Con escenas propias del invierno despertábamos después de una cálida Semana Santa, y no tanto de la incipiente primavera que ha concedido estadios veraniegos a primeros de abril, sin sospechar el revés de temperaturas que tendríamos que sortear después, con un armario a medio camino entre el abrigo y esa cazadora ligera que más se lleva por compostura que por guarecerse del frío, un nutrido manto de nieve cubría de blanco todo el municipio.
Un pueblo encallado por nieve de primavera, que parece llegara con retraso de parte del mes de enero. Nieve en abundancia con ganas de asentamiento como preludio de buen año aun sin quererlo entonar, no vaya a ser que se sufra de nuevo un contratiempo, se dé la vuelta y nos mire con desdén.
Un "laissez faire, laissez passer" en un calendario dislocado, que ha de recuperar la cordura tras un abril loco que provoca sacudidas climáticas donde acertar con la indumentaria se convierte en todo un desafío.
Una mirada perdida en el horizonte infinito que ya no distingue suficientemente los límites de lo que hace días fue campo y cielo, en un valle que se desborda entre sábanas blancas y verdes. Calles y plazas alfombradas por la nevada fuera de fecha, que invita a pisar por ellas hundiendo los pies en los copos cuajados que resisten en un paisaje helado de nata.
En “abril, nieves mil” cuando borrascas, anticiclones, frentes atlánticos, nortadas, vaguadas escandinavas, fenómenos atmosféricos importados del Norte de Europa acercan el Ártico a la península y a la puerta de casa.
