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Jarrones chinos

por David San Juan
21 de febrero de 2026
DAVID SAN JUAN
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Parece que fue Iñaki Anasagasti, el otrora diputado y senador en Cortes por el PNV, el que introdujo en el solar patrio la expresión «Jarrones chinos» para referirse al papel que deben desempeñar los expresidentes del Gobierno, esos floreros aún valiosos que nadie sabe dónde colocar una vez cumplido su servicio al Estado.

Expresidentes, funcionarios amortizados a los que el devenir de la política, de forma abrupta o tras un largo periodo de desgaste, les ha arrebatado la responsabilidad que tenían y los ha enfrentado con una nueva realidad. Vistosos jarrones para ser contemplados con el debido respeto y a los que se les pide que, desde su lado del expositor, se limiten a asumirla con naturalidad, aportando su mirada de estadista cuando se les requiera y, dedicándose honradamente a sus asuntos privados, procuren no estorbar. Sobre todo, no estorbar. Aunque a veces sus partidos, cuando les conviene, les sacudan el polvo y los saquen de tournée exhibiéndolos en actos electorales. El segundo plano que les toca ocupar no quita para que, en el ejercicio de su libertad, puedan expresar a título particular su valoración de la situación política y social; la opinión pública es de todos, faltaría más. Pero hasta ahí, sin intervenir fácticamente en nada.

Viene el caso a que, en los últimos meses, el teatro Juan Bravo ha recibido la visita de dos expresidentes de España: Mariano Rajoy para presentar su libro El arte de gobernar y Felipe González como invitado de honor en la apertura del congreso Empresas+Finanzas organizado por la Fundación Caja Rural. El Adelantado de Segovia dio amplia cobertura de ambos actos que, en mi opinión, fueron muy instructivos.

Los dos hablaron con la autoridad de quienes fueron sin olvidar lo que ahora son. Rajoy fue más irónico y predecible —vengo a hablar de mi libro—; Felipe, más incisivo y más «moralizante» en el buen sentido de la palabra. Los dos hablaron de liderazgo, de democracia, de gobernanza, pero sin precipitarse fuera de la vitrina en la que ahora habitan. Abriendo las puertas para orearse, digámoslo así, y conteniendo la tentación de invadir terrenos ya fuera de su alcance. Bueno, y haciendo caja, que esto funciona así y no pasa nada por decirlo…

Pero esto de aprender a ser jarrón chino no sólo es cosa de los más altos próceres de la nación. A todos nos toca aceptarlo en muchos momentos de la vida, a medida que vamos cumpliendo mal que bien lo que se esperaba de nosotros. En las relaciones personales, en nuestro desempeño profesional, en la participación en las asociaciones que llenan nuestro ocio o nuestra necesidad de altruismo, en la vida de las parroquias —¡cuánto cuesta dejar paso a otros, ¿verdad?!—, en la de nuestros pueblos… Y en la costosísima renuncia a ejercer la autoridad sobre los hijos a medida que crecen y van ocupando el espacio que antes nos pertenecía. Este último trance, inexorable, es el más difícil de aceptar y exige una retirada consciente y gradual, con el mayor desprendimiento del que uno sea capaz.

Y en todos los casos (hijos, trabajos, voluntariado), es mejor hacerlo de buen grado que verse obligado a recogerse en el nuevo lugar que nos corresponde a la fuerza. Tan importante es saber llegar como saber retirarse, hacerse a un lado con generosidad, aunque esté uno convencido de que aún puede seguir aportando, que todavía tiene mucho que ofrecer. Un paso doloroso y que puede hacer sufrir pero, lo sabemos, nadie es imprescindible. Hay que dejar hacer a los que nos suceden, reconocer sus aciertos, su distinta forma de abordar lo que antes eran nuestras obligaciones, nuestros afanes, dejarles equivocarse si llega el caso. Seguro que los que nos precedieron juzgaron equivocados nuestros inicios… En resumen, hay que saber retirarse sin mayores lamentos aupándonos con humildad al estante que el destino nos tenga reservado y, cerrándonos con llave por dentro, apoyar las manos en el cristal, eso sí, para contemplar el exterior con interés.

Volvamos a nuestros gobernantes. Desde 1976, en medio siglo de una historia apasionante que algunos quieren arrumbar, los españoles hemos ido coleccionando jarrones de distintos colores y texturas. Esto sí es memoria democrática. Democrática y de la buena, no partisana ni revisionista. De los ejemplares de esta selecta colección (un total de seis), dos ya se rompieron, otro está muy entretenido entrando y saliendo del aparador cruzando el charco con el riesgo de salpicaduras que eso supone, y los que quedan se mantienen más o menos dignamente en el lugar que les corresponde. Cada jarrón, claro está, con sus máculas de fábrica, que no todo es fina porcelana, y con las inevitables fisuras originadas en el ejercicio de su cargo. Pero, en lo que han sido y sabido, mantienen su solidez, su peso y su presencia. Y, en algunos casos, gozando de la revalorización que en el mercado van ganando las piezas de buena factura.

Hoy, no estaría de más ir preparando un nuevo anaquel para hacer sitio al siguiente inquilino, que ya espera turno. Será éste más estrecho y estirado, con menos capacidad interior —con menos alma, podríamos decir— pero al que, como los anteriores, será necesario confinar en la vitrina de la memoria en cuanto llegue la ocasión. Después, otros vendrán detrás de él. Y otros vendrán detrás de cada uno de nosotros. Todos somos carne de vasar. La historia —o la conciencia, que siempre nos pilla más a mano— juzgará con severidad o con indulgencia lo que hayamos dejado a los que, construyendo su propio mundo, se afanarán después de nosotros al otro lado de la cristalera. Lo veremos desde el estante.

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