La literatura actual y el cine están llenos de historias de vampiros y zombis: seres de ultratumba que, para seguir caminando, necesitan alimentarse de las vidas ajenas. Al morder a los humanos estos pasan a formar parte de una comitiva de muertos-vivientes sin más objetivo que seguir infectando a otros.
La publicación en el ADELANTADO de Juan Ferrete sobre “Los productores de contenido, la nueva clase obrera”, nos recuerda el libro que acaba de publicar el profesor José Laguna: “desconectados. por una vida improductiva”. Frente al “ora et labora” (reza y trabaja) de los monjes medievales surge, dice el profesor, un capitalismo que nos impulsa a vivir para trabajar y a trabajar para producir. Saca a la luz a los trabajadores de las “redes” como siervos de los vampiros que convierten a sus lectores en zombis del capitalismo intervencionista actual.
Esto es reflejo del llamado capitalismo-vampiro que se va comiendo las vidas ajenas cuando une un falso mercado al poder o cuando el poder político asume un tipo de mercado que despoja a los individuos de la capacidad vital de poner a disposición de los demás su iniciativa y sus valores, es decir, cuando anula la labor de la sociedad civil. En este caso, el Estado se convierte en un vampiro que va comiéndose las vidas y capacidades de los humanos. El capitalismo-vampiro está actuando hoy a través de la fuerza digital.
No es baladí alertar de la omnipresencia digital en todas las facetas de nuestra vida, incluso en las más íntimas y privadas, del grado de espionaje y vigilancia que ello conlleva, del mercadeo que se hace con nuestros datos (bancarios, sanitarios, etc) o de las consecuencias del uso de las redes sociales en la salud mental de niños y jóvenes.
El profesor Laguna nos ofrece una reflexión que va más allá del debate sobre las limitaciones al uso de los smartphones o la IA. No encontraremos en él, advierte el propio autor, “un alegato tecnófobo ni un panfleto anti-mercado”, pero sí una llamada a “preservar, cueste lo que cueste, la vida de la profanación del mercado” y a desarticular la mercantilización de nuestras capacidades e iniciativas personales. El capitalismo-vampiro conoce nuestras cuentas bancarias, nuestras analíticas médicas, nuestras posibilidades físicas para trabajar. Por ejemplo: si vas al médico de inmediato te aparecerán en el teléfono numerosas ofertas de recetas sobre salud y si comunicas a tus amigos por whasapp que te vas a ir de vacaciones aparecerán en tu teléfono ofertas vacacionales.
La propuesta de Laguna es bajar los brazos, desconectarnos de las redes, pero no como capricho ni como evasión, sino como un acto de disidencia o de critica que tiene que ver con la defensa de la sostenibilidad, la libertad y la dignidad. Porque compromiso y deserción son “la sístole y la diástole de un mismo gesto emancipador”.
El foco no es demonizar las pantallas, sino desvelar la lógica vampírica con la que opera la última mutación del capitalismo a través de la TELE y de las redes, que convierte la vida en materia prima extraíble y vuelve porosa la frontera entre lo íntimo y aquello que el mercado aspira a convertir en mercancía. Más allá de las estrategias algorítmicas para captar la atención, la cuestión nuclear es hasta qué punto queda comprometida la libertad de elección, incluso más allá de los ámbitos comerciales. Los dispositivos tecnológicos pueden convertirse en dispositivos bio-políticos”.
La “vida improductiva” que reivindica Laguna no es una llamada a la pereza, sino una respuesta para desvincular la vida privada de cualquier finalidad utilitarista. Es, en definitiva, proteger aquello que no debería tener precio: espacios, tiempos y relaciones que solo pueden existir si no están capturados por el imperativo del rendimiento o la producción.
El texto también recorre las estrategias bíblicas de desconexión, reconociendo cómo la lógica productivista puede colonizar incluso el hecho religioso. “El mercado pseudo-religioso está lleno de propuestas evasivas que ofrecen felicidades de saldo en contextos de injusticias estructurales”. Laguna reivindica el cuerpo como epicentro de todas las luchas emancipadoras: “No hay lucha sin el cuerpo que baila y abraza.” La desconexión así no es evasión, sino una manera de volver al alma y de defender la vida como un lugar habitable, compartido y digno.
