políticos formados y una amplia mayoría de ciudadanos generaron los cimientos necesarios desde los que construir ese proyecto capaz de superar cualquier acontecimiento que pudiese surgir desde las posiciones irreconciliables de los más obstinados y nostálgicos en esa nueva realidad social y política, donde la inmensa mayoría ya solo contemplaba “la democracia” como único contexto posible y como única alternativa de progreso.

España, definitivamente, parecía haber sido seducida por las líneas de convivencia responsable y todos esos puntos de encuentro que, desde las libertades individuales de pleno derecho, se enfocaban en todo aquello que, desde los tiempos del “aperturismo”, percibíamos con anhelo en nuestros vecinos europeos.

Pocas cosas marcaron las pautas de aquella construcción democrática, mostrando un enfoque tan revolucionario y seductor, como la frase atribuida a Voltaire que algunos escuchábamos por primera vez: “No estoy de acuerdo con lo que dice, pero defenderé con mi vida su derecho a decirlo”. Tan conciliadora, revolucionaria y tolerante resultó entonces como también lo sería hoy. Para que se hagan una idea de la regresión que sufrimos en lo que respecta a la convivencia y el respeto, desde que todo cambió en las legislaturas de Zapatero.

El caso es que en aquel periodo democrático inicial hubo muchas cosas de gran impacto, como el recién estrenado “Marco Constitucional”, por ejemplo, con su poderosísimo artículo, que contemplaba que “todos los españoles eran iguales ante la ley, sin que pudiese prevalecer discriminación alguna por razón de raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”. Preceptos por entonces muy claros, pero que hoy podrían resultar en muchos casos irónicos por todos esos agravios comparativos que suponen los privilegios en función de la comunidad autónoma de pertenencia y, generalmente, como consecuencia del “mercadeo político”. Toda una ironía y una muestra de absoluto retroceso en lo que respecta a la igualdad como la base de todo esto, pero volviendo de nuevo la vista atrás… En aquel periodo, a los ojos del mundo, nos habíamos convertido en un modelo de transición democrática aunque, como hubiese puntualizado Tocqueville, una democracia llena de paradojas de puertas para adentro:

Recuerden que desde el primer momento, en ciertas partes del reino, el terrorismo de ETA y su entorno político siguieron señalando, amenazando y, hasta no hace mucho más de una década, asesinando a aquellos que pensaban de manera distinta. Un acoso que forzó el exilio desde las tres provincias vascas, de casi doscientas mil personas en un ejercicio de construcción social basado en una “limpieza ideológica” por obra y gracia del terrorismo. Lógicamente, ese fin del pluralismo político dio lugar a un censo electoral favorable al nacionalismo. Una paradoja democrática que ha llegado hasta nuestros días convertida en una macabra ironía en lo que respecta a la representatividad. Recuerden que hace solo unos días, una diputada de Bildu, partido que ostenta la representación de menos del 1,5% de los votos, se dirigió en el parlamento a los representantes del 45% para decirles que “un escaño como el suyo valía más” que el de todos ellos… y no le faltaba razón, la verdad. Nada más que vean las excarcelaciones y beneficios para Anboto y otros asesinos.

Por eso les digo que el bueno de Tocqueville, de no haber desarrollado sus teorías al respecto de “la democracia” en el siglo XIX, de haber podido conocer la trayectoria reciente de la democracia española, seguro que le habría servido como una gran fuente de inspiración, o mejor dicho, como ejemplo de confirmación de muchos de sus peores presagios relativos al efecto autodestructivo que “todas esas paradojas y desequilibrios” pueden generar en el propio sistema. A lo mejor ni se sorprendería, viendo cómo una “democracia consolidada”, en vez de impulsar las libertades en todas las latitudes como principio, pueda alinearse con dictaduras y teocracias, obviando que esos regímenes son los que impiden el ejercicio de los derechos fundamentales para la dignidad de sus propios ciudadanos. Una pérdida de credibilidad en el sistema que se acentúa cuando, por parte de la ciudadanía, solo se percibe la corrupción en función del color del político o cuando este pretenda desarrollar herramientas de control social, limitando las libertades para salvaguardar (ojo con la ironía) a la propia democracia. Una falta de confianza generalizada por un escenario donde “la política” se reduce a la creación de contenidos y circos mediáticos que fuerzan “el relato”, como si fuesen dirigidos a una ciudadanía polarizada carente de criterio y espíritu crítico. Un sistema sumido en una realidad paralela de desinformación y ficción que, en comparación, hace que “Torrente”, además de a unas risas, nos invite a “una reflexión”.

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