Y la vida me puso en la tumba correspondiente: en la del soldado desconocido. Otro error, solo cierto en lo de desconocido. Claro que vecinos y simpatizantes me señalan con un “te leo”, ya me gustaría con un “me gusta”, y da la sensación, solo la sensación, de que me conoce alguien.
De vivo había querido ser Umbral. Delibes me quedaba inalcanzable. Quizás debí querer ser Raúl del Pozo, pero mi vida sencilla no se atrevía con sus atrevimientos. Quizás debí querer ser Pablo Martín Cantalejo: la vida ordenada de un trabajador con talento. Casi el azar me llevó por las escuelas donde derrochar chanzas y buenas intenciones para que la estancia entre sus muros fuera un poco más agradable. Algunos a eso lo llaman desproporcionadamente educación.
Hoy Pablo Martín Cantalejo y Raúl del Pozo se han ido al tiempo. Cumbres del periodismo. Modelos para mí de la buena literatura. Raúl se quedó en los parnasos madrileños, a falta de una felicitación personal. Don Pablo Martín Cantalejo lo tuve al lado alguna vez en las conferencias de San Quirce. Su presencia alentaba mis ganas de aprender y me daba la sensación de estar en el lado correcto de la historia, no como otros. Un día, mientras él paseaba con su señora, lo abordé por la calle y le felicité por su trayectoria y porque sus artículos me entretenían y me estimulaban. Él no se acordaba de que, jovencito, me postré ante sus plantas con unos párrafos becquerianos y fui rechazado. Tampoco me echó la bendición esta vez, pero sí se dejó decir que, con compartir página en El Adelantado, resignado a literaturas incógnitas, alcanzaba techo muy superior a lo acostumbrado.
Se me hace que se van pronto. Ignorante de sus años de vida pensaba que la muerte les olvidaba para que pudiéramos verlos, leerlos. La ignorancia no tiene límites.
Entonces resulta que el viejo soy yo. Porque Pablo, Raúl y cada vez más no están. A pesar de que me siento un principiante. Por sentirme, por serlo, dudo de que yo pueda ser referencia para alguien como ellos lo fueron para mí. En el equilibrio difícil de las palabras, haciéndome a la idea de que juego con ellas, acaso sin pretender decir nada o con cierta intención. En la suposición de que ya casi todo está dicho y, si alguien tuviera que decir algo, lo dirían ellos. Ya tampoco. El futuro nos aparta a velocidad de vértigo. Aquí mismo, periodistas nuevos en el equipo de redacción de este periódico han tomado la cabeza y flamean fitipaldis, exultantes de arrojo y juventud, en la tarea de contar los pasos.
En el entretanto volvemos al recuerdo y a la relectura. Ávidos de recaudar satisfacción compensatoria para los seres queridos de Pablo Martín Cantalejo y de Raúl del Pozo con nuestras loas. Con que sumaran un poquito de consuelo justificarían estos borradores.
Sea como fuere Segovia y España, España y Segovia, dejan de gozar con la presencia de dos maestros del periodismo, de la literatura, del heroísmo contrastado frente a la cobardía y el morderse la lengua.
Larga vida en ese olimpo, maestros.
