El 20 de febrero de 1882, firmaba el rey Alfonso XII el decreto fundacional de la Academia General Militar. Una historia de 144 años, de decenas de miles de ilusiones juveniles, de anhelos desbordantes, de compromisos inalterables con España, de aprendizaje de esencias, de retos a priori presuntamente inalcanzables.
Y de superación: del miedo a perder la vida en el cumplimiento de la misión; y de la fatiga, y del desánimo; y de la incomprensión cuando no abierta hostilidad irradiadas desde algunos escenarios de comodidad y banalidad; y de la falta perenne de medios para cumplir los cometidos; y del desarraigo que puede suponer tanta movilidad y olvido, ni pagados ni agradecidos. Y de…

Y de amor: por España como alfa y omega; por el trabajo bien hecho, siempre perfectible en función de tiempo y medios; y por la exactitud en el servicio en toda circunstancia; y por los compañeros, porque ¿qué es un militar aislado en combate sin la unidad? Nada. Y en el otro extremo, ¿qué puede un militar aislado luchando contra el barro sin la unidad? Nada. Es en el espíritu de unidad donde únicamente se asientan las raíces del éxito y se potencian hasta límites imponderables la bonhomía y preparación de cada uno de sus componentes, de cada una de sus piezas de engranaje, de cada aportación tan precisa como significativa.
En una España aparentemente ahíta de discrepancias irreconciliables, que nada bueno pueden preconizar, el Espíritu de la General se enhiesta hoy, como en el último siglo y medio, en faro y guía contra los imperios de egoísmos de quebranto; contra la división inducida; contra la destructora insidia. Todos deberíamos conocerte y amarte, Espíritu de la General, todos. Nos iría mucho mejor.
Con mi deseo de que cumplas cientos de años más.