El 11 de marzo de 2026, a las 14:46, las sirenas y las campanas de las ciudades de Tohoku conmovieron el alma de quienes conviven allí a diario con el trauma. Ese día se conmemoró de forma solemne, respetuosa y sin estridencias demagógicas el decimoquinto aniversario de la mayor tragedia que ha sufrido Japón en muchas décadas: el gran terremoto, tsunami y desastre nuclear que dejaron 18 131 muertos, 2 829 desaparecidos, 6 194 heridos, 470 000 desplazados y un país con el alma agotada de luchar contra la naturaleza. Algunos habitantes vieron el amanecer desde la playa, otros escucharon las sirenas en posición de oración y reverencia mirando al océano, ese rival tramposo que sirve también como cementerio de sus familiares. Sus lágrimas calladas se confundían con el movimiento de las olas. Unos pocos las escucharon un año más desde casas prefabricadas, y muchos desde las provincias remotas adonde les llevó el exilio radiactivo. Revivieron el horror de aquel día y el sentimiento de culpa por haber sobrevivido. Los que no fuimos directamente afectados presenciamos sobrecogidos los homenajes por televisión. Lo que imperó fue un silencio estremecedor. En Japón estos momentos no se expresan mediante aspavientos ni son utilizados para obtener réditos políticos o mediáticos. Fue, como todos los años, un aniversario tranquilo.
Pero el terremoto de 2011 no solo dejó ruinas.
Japón era ya entonces una nación cansada. En este país, los desastres naturales no son ajenos a nadie; la sociedad está acostumbrada a reprogramar el reloj periódicamente. Una y otra vez es necesario reconstruir comunidades desde los cimientos. Pero, en una sociedad en recesión permanente y profundamente envejecida, ya no hay energía para el entusiasmo ni para la esperanza de que la reconstrucción devuelva un lugar mejor que el que se llevaron las olas. El mar no engulló solo pueblos y personas. Arrasó también esa fe impenitente que los países avanzados suelen tener en el crecimiento eterno, y la confianza en la tecnología.
Japón ya sabía entonces que su población disminuye, y que dentro de tres décadas será un país un treinta por ciento más pequeño. El estancamiento era entonces y sigue siendo visible en estructuras sociales, empresariales e institucionales que cambian poco, en una digitalización que no termina de llegar, en el cierre de negocios que no encuentran sustituto para el dueño que se jubila. El dinamismo del Japón de antaño, aquel que se comió el mundo en unas décadas de crecimiento acelerado ya no existe. El país que asombró al planeta por su inteligente estrategia social y empresarial que lo llevó a convertirse en la segunda potencia mundial después de dos bombas atómicas es ahora más bien maestro en el arte de la resiliencia. En 1990, Japón era el país más competitivo del mundo. Para 2000, se encontraba ya en el puesto 17 de 67 economías. Hoy se sitúa en el puesto 35. No es una caída catastrófica. Es la historia de un país que ya no aspira a ser el primero.
La reconstrucción de Tohoku se lleva a cabo sin expansión demográfica. Hay pueblos que ya saben que no volverán nunca a ser lo que eran, a poseer industrias pesqueras vibrantes, ni a ver niños en las calles. El apego a la tierra y a los muertos hace que solo desaparezcan por completo aquellos pueblos que quedarán para siempre como inevitables fantasmas en las inmediaciones de la planta nuclear de Fukushima. Los demás tratan de retornar y de hacer revivir sus comunidades como pueden. Pero los habitantes se resignan a un modesto horizonte de estabilidad más que de crecimiento. Ni siquiera pueden reconstruir todas las infraestructuras que necesitan porque no hay dinero para mantenerlas.
Como país, Japón también ha decidido aceptar su realidad demográfica. Parece estarse apeando de la carrera del progreso continuo. Con la perspectiva de estos años, creo que el desastre de Tohoku marcó el momento crucial en el que Japón asumió definitivamente que su futuro no sería el del crecimiento. Las propuestas económicas del difunto Shinzo Abe, conocidas como Abenomics, no llevaron a un cambio significativo de las rígidas prácticas financieras habituales. Incluso el tímido intento de poner a Japón en el mapa mediante la celebración de los Juegos Olímpicos atrajo los celos de la mala fortuna, que se encargó de arruinarlo haciéndolos coincidir con aquel otro cataclismo universal: la pandemia. En la actualidad, la sociedad se prepara para un redimensionamiento, eso que los estadounidenses llaman downsizing, un ajuste de proporciones nunca vistas desde la Revolución Industrial en ningún país desarrollado. De nuevo, Japón será una anomalía histórica: un modelo para un mundo que tarde o temprano tendrá que comprender que no se puede crecer ilimitadamente.
Desde 2011, Japón mira al océano de otra manera. Yo creo que ahora lo contempla como la garantía de su aislamiento voluntario de esa carrera desquiciada que libran otros países por el crecimiento y que denominan globalización. Estar rodeado de mar es como poseer una especie de foso de defensa que le permite aislarse del mundo, y que, por tanto, lo protege de la sinrazón y de la codicia infinita que imperan en otros lares. Hace unas décadas, Japón quería participar en esa carrera. Hoy, intentará caminar, una vez más a su propio ritmo y en sus propios términos, hacia el decrecimiento. Su condición de isla se lo permite.
“No te guardo rencor”, parece decirle este país al océano. “Al fin y al cabo, aunque a veces vengas a destruirnos, siempre has sido un aliado imprescindible”.
