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‘Los domingos’

En mi artículo de hace quince días —espero que disculpen esta autocita que no quiere ser complaciente sino informativa— tuve intención de escribir sobre la película ‘Los domingos’, dirigida por Alauda Ruíz de Azúa, pero luego se quedó en el tintero y hablé del sentido del domingo. Así pues, retomo la idea

por Jesús Fco. Riaza (*)
22 de marzo de 2026
JESUS FRANCISCO RIAZA
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En mi artículo de hace quince días —espero que disculpen esta autocita que no quiere ser complaciente sino informativa— tuve intención de escribir sobre la película ‘Los domingos’, dirigida por Alauda Ruíz de Azúa, pero luego se quedó en el tintero y hablé del sentido del domingo. Así pues, retomo la idea.

Antes de seguir, advierto a los lectores que este escrito tiene spoilers. Siento el anglicismo pero no encuentro otro lo suficientemente apropiado, breve y elegante para describir la acción de desvelar aspectos importantes de la película. Como ya he dicho en alguna ocasión a mí no me importa que me cuenten el final de las películas ni de las novelas.

De forma sorprendente, la película ha recibido una lluvia de premios —no sólo Goyas— aunque trata el tema de la vocación a la vida religiosa sin caer en la caricatura. No se caracteriza el cine español por la sutileza a la hora de tratar los temas religiosos. Por eso me asombra la valentía de esta original directora que parece ir a contracorriente y que ya hizo de su primera película una pequeña obra maestra. ‘Cinco lobitos’ es una historia sobre la maternidad llena de ternura y desgarro que recomiendo vivamente.

Ahora vuelve a ser guionista y directora para contarnos la historia de una joven, Ainara, que al terminar el instituto se plantea entrar en un convento de clausura. Parece una cosa descabellada en estos tiempos, en los que hay que ser muy progre y muy ateo para ser aceptado socialmente, como dejan traslucir las declaraciones de la actriz Silvia Abril. Aunque hay que reconocer que Rosalía se sale del tiesto.

Que Alauda Ruiz de Azúa plantee con rigor esa vocación, dejando que sus personajes progresen de forma natural, me ha parecido muy valiente, aunque ella se identifique con quien no termina de comprender a Ainara. Porque frente a la joven que siente la llamada de la vocación, surge la inmensa figura de su tía, Maite, que se opone tajantemente a la decisión de su sobrina. Los espectadores entendemos sus argumentos pero también nos parece que pierde la razón cuando, en su afán, traspasa los límites del respeto hacia la fe de Ainara y muestra su auténtico rostro, el que no es educado y políticamente correcto, para expresar su profundo desprecio por la vida que su sobrina ha elegido. Maite, interpretada de forma asombrosa por Patricia López Arnaiz, tiene una mal contenida rabia interior que se manifiesta en la crispada relación con su propia familia. Se enfada con todo el mundo: con su madre por ser blanda con su otro hijo; con su marido, un buen hombre, al que despierta en plena noche para contarle que se ha besado con otro hombre en un gesto que tiene más de venganza que de confesión; con su hermano al que no soporta porque le parece atontado y le culpabiliza de la decisión de Ainara; con otra sobrina más pequeña a la que trata con un desdén infantil y finalmente con su sobrina favorita, en quien había depositado todos sus sueños, a quien quiere moldear a su imagen y cuando no puede, repudia con un rencor que muestra su abismo interior.
El otro personaje, el de Ainara, que me parece también muy bien interpretado por Blanca Soroa, tiene igualmente sus matices. Como es natural, y ahí es donde se muestra la brillantez del guion, no termina de estar claro si la vocación es una auténtica llamada o una fuga de la casa paterna donde se siente desplazada por la muerte de su madre y por la llegada de la nueva pareja de su padre. Y nos presenta a una chica serena, sincera, que se debate en la duda y busca respuestas en la oración. No le asusta la tremenda austeridad del convento. En un par de planos, que parecen sacados de Dreyer, contemplamos la severidad tanto de la celda, genialmente expresada en la ausencia de espejo en el cuarto de baño, como del refectorio con esas anticuadas mesas de fornica. Y, sin embargo, ella se encuentra feliz, algo incomprensible para quien carece de sentido trascendente.

El final de la película nos muestra tres acciones en paralelo. Por una parte el coro al que Ainara ha pertenecido que da un concierto con los temas que han ido ensayando a lo largo de la película y en el que se percibe su ausencia, como queriendo expresar que la vida sigue. En la otra acción, Maite, ante el notario, se ensaña desheredando a su hermano y a su sobrina con una rabia y una seguridad dolorosa y que culmina con un primer plano en el que observa de lejos, y con cierta envidia, el gesto de ternura de su marido hacia su hijo y que contrasta con su frustración. En el tercero, la celebración de la profesión de Ainara que termina, como ‘Centauros del desierto’, con una puerta que se cierra. Pero si en la mencionada película John Wayne se quedaba fuera del hogar acogedor, aquí un plano interior muestra a la joven acogida por la comunidad en su nuevo hogar. Se cierra la puerta para el mundo, pero se abre para una experiencia que es, sobre todo, una aventura interior.

Espero que estas líneas hayan dejado las ganas de verla. Lástima que en nuestra ciudad no se haya proyectado en los cines.
___
* Consiliario de Cáritas Segovia.

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