Tomábamos parlanchinamente un café el amigo Juan y yo cuando no sé por qué circunstancia nos vino a la memoria la fecha en la que vimos la película de Mario Camus Los santos inocentes. “Acuérdate que la vimos en el Lope de Vega junto a Conchi y Rosalía”. “Qué memoria”, apuntó Juan, y gratamente la camarera interrumpió nuestra charla anunciándonos que estábamos invitados por una pareja que nos saludaba por el exterior de las ventanas. En realidad, no sabíamos quiénes eran, pero gracias por prohibirnos pagar los dos cafés. Esta interrupción tan solidaria casi nos obligó a continuar la tertulia de paseo, cosa que hicimos.
Juan siempre postula un cine menos dependiente del quehacer literario, como ocurrió con la película que mencionamos antes de que la ronda de los cafés fuese de balde. El filme Los santos inocentes es la interpretación de unos guionistas de la novela del mismo título de Miguel Delibes, cuya prosa, pese a la alta calidad del largometraje, no se puede filmar, pero si, grosera osadía, desbaratar la imaginación de quienes se han preocupado por leer dicha joya literaria. Pero la intención de estas líneas no es cinematográfica. ¿O sí?
Sin necesidad de salir del amplio repertorio novelístico y teatral de nuestra literatura en castellano, encontrar una obra dramática o en prosa que un avezado productor no haya podido cazar, con la intención de trasladarla a la gran pantalla, es difícil, y si añadimos la querencia que últimamente encontramos en los escenarios, travistiendo novelas con dialogados teatrales, uno no sabe hacia dónde nos dirigimos con la suplantación creativa. ¿O más bien comercial? No mendiguemos.

Nos parece poco discreto cambiar de acera y dejar compuesto y sin actividad al mundo del espectáculo. Continuemos y hagamos un breve repaso, un acercamiento a los matrimonios de conveniencia que encontramos entre literatura y cinematografía; narrativa y artes escénicas. Sin dejar de lado a nuestro académico de la RAE, Miguel Delibes, me parece oportuno lamentar el flojo favor que hizo José Sacristán a la novela Mujer de negro sobre fondo rojo teatralizándola, es una tragedia en el escenario. Insisto, que un famoso actor y cineasta, de consagrada valía, se deleite interpretando la manera como él entiende la novela de Miguel Delibes nos parece poco agradecido para él y empobrecedor para el respetable, que incluso le priva, al público, de disfrutar de la novela, que es un homenaje a Ángela, esposa de Miguel Delibes por entonces ya fallecida, de la sensibilidad de su prosa ( “Cuando alguien imprescindible se va de tu lado, vuelves los ojos a tu interior y no encuentras más que banalidad”) y de su léxico. Lo que narra el novelista, lo que siente se lo cuenta en intimidad al lector, es su confidente, no lo pregona a los cuatro vientos. ¡Abajo el espectáculo!
Es el momento de uncir prosa con imagen, cierto que lo que se extrae de la escritura no se exprime en el celuloide, léase digital, pero acarrea la misma historia a diferente almacén: biblioteca, filmoteca. Se guioniza el texto y con un claro plantel técnico y actoral comienza el rodaje de la película, encontrando en la provincia de Segovia el idílico escenario para una buena producción. Mostramos un par de ejemplos “escrifilmicos”.
Si hubiera que elegir entre el vasto número de buenos escritores un autor cuya pluma abarca un amplio número de géneros literarios, nadie mejor que el genuino don Benito Peréz Galdós. Novelaba y después trasladaba la prosa a diálogos teatrales para que, posteriormente, ciertos cineastas se atrevieran a transformar en guion y más tarde transmutar una impostada creación en la gran pantalla, como ha ocurrido en muchas creaciones galdosianas. En esta ocasión es Doña Perfecta, novela que el mismo autor transforma en drama de cuatro actos, para que en 1977 César Fernández Ardavín lo transforme en guion y como director nos proyecte una diferente Doña Perfecta. Como producto cinematográfico, Segovia capital es Orbajosa, pequeña ciudad que aparece en el filme. También encontramos a Villacastín en sus fotogramas. El plantel actoral: Julia Gutiérrez Caba, Victoria Abril, Manolo Sierra, José Luis López Vázquez, Emilio Gutiérrez Caba…, da entereza al producto cinematográfico.

Prosistas, cineastas; imágenes sin palabras, pero con música. Bien, he elegido una producción audiovisual que se me antoja idónea para cerrar estas líneas. Hablo de Extramuros (1985) dirigida por Miguel Picazo quien, utilizando la novela del mismo título de Jesús Fernández Santos realizó el guion. La fotografía es del siempre eficaz Teo Escamilla y la música corre a cargo de José Nieto. Como comentario adicional cabe decir que una parte del metraje (118´) tomó como escenario San Pedro de las Dueñas, actualmente despoblado en el término municipal de Lastras del Pozo, en la provincia de Segovia. En dicho páramo se conservan los restos de lo que fue la iglesia del antiguo monasterio de San Pedro de las Dueñas, una abadía de monjas dominicas fundada en el segundo tercio del siglo XIV por Lope de Barrientos, obispo de Segovia. En aquella época, los ochenta, la relación místico carnal que se insinúa en el convento genera cierto malestar, y diferentes salas de cine, por “razones de conciencia”, no autorizaron su proyección. Inquirir pensamientos. La novela original, Extramuros de Jesús Fernández Santos, recibió en 1979 el Premio Nacional de Literatura.
Empezamos preguntando, cerramos con un clásico acertijo: “Delante de sí guiaba a los bueyes, araba un prado blanco, tenía un arado blanco y sembraba una semilla negra”. Suerte.Vista previa (abre en una nueva pestaña)