Admitámoslo. Somos así. A qué añadir culpa a nuestros complejos. Pagaríamos por ver el Coloso de Rodas. La Fuente del Niño meón de los Jardines de La Granja nos parece… pequeña. La belleza de paisajes, animales, hombres, mujeres, niños… segrega dopamina que enseguida se evapora. Nuestra madre, mayor, arrugada, acaso enferma, nos parece guapa, ¿guapa? ¡Guapísima! No digamos el bebé recién nacido, sanguinolento y llorón: precioso. Y parecido a su padre, a su madre. Al caracartón que viste el primer día, desde que le admiraste por su bondad, desde que le profesaste amistad eterna, ya ni se te ocurre llamarlo feo. Como poco interesante. De lo cual resulta que la belleza es un concepto ético, no estético.
El pasado cuadragésimo segundo aniversario de nuestra boda me fumé el puro solo. Mi novia esperaba en el coche con la pierna extendida sobre el asiento. Mientras yo revoloteaba alrededor. Bonita manera de no echarle el humo. Se había roto el peroné en la última nevada. Durante unos días hemos tenido que improvisar rutinas nuevas. Otra colección de nombres en el cada vez más practicado aprendizaje de medicina: heparina, paracetamol. Otra conducción sin autoescuela: la silla de ruedas a pique de rozarla por las puertas o de chocar a la accidentada contra las paredes. Al cortarle la escayola nos dio la sensación de que volvíamos a la monotonía tan amada. En la camilla, arrancando las últimas grapas, el pie todavía hinchado, decorado con moratones, ni pálido ni moreno, me pareció el pie más bonito del mundo. El pie que nos dejará calzarnos las botas, volver a caminar por valles y barrancos, hacer la compra, fumar el puro. Juntos.
Como entrenamiento no ha estado mal. No ha sido mala advertencia. A pesar de que los días se convertían en órdenes, en súplicas: alcánzame, tráeme, baja las persianas… su compañía en casa era más importante que el aluvión de tareas. Apenas una noche fuera de nuestra cama. Pero llegará un día… y entonces el silencio pesará como una montaña. De lo cual se deduce que un pie, felizmente recuperado, permite el abrazo, el beso, más confortable, el normal, el de siempre. Y que cada instante que pase hasta que el pie, con el resto del cuerpo, desaparezca de la escena, se celebrará por todo lo alto. Celebración que consiste en esforzarse porque en cada instante no se olvide esta feliz monotonía.
Entonces me acuerdo de mis amigos de la Fráter, de los inquilinos del hospital de parapléjicos de Toledo, de los vecinos y soldados de Ucrania. Cómo no me va a parecer este pie el más bonito del mundo. Igual que la guerra, la enfermedad crónica, el hambre me parecen feas. Y a los que las padecen unos héroes. Nosotros, los que nos creemos sanos, los inconscientes de nuestra suerte, que arrugamos el hocico por una pata de gallo, por una espinilla, ahora sí, somos culpables sin dar gracias a Dios por nuestro estado provisional de salud, tan corto, tan raro.
Nada de confianza. Mariano Alba, uno de los espartanos que rompían el hielo del Eresma en Las Arenas para bañarse, cuando se vio afectado de grave enfermedad respondía: a todo cerdo le llega su San Martín. Todavía sobrevivió algunos años con una entereza ejemplar.
Yo quisiera poner un monumento, acaso como el Coloso de Rodas, a la sonrisa de María José, que lleva la tira de años sobre su silla de ruedas, por más que motorizada, retemblando sobre los adoquines, refrenada por fronteras tales como un simple bordillo y ahora, para más inri, con el oxígeno puesto de continuo. Mi cabeza no comprende que se pueda responder con tanta gallardía a tantos inconvenientes. De las dos tareas que me quedan una la cumpliré inexorablemente, morirme, la otra me gustaría hacerla como María José: llevar el tránsito con una sonrisa.
De momento la sonrisa la tengo fácil. Porque he recuperado uno de los pies más importantes de mi vida. Que es, además, el más bonito del mundo.
