El 8 de marzo de 1126 moría en Saldaña Urraca I de León, reina de Reino de León y de Castilla. Con ella desaparecía una de las figuras políticas más extraordinarias de la Edad Media peninsular.
Sin embargo, nueve siglos después, su nombre sigue ocupando un espacio sorprendentemente discreto en el relato de la historia de España. Mientras otros monarcas medievales han sido convertidos en símbolos políticos o culturales, Urraca continúa siendo una reina a menudo tratada con ambigüedad, cuando no directamente reducida a una figura polémica.
Y, sin embargo, la realidad histórica es clara: Urraca fue una de las primeras mujeres que gobernó un gran reino europeo con autoridad plena, en un momento en el que el poder político era casi exclusivamente masculino. Su figura no solo forma parte de la historia medieval. Forma parte del origen mismo del poder político en Castilla y León y de la construcción histórica de España. Una reina en el corazón del mayor reino peninsular
Urraca era hija del poderoso Alfonso VI de León, uno de los grandes monarcas del siglo XI. Durante su reinado, el reino leonés había alcanzado una posición central en la política peninsular, especialmente tras la conquista de Toledo en 1085, un acontecimiento que cambió el equilibrio entre los reinos cristianos y Al-Ándalus. El heredero natural al trono era el infante Sancho Alfónsez, pero su muerte en la Batalla de Uclés cambió el rumbo de la sucesión. Cuando Alfonso VI falleció en 1109, la corona recayó en su hija.
Aquella decisión no fue menor: significaba que una mujer debía gobernar el principal poder político de la península en un momento de tensiones militares, rivalidades nobiliarias y profundas transformaciones sociales.
Urraca no fue una regente, no fue una figura simbólica. Fue reina propietaria del reino.

GOBERNAR SIENDO MUJER EN EL SIGLO XII
El reinado de Urraca comenzó en un contexto político extremadamente delicado. Para reforzar la estabilidad del reino, se promovió su matrimonio con Alfonso I de Aragón, conocido como el Batallador. La unión pretendía crear una gran alianza entre los reinos cristianos del norte. Pero la realidad fue muy distinta. Las tensiones entre ambos monarcas, la resistencia de parte de la nobleza y las disputas por el control político derivaron en un conflicto que terminó con la anulación del matrimonio y varios años de enfrentamientos entre Aragón y León-Castilla.
Durante ese periodo, Urraca tuvo que enfrentarse a rebeliones internas, a conflictos territoriales y a disputas con poderosos señores del reino. Dicho de forma clara: le tocó gobernar en una de las épocas más difíciles de la monarquía leonesa. Y aun así, mantuvo el trono. Durante casi diecisiete años de reinado (1109-1126), Urraca logró preservar la estructura política del reino heredado de su padre. Su autoridad quedó reflejada en numerosos documentos reales, en concesiones de fueros y en acuerdos con ciudades, nobles y obispos.
Lejos de la imagen de inestabilidad que durante siglos transmitieron algunas crónicas, la documentación demuestra que Urraca ejerció activamente el poder real. Su mayor éxito político fue asegurar la continuidad dinástica mediante su hijo Alfonso VII de León, quien heredó el trono tras su muerte y que años más tarde sería proclamado emperador. En otras palabras: la monarquía que consolidaría Alfonso VII fue posible porque Urraca logró mantener el reino unido durante años de enorme presión política.
LA CONSTRUCCIÓN DE UNA LEYENDA INJUSTA
Durante siglos, la memoria de Urraca quedó marcada por relatos cronísticos que la describían como una reina conflictiva, apasionada o incapaz de gobernar con estabilidad. Hoy los historiadores coinciden en que muchas de esas visiones reflejan los prejuicios de una sociedad profundamente patriarcal. En una época en la que el poder político femenino era excepcional, cualquier decisión firme tomada por una reina podía ser interpretada como signo de debilidad o desorden.
Sin embargo, cuando se analiza su reinado con criterios históricos, la imagen cambia. Urraca aparece como una monarca que actuó dentro de las dinámicas políticas habituales del siglo XII: alianzas, negociaciones, conflictos militares y defensa de la autoridad real frente a la nobleza. Exactamente lo mismo que hacían los reyes de su tiempo.
UNA FIGURA CLAVE PARA CASTILLA Y LEÓN
El novecientos aniversario de su muerte invita a reflexionar sobre el lugar que ocupa Urraca en la memoria histórica de Castilla y León y de España. En un territorio que conserva algunas de las raíces políticas más antiguas de Europa, la figura de Urraca representa un episodio fundamental de esa historia. Su reinado forma parte de la continuidad institucional del reino leonés, uno de los pilares de la formación histórica de la monarquía hispánica. Sin embargo, su presencia en el imaginario colectivo sigue siendo limitada si se compara con la de otros monarcas medievales.
Reivindicar a Urraca no significa idealizar su figura ni convertirla en un mito. Significa reconocer el papel real que desempeñó en la historia, porque nueve siglos después resultan difíciles negar una evidencia histórica: sin el reinado de Urraca, el desarrollo político de León y Castilla —y en buena medida de la propia historia de España— habría sido muy distinto.
Recordarla hoy no es solo un ejercicio de memoria. Es también una forma de comprender mejor las raíces del poder, de la política y de la identidad histórica de Castilla y León. Y quizá, después de novecientos años, ha llegado el momento de devolver a la reina Urraca el lugar que merece en la historia.
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* José Ignacio Moratinos es el secretario general del Ateneo Cultural Villalar.
