La vida desaparece como el agua en una cesta de mimbre. No nos estamos dando cuenta, pero se nos está yendo una época. No me refiero a algo personal e intransferible, no. Ni tan siquiera me refiero a una cuestión local o provincial. Quiero verlo más allá. Me explico. Por un lado, el fallecimiento en los últimos meses de personas que vivieron y protagonizaron la Transición española hace que perdamos sólidas referencias intelectuales de cómo fue aquel éxito español que hoy, personas que en muchos casos que no la vivieron, desacreditan. Seamos rigurosos. La Transición fue un éxito se mire como se mire. España alcanzó un consenso mientras que Europa se preparaba para otra guerra civil en la península. Y en ese camino estuvo Rafael Calvo Ortega (1933-2025) en primera línea política. “España no podía ser una isla política en Europa”, me decía. También estuvo Fernando Ónega (1947-2026) quién desde la portavocía de la presidencia del Gobierno de Adolfo Suárez escribió sus discursos y entre ellos el célebre: “Puedo prometer y prometo” o Raúl del Pozo (1936-2026) ligado al periodismo parlamentario y que manifestaba: “Los periodistas aclaran y limpian las ventanas para que se vea lo que se hace en el poder” Todos ellos se han ido y con ellos sus historias y sus secretos, si es que los tenían, y sobre todo una parte de la memoria de lo que fuimos. La sociedad está quedando un poco más huérfana de referencias. Y es que para saber dónde estamos siempre es bueno saber de dónde venimos. Ellos lo sabían y defendían el camino andado. Sabían de lo que hablaban y tal vez por eso no les gustase nuestra actual posición de inquina, hipocresía y enfrentamiento. Si es que alguna vez se fue, regresa la España cainita.
Subo la apuesta en mi reflexión sobre el cambio de época, de ciclo, y la elevo al orden mundial. Ursula Von der Leyen ha manifestado que Europa, la vieja Europa, ya no puede confiar en la respuesta del sistema internacional basado en el cumplimiento de normas que nacieron en el doloroso trance de la II Guerra Mundial. Señora, ya era hora de que en Bruselas se dieran cuenta de que Europa hace tiempo pasó de ser una potencia geoestratégica a ser una comparsa de la que solamente interesa su mercado interior. Ha perdido los valores que le otorgaban Jerusalén en lo religioso, Roma en lo jurídico y Atenas en la filosofía. Esos son los cimientos de Europa. Permítanme la ironía: somos tan pobres que solo tenemos dinero. Pero ahora se actúa más por fuerza e interés económico que por la vocación de consenso internacional. Siempre fue así, pero hoy más si cabe. Los tres actores principales del concierto mundial y sus intereses: Rusia, en Ucrania, China en Taiwán, y USA en Groenlandia, Venezuela y amparando Israel como un aliado histórico, no usarán la diplomacia para cumplir sus objetivos. En todo caso la usarán como coartada. Y mientras —léase la ironía— Europa estaba muy ocupada en atar los tapones de la Coca-Cola y en cobrar en los supermercados las bolsas de plástico. Cada cual tiene sus prioridades.
Vivimos en un mundo, en un país, más inestable, con un futuro escurridizo como una anguila, en el que aquellos que nos pueden hablar del pasado, van muriendo y son olvidados. Se atribuye al filósofo George Santayana la frase: “Quién no conoce su pasado está condenado a repetirlo” Hoy, el problema no es que no lo conozcamos, es mayor. El problema es que no queremos conocerlo y aprender de ello y además que los que nos lo podían contar, están muriendo. Así es como llegan los cambios de ciclo, con el olvido. Así es como llega la inestabilidad que hoy transita por nuestras vidas mientras que aprendemos a construir, como podamos, otro orden y otra memoria.
