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IES Mariano Quintanilla

por Mario Antón Lobo
22 de febrero de 2026
MARIO ANTON LOBO
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¡El Quintanilla, qué gran instituto!

La LOGSE había arruinado la condición de catedrático. Por el contrario, los institutos podían recibir maestros especialistas para impartir el primer ciclo de Educación Secundaria. Yo estaba tan contento con mis niños del CEIP “Agapito Marazuela” de La Granja. En esto llegó Rafael Domínguez, girando visita habitual de sindicalista, y me puso en la pista del traslado. ¿Al Mariano Quintanilla? Cuando, concurso favorable mediante, entré como profesor titular de música me temblaban las piernas. Al fin mi vida académica, que había empezado en el edificio de los jesuitas expulsados, convertido en Seminario Conciliar, terminaba al otro lado del Azoguejo, unido por uno de los gigantes de la Historia, como es el Acueducto romano. Tuve que ir superando el complejo de maestro escuela rural ante tanto profesor, alguno todavía catedrático de verdad. La música y el alumnado me lo pusieron fácil. Durante dieciocho años he sido uno de los profesores más felices del claustro. Supongo que con mis cadaunadas (autonomía, heterodoxia). Cuando el progreso (TIC, competencias, etc.) estaba a punto de ponerme en jaque, me llegó la jubilación y salvé los escollos amenazantes. Creo que será un lugar común preguntarse si lo podría haber hecho mejor. El aprecio de alguno de mis alumnos, que a mí me habría gustado que fueran todos, me da cierta conformidad.

Durante toda mi vida asocié el Quintanilla a lo más granado de la cultura y de la sabiduría de Segovia. Empezando por Don Antonio Machado y el propio Mariano Quintanilla. Siguiendo por otros personajes con los que tuve ocasión de compartir claustro. Citarlos sería injusto porque, amén de larga, la lista sería deficiente, por extensa para el lector, por incompleta con tantos. Citaré, a modo de ejemplo, al gran Cameno. Cada vez que subía las escaleras tenía frente a mí su mural que recordaba el duocentésimo quincuagésimo aniversario de la creación del instituto. Hoy escribo para el duocentésimo septuagésimo quinto con la emoción de que entre esos muros he derrochado ilusión, ganas de hacerlo bien y, sobre todo, intención de tratar bien a mis alumnos.

Aunque el Quintanilla me enseñó muchas historias del propio instituto y de Segovia, el lugar me dio la oportunidad de disfrutar del edificio y del entorno. Nunca fue un obstáculo su antigüedad, todo lo contario. Para mí siempre fue un monumento más de Segovia vivido desde dentro. Su patio, con el trabajo de antiguos compañeros que se dedicaron a poner nombre a cada una de las plantas, con sus cedros gigantes del Líbano y del Himalaya, me regalaba sus colores en otoño donde gozaba y hacía gozar su paleta de colores. La torre del reloj, un privilegio de perspectiva sobre la ciudad, donde librándonos de chichones que regalaban las vigas y tablones blandos, podíamos conquistar un trozo de cielo segoviano, novedoso y esquivo a turistas. Por no mencionar la biblioteca, la colección de Ezequiel González, el salón de actos, con la mejor acústica que se puede encontrar en la ciudad sin necesidad de megafonía.

Pero la gran historia del instituto Mariano Quintanilla ha sido y será las personas: profesores y alumnos que han llenado de vida, de trabajo, de resultados académicos brillantes, cuya narración dejo a otros más enterados y preparados para glosarlos. No sé si me gané la condición de propietario con mi esfuerzo, pero digo, con cierto orgullo, quizás con una miaja de petulancia, que el Quintanilla es mi instituto.

Cada vez que he asistido a un claustro, que he impartido clase en el aula donde el propio Antonio Machado pergeñaba versos a los alumnos de las primeras filas, mientras otros más díscolos fumaban o jugaban a las cartas en los bancos superiores, sentía que incorporaba un eslabón a la cadena de uno de los sitios más egregios de Segovia, de España.

Al fin, que donara el edificio Ochoa Hondátegui a la ciudad para dedicarlo a la enseñanza resulta una anécdota, una anécdota ejemplar. Porque la intrahistoria, la gran historia, es el trabajo y la dedicación que el profesorado y el alumnado han desarrollado hasta aquí. Espero y deseo que las sucesivas leyes educativas no ninguneen esa gran labor y los siguientes puedan celebrar con tanto orgullo y satisfacción como los míos otros doscientos setenta y cinco años. Amén.

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