A veces, en el deporte aparecen figuras que olvidan que liderar no es ocupar un lugar, sino cuidar de él.
En una vieja granja, Napoleón, el cerdo, utiliza a otros para difundir su mensaje, manipula la información y reescribe las normas cuando le conviene. Las reglas cambian siempre a su favor. En aquella granja de Orwell, los animales creyeron en la igualdad. Y con el tiempo el silencio ocupó el lugar de la convivencia.
En otro lugar, más cálido y lleno de polvo, el patriarca gobernaba desde la distancia, envuelto en una soledad que confundía con poder.
Muy lejos de esas granjas y palacios, en pueblos pequeños como los nuestros, el deporte es otra cosa. Aquí, un partido de Tercera Regional es mucho más que un resultado. Es el pulmón del pueblo. Es el pabellón lleno de conversaciones en la grada. Es disfrutar del partido y después alargar la tarde en el bar. Es la plaza llena de niños y niñas que imitan lo que han visto en cancha.
En esos espacios humildes no hay discursos grandilocuentes. Hay compromiso. Hay entrenadores que llegan antes que nadie y se van los últimos. Hay clubes que cuidan y que se preocupan del crecimiento de niños y niñas y de crear espacios de juego para que nadie se quede fuera. Quizá por eso sorprende que, desde arriba, a veces se mire con cierta distancia. Como si el pez grande creyera que puede comerse al chico sin entender que es precisamente ese chico quien sostiene el ecosistema.
Porque mientras algunos se aíslan en su propio relato, en nuestros pueblos el deporte sigue siendo comunidad. Y ahí, sin hacer ruido, es donde nacen los verdaderos gigantes.
