“Un pueblo que elige a corruptos, impostores, ladrones y traidores no es víctima, es cómplice”. Esta frase, atribuida a George Orwell, es una frase que resulta incómoda —casi cruel en su diagnóstico— pero precisamente por eso resulta tan fértil para la reflexión política seria, porque no halaga al pueblo, sino que lo responsabiliza.
Vivimos en una época en la que la narrativa dominante tiende a presentar al ciudadano como una víctima permanente; víctima de los políticos, víctima de los medios, víctima del sistema, víctima de la propaganda. Esta visión, que tiene algo de cierto porque el poder manipula, seduce y engaña, es profundamente incompleta porque el poder no se sostiene solo con la mentira. Se sostiene, sobre todo, con la aceptación.
El poder, más que obediencia, necesita consentimiento. Y ese consentimiento rara vez es puramente racional porque no siempre elegimos a quienes son los mejores, más honestos o más capaces. Muchas veces elegimos a quienes nos halagan, a quienes confirman nuestros prejuicios, a quienes nos hacen promesas aunque sepamos que no las van a cumplir, pero que son de “los nuestros”. Y aquí es cuando aparece la complicidad, que es el mecanismo psicológico más peligroso de la política.
En el momento en que el ciudadano detecta las primeras señales de corrupción (porque las detecta casi siempre), entra en juego el segundo nivel de complicidad con frases como “todos son iguales”, “al menos este es de los nuestros”, “la alternativa sería peor”… Pero estas frases no son análisis políticos, son simplemente unos mecanismos de defensa psicológica que utilizan algunos para no verse obligados a decidir, y convierten la política en una guerra de bandos, no en una búsqueda de la verdad o de la competencia. Y este impulso propio de antiguas tribus es el combustible más poderoso de la corrupción democrática.
Hay que tener en cuenta que la corrupción no se consolida cuando aparece, se consolida cuando deja de escandalizar. Y ese es el verdadero punto de inflexión moral de una sociedad. Porque una sociedad sana puede tener políticos corruptos. Eso es inevitable. Pero una sociedad enferma es aquella en la que la corrupción deja de ser un obstáculo para el poder. Y cuando el corrupto ya no necesita ocultarse, sino simplemente resistir el circo mediático hasta que el escándalo se disuelva en la indiferencia colectiva, el problema ya no es el corrupto, el problema es el umbral moral del electorado.
Algunos políticos actuales aprenden lo que pueden permitirse y hasta dónde pueden llegar; y aprenden rápido. El ciudadano, por su parte, se va acostumbrando y la normalización se convierte en el verdadero peligro, porque lo que ayer habría provocado indignación, hoy provoca resignación, y mañana provocará indiferencia. Por eso la complicidad no nace del entusiasmo, sino del cansancio. Cuando el ciudadano deja de creer que su indignación sirve para algo, es cuando deja de creer en la eficacia moral de su reacción y empieza a tolerar lo que antes habría rechazado.
El votante deja de preguntarse si este político es honesto, y empieza a preguntarse si este político es de los míos. Y es en ese preciso momento, cuando el control moral desaparece, porque el político ya no necesita ser honrado, solo necesita pertenecer al grupo; y esta es la raíz más profunda de la complicidad. Cada escándalo tolerado, cada mentira perdonada, cada traición relativizada rebaja el patrón colectivo.
La democracia no garantiza el buen gobierno, como hemos podido comprobar en España. Garantiza algo más modesto y más exigente, como que cada pueblo tendrá el gobierno que esté dispuesto a tolerar. Y esta es la verdadera carga de la libertad política, porque no es solo el derecho a elegir, sino sobre todo la responsabilidad de elegir bien, y con altura de miras.
La frase: “Una cosa es lo que quieres, otra lo que crees y otra lo que tienes que hacer», no pertenece a ningún filósofo con busto de mármol, pero refleja una verdad política basada en la experiencia; el deseo (lo que quieres), la convicción o ideología (lo que crees), y la responsabilidad práctica o deber (lo que tienes que hacer).
