La inteligencia artificial, sostenida sobre lo más sofisticado de la computación, es uno de los grandes logros técnicos de la humanidad y las generaciones que hemos visto su alumbramiento nos perderemos sus, probablemente, sorprendentes desarrollos en el futuro. En ese sentido, podemos sentirnos orgullosos de lo que nuestra ciencia y nuestra ingeniería han conseguido, del elevado nivel al que ha llegado lo construido por nosotros y que no estaba en la naturaleza, es decir, del alto rango de lo artificial. Sin embargo, la naturaleza permanece siempre por encima, como generadora indolente de mundos que se nos escapan, que están ahí sin que les haya precedido ningún esfuerzo ni ningún cálculo y que se mantienen como modelos a imitar. Esto ocurre en sumo grado con la inteligencia artificial, tan pensada y trabajada por nuestros ingenieros y, sin embargo, tan por debajo de la inteligencia natural y de la mente albergadas en nuestro cerebro.
Quizá resulte extraño subrayar tal inferioridad cuando estamos acostumbrados a oír las hazañas de los computadores que ganan al ajedrez o cuando, ahora, se anuncian sus potentes capacidades para transformar el mundo de la producción industrial, el de los movimientos empresariales o el de la comunicación. Pero pocas veces se nos dice que el programa de adiestramiento profundo que derrotó a Kasparov no servía nada más que para jugar al ajedrez. Ya con esta observación podemos caer en la cuenta de que la inteligencia propia de las máquinas actuales es una inteligencia limitada rígidamente a actuar sobre un campo específico de tareas. Carece, por lo tanto, de la capacidad general para enfrentarse con elasticidad a los variados e inesperados desafíos de la realidad circundante, que, en cambio, sí poseemos las personas.
Por ello, es muy discutible que podamos aplicar con propiedad el nombre de inteligencia a los programas que mueven a la IA. Es verdad que los descubrimientos neurológicos han inspirado soluciones computacionales, como las llamadas “redes neuronales”, pero poco o nada tienen estas que ver con las redes vivas del cerebro, que es un órgano que responde en estructura y funciones a lo que la lucha por la vida nos exige a nosotros y a los animales y que no ha formado concurrido en la génesis de los ordenadores. En los computadores son esenciales las separaciones del hardware, soporte físico, respecto al software, que son los programas, y la de las unidades de memoria con relación a las de procesamiento, mientras que el cerebro no las necesita. Así mismo, se diferencian en la manera de procesar los datos y, aunque ordenadores y cerebros utilicen para la transmisión cargas eléctricas, las del cerebro son débiles y las generan sustancias químicas.
En cuanto a la inteligencia, no está claro que lo que hacen las máquinas de computar pueda recibir con entera propiedad ese nombre (los primeros investigadores no la llamaron así). De entrada, la propia dificultad general para definir qué sea la inteligencia en el ámbito de lo humano nos remite a su riqueza y complejidad. La discusión ha puesto sobre la mesa las alternativas de que la inteligencia sea o bien una facultad única o bien que responda a la combinación o coordinación de distintos factores o, incluso, de distintos tipos de inteligencia. Salta a la vista que la IA resulta muy pobre si la comparamos, por ejemplo, con las muchas inteligencias que ve Gardner en la cabeza humana (lógico-matemática, lingüística, cinético-corporal, interpersonal, musical…) o con las inteligencias fluida y cristalizada de Raymond Cattell, por no hablar de su nulidad para la postulada inteligencia emocional, puesta de moda por Goleman.
Para evitar estos escollos, los defensores de la inteligencia de las máquinas se suelen servir de una definición práctica y exterior o superficial de la inteligencia, según la cual, debe suponerse inteligencia detrás de conductas que producen los mismos efectos que las actividades humanas inteligentes, como la de ser capaz de desenvolverse en un juego de mesa o de traducir de un idioma a otro. La manera a través de la cual se llega a conseguir esos efectos o el proceso interno carece de interés para ellos. Sin embargo, incluso para sus partidarios queda aún el inevitable escollo al que ya nos hemos referido: las inteligencias artificiales no poseen ni la amplitud ni la versatilidad de la humana.
No obstante, desde mi punto de vista, todas estas claves, que se pueden encontrar en la literatura especializada, evitan ir a lo fundamental en la consideración de la naturaleza y de las funciones de la inteligencia humana. No tiene esta nada que ver con laberintos binarios, algoritmos entrenados y cálculos estadísticos, sino que forma parte de lo que tradicionalmente hemos llamado mente. Pero en el discurrir actual lo mental tiende a ser orillado, a la vez que se desvanece la realidad de lo psíquico. No hay psiquismo, sino sólo neuronas, sinapsis y neurotransmisores y la inteligencia ha de explicarse exclusivamente desde el funcionamiento del cerebro. Paradójicamente, hablamos de y con nuestro cerebro sin caer en la cuenta de que, si solo hay cerebro, carece de lógica hablar con y sobre él: siempre será una conversación del cerebro consigo mismo y predeterminada por su propia arquitectura y fisiología. Nada tiene sentido si no se reconoce que, aunque sostenida por su encéfalo, la psique constituye una realidad emergida para diferenciarse y regirse por su propia dinámica. Lo psíquico organiza y conduce la vida de los animales y la nuestra y sólo una empecinada y reduccionista negación de la consistencia de la parte más sofisticada de la naturaleza puede mantener otra cosa.
La inteligencia humana es, pues, psiquismo y se integra en una mente que ha sido capaz de generar un yo consciente de sí y que se marca objetivos de supervivencia y, al tiempo, otros que trascienden la determinación meramente evolutiva, como la contemplación intelectual, la ética y la consecución de equilibrios placenteros o felicidad. Como escribe T. W. Deacon, “la sensitividad mental es algo diferente de la sensitividad neuronal”: aunque se halle “anidada” en ella, manifiesta propiedades emergentes que de ninguna manera se hallan en la mera dinámica de las neuronas. Que la inteligencia artificial tenga algo que ver con todo esto resulta difícil o imposible de creer. Su carácter de herramienta construida por el hombre la sitúa en unas coordenadas muy diferentes de las del, hoy por hoy, misterioso proceso por el que “algo material pudo adquirir consciencia” ( J. Fodor) o de la historia de “cómo llegaron a existir criaturas con un yo” (Dan Dennett).
