Ya se va notando cómo se alargan los días. Lo veo especialmente cada mañana desde la capilla de mi casa. Aunque todavía inicio la oración de noche, a lo largo de la oración el cielo se va aclarando y me da la oportunidad de contemplar por la ventana, que apunta a oriente, unos preciosos amaneceres. En mi contemplación he ido descubriendo algo que para muchos resultará obvio, pero que me ha sorprendido. Para que un amanecer sea verdaderamente hermoso es necesario que haya nubes. El contraste del sol naciente con las nubes genera un juego de contrastes entre sombras y luces que desborda la paleta de colores del mejor pintor.
No es de extrañar que una de las formas más habituales para pintar la gloria de Dios sea un sol entre nubes. Esto, además, encuentra su fundamento en un fuerte simbolismo que tiene su base en las sagradas escrituras. La nube es una de las formas habituales en las que Dios se revela. Una nube luminosa y misteriosamente ardiente acompañó al pueblo de Israel en sus cuarenta años de travesía por el desierto del Sinaí. Proporcionaba a los israelitas sombra y protección durante el día, luz y calor durante la noche. En esa nube entró Moises en el Monte Sinaí para recibir las Tablas de la Alianza. Esta nube, que significa la gloria de Dios, se posaba sobre la tienda-santuario que contenía el Arca de la Alianza y posteriormente llenaba el Templo de Jerusalén como un signo de la presencia del Dios que todo lo llena. Es también la pequeña nube que el profeta Elías ve en el horizonte desde las alturas del Monte Carmelo y que va creciendo hasta descargar con fuerza llevando alivio al pueblo tras años de desesperante sequía. La nube es también epifanía del Padre en diversos pasajes de la vida de Jesús, como la Transfiguración o su Ascensión a los cielos después de resucitar.

En esta nube luminosa, además de la manifestación del Padre, podemos ver también una imagen de la carne resucitada de Jesús. Lo dice de forma sintética Benedicto XVI en su libro Jesús de Nazaret, «Jesús es la tienda sagrada sobre la que está la nube de la presencia de Dios y desde la cual cubre ahora con su sombra, también a los demás». Jesús se identifica también, por tanto, con la nube y, al mismo tiempo, con su carne transfigurada cubre con su sombra, es decir, protege e ilumina a sus discípulos. Como Jesús entra en la nube luminosa y es cubierto con ella, también nosotros caminamos hacia ella y en ella nos introducimos. Nuestra heredad, la tierra hacia la que todos caminamos, es la tienda del encuentro, es la nube luminosa, es el cuerpo, el rostro y los vestidos de Jesús, transformado por la luz del Padre como anuncio de su resurrección.
La nube es una imagen muy adecuada para la fe del hombre de hoy, rodeado muchas veces por la duda del agnosticismo. Nos habla de un Dios envuelto en tinieblas para una época en la que prima la mentalidad cientificista y positivista que solo cree en lo que la técnica humana podrá llegar a realizar. Para muchos de nuestros contemporáneos la creencia es difusa como la niebla, rechaza los perfiles nítidos y claros. Es como asomarse al «abismo de la luz inaccesible» del que nos habla san Juan Damasceno. Es también, tal vez, la noche oscura de san Juan de la Cruz.
Sin embargo, la nube puede ser un lugar de belleza y revelación. En su poema, el místico carmelita nos señala que esta noche llega a ser «noche amable, más que el alborada». Si dejamos que la luz de Dios entre en nosotros por la rendija de nuestros miedos, de nuestras heridas, de las inquietudes, puede conducirnos a la belleza de un hermoso y fresco amanecer. La luz de Dios se manifiesta con su mayor grandiosidad precisamente en el contacto con nuestros pecados, revelando su amor misericordioso.
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* Obispo de Segovia.
