En la madrugada del día 14 de febrero de 2006 fallecía en el hospital general de Segovia el insigne abogado, fecundo intelectual e ilustre segoviano y pertinaz defensor de la Castilla primigenia: Manuel González Herrero. Veinte años llevan reposando sus restos mortales en un soleado nicho del cementerio del Santo Ángel de la Guarda de la ciudad a la que llevó siempre colgada entre los profundos pliegues de sus entrañas. Porque Manuel, don Manuel para los que le conocimos y gozamos de su presencia y de su trato personal, fue además de todo lo dicho un profundo enamorado de Segovia, de su pueblo y de su tierra, de su historia, de sus tradiciones y de sus costumbres. En definitiva: de la patria segoviana. Patria que él gustaba definir con una frase robada a Ángel Ganivet, precursor de la generación del 98: “La patria es la cantidad de medio que de pequeños nos hemos asimilado y que forma parte latente de nuestro ser físico y casi de nuestro ser psicológico”. González Herrero, a través de su extensa obra literaria, contenida en una veintena larga de libros, otras tantas publicaciones y en una gran profusión de conferencias y artículos de opinión: “Nos mostró el camino para enseñarnos a amar a la tierra a la que uno pertenece sin renunciar por ello al concepto de universalidad que debe presidir la convivencia pacífica y solidaria de los pueblos. Su concepto de patria era personal y universal a la vez. Formamos parte de un todo al que solo podemos llegar desde el reconocimiento a la diversidad de cada una de las partes que le integran. No podemos amar a la patria de todos, sin antes sentir como propia la patria de cada cual y la patria de los segovianos, es Segovia, integrada en Castilla y en España”. Escribía uno todo esto en mi artículo publicado en este mismo diario del día 2 de junio de 2004, con ocasión del acuerdo adoptado unos pocos días antes por la Diputación de Segovia, nombrándole Hijo Predilecto de la Provincia, por unanimidad de todos los grupos políticos.
Su profundo amor a la tierra en la que fue y no solamente en la que vivió, posiblemente influiría en la fecha en la que decidió abandonarnos, para indicar su voluntad ya inquebrantable, de convertirse en el eterno enamorado, y el mismo día en que su alma acudía a la llamada del amor, dejaba malherida del mismo sentimiento a la tierra que se abría cariñosa para recibirle. Con él moría un personaje singular, irrepetible, una rara avis, que solo de siglo en siglo anida en la conciencia colectiva de los pueblos, acunándose en el seno de la comunidad en la que se sostienen para ayudarlas a convertirse en comunidades historiables. Eso fue Segovia siempre para Manuel González Herrero, un pueblo que ha llegado a crear su propia historia. A su demostración dedicó una buena parte de su actividad intelectual, que sin menosprecio de los demás, entendemos especialmente contenida en dos de sus primeros libros: ‘Segovia: pueblo, ciudad, y tierra. Horizonte histórico de una patria’ (1971) e ‘Historia jurídica y social de Segovia’ (1974).
Han trascurrido veinte años desde su muerte y el recuerdo de su figura aún permanece latente para una buena parte de segovianos, especialmente entre aquellos que añoramos las enseñanzas contenidas en su extenso legado y en el ejercicio de su actividad profesional que mereció el reconocimiento y admiración de jueces y abogados, buscando siempre el acuerdo entre las partes antes que evitar un mal juicio: “si en un pleito te consta que llevas razón, habla en ese caso para que te entienda el juez; si sabes a ciencia cierta que no la llevas, habla para que te entienda tu cliente”, era una de su máximas. Fue Decano del Colegio de Abogados de Segovia, miembro del Consejo General de la Abogacía Española, Gran Cruz de San Raimundo de Peñaflor, Cruz al mérito de la Abogacía, miembro de la Asociación Española de Etnografía y Folclore, miembro y director de la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce. En su memoria, el Centro Segoviano de Madrid, creó el premio anual de ‘Fidelidad a la tierra segoviana’; el Ayuntamiento de Segovia, le dio su nombre a la calle en donde estaba prevista la ubicación de los nuevos juzgados y la Diputación Provincial otorgó su nombre al Instituto de la Cultura Tradicional Segoviana.
No lo tuvo fácil en la vida, cuando contaba 12 años de edad se vio obligado a presenciar como a su padre se lo llevara por delante el odio desatado al comienzo de la guerra civil, personificado en un destacamento vestido de azul llegado a Segovia desde Valladolid. Después, sufriría en sus propias carnes la dureza de la dictadura en cárceles franquistas en la que fue hospedado a la fuerza. Sin embargo, asumió con bonhomía la llegada del tiempo de la reconciliación nacional, traída a lomos de la injustamente ahora denostada transición, y que muy bien podría condesarse en la frase pronunciada en 1996, durante los actos de homenaje al escultor sepulvedano Emiliano Barral, miembro de las milicias antifascistas segovianas y caído en el frente de Madrid: “Los muertos de uno y otro bando están ya permanentemente reconciliados en la tierra, que ha hecho de todos una sola y eterna cosa, igualmente digna, emocionante y venerable. Corresponde a los vivos -a los vencedores y a los vencidos y largo tiempo silenciados- aprender la lección”. Me temo que poco hemos aprendido. Su ejemplo de conciliación, merecería que hoy, cuando más peligro corre de nuevo la pacífica convivencia entre españoles, sus palabras pudieran servir de guía en el confuso panorama político por el que atravesamos en España.
Para la beneficiosa salud mental de la gente de buena voluntad, resulta necesario que Segovia mantenga en su memoria el recuerdo permanente de Manuel González Herrero, fallecido el día de los enamorados del año 2004, ahora se cumplen 20 años. Don Manuel, continúe reposando en la paz que tanto contribuyó a lograr.
