Nieva. Dios nos regala una nevada generosa. Las carreteras impiden el paso. Las calles han dejado inútiles a los vehículos, algunos empotrados contra una esquina. Los transportistas abortan las entregas. Los fieles cristianos renuncian a la misa habitual o se parten la pierna, el brazo en el intento. La calefacción no puede con el tocho de manto que tiene sobre el tejado. Los ríos a pique de claudicar ante tanta abalanza de agua salada. Demos gracias a Dios.
En el Azoguejo de los viernes los adolescentes más prudentes se guarecen bajo los soportales. Un buen número de ellos transitan como si no nevara, con sus melenas y atuendos remojados. Turistas y aficionados a la fotografía disparan sus dispositivos con ansia. Los niños rebullen por detrás de las ventanas, que dan ganas de dejarlos escapar. Valientes con guantes se lamentan de rodar bolas enormes que luego no terminan en muñecos de nieve, pero sí con las manos ateridas y sin guantes. Los copos que pasan al lado de las farolas convierten en oro volátil su aterrizaje. El suelo que empezó como si lloviera, convierte la primera rebaba en manto tierno; cuando el blanco empieza a asustar a la gente: va en serio.
Gozada para meteorólogos y periodistas en general. Se cumplen sus amenazas disfrazadas de previsiones, se dan a las conexiones en directo, se congratulan con sentirse necesarios, tan llenos de actualidad. No como los trabajadores que acaban su turno y, al salir, lamentan no calzar ruedas de invierno o lo lejos que viven de sus hogares. Móvil por aquí, guásap por allá. Venga de palabras sin dar un paso.
Qué bonita es la nieve. Cuando cae. La del primer instante. Al día siguiente. Si no es la caduca de primavera que empieza a llorar desde los tejados al poco de posarse, si el frío de enero la persigue entre borrascas y anticiclones, se prodiga en aceras de hielo, en asfalto brillante donde deslizar hacia el morrón. Allá las señoras temerosas, agarradas a las barras del autobús, refunfuñando que el ayuntamiento no tire más sal. Los colegios cerrados. La cola del pan inútil porque no llega el pan. La entrada de cada casa, de cada comunidad, echa en falta al vecino antiguo que salía a barrer su trozo. Los empleados de cada tienda en cambio limpian con desgana, antes de que el dueño reclame. ¿Bonita la nieve? Cuando vuelvan los cuarenta grados prohibido quejarse, si el olvido no se lleva los propósitos.
Es tiempo de ello. Que nieve en la sierra. Más quitanieves. Hacía tiempo que no nevaba tanto. Con Franco nevaba más. Año de nieves… Manuel Toharia: diles a estas gentes refraneras y recurrentes que esta será la nevada de su vida, que con esta nevada cubrirán la memoria de sus años anteriores y que, en los siguientes, no habrá nevada que la pueda igualar. Que los registros meteorológicos no tienen nada que hacer frente a la memoria sobre el tiempo, tan caprichosa y emocional.
La ventana, incansable paisaje nevado, deja para en adelante un suspense: a ver cuánto se atreve a nevar esta vez.

