“Y a mí enterradme sin duelo entre la playa y el cielo. En la ladera de un monte, más alto que el horizonte. Quiero tener buena vista. Mi cuerpo será camino. Le daré verde a los pinos y amarillo a la genista, …”.
Y desde esa ladera del monte podremos seguir sacando ese entrenador que cada uno tenemos dentro, aportando opiniones, planteamientos y soluciones, en la mayoría de los casos, a toro pasado, pero intentando que sean desde el respeto y para construir. Desconozco la presión de ser entrenador de “élite”, pero no considero que la del entrenador de formación sea menor. Últimamente, he visto cosas que me han chirriado y que hacen que me surja la duda de si lo estamos haciendo bien. Es fácil caer en la excusa de que las nuevas generaciones no tienen compromiso, que no hacen caso, que lo saben todo … y en parte es cierto, han cambiado, pero también debemos aceptar que a lo mejor ya no se puede entrenar o decir las cosas como antes y nosotros también debemos cambiar, yo el primero. A pesar de todo esto, creo que hay líneas que no se pueden traspasar y los entrenadores no podemos permitir: gestos a la grada contraria, un golpe fortuito o no y no pedir disculpas, conversaciones de los padres con sus hijos durante el partido, por ejemplo. Por suerte o desgracia la cantidad de deportistas que llegan a nivel profesional es bastante pequeña y quizás nos deberíamos seguir enfocando en formar a personas dentro de los valores del respeto, empatía, cooperación, … pero bueno, esto será un sueño de este “gordito gruñón”.
El otro día disfrute de unos minutos de conversación con el nuevo míster de la Sego, en los que reconocí mucha ilusión y motivación por alcanzar los objetivos marcados por el club y sus aficionados. Pinta de currante así que seguro que lo van a dar todo.
Semper Fidelis.
