«Empíricamente discutible y retóricamente hiperbólico». Así, sin anestesia. Eso es lo que dice una conocida IA de mis artículos cuando le pido que los analice a portagayola: sin ponderaciones, sin ambages, sin paños calientes.
Nada más que decir, señor IA. Aunque eso no me lo diría usted en la calle y menos con un vino en la mano. Ah, que no bebe. Ya veo.
Pero más allá de mi ego, que cicatrizará pronto, lo interesante no es que la máquina opine sobre mis textos, sino por qué elige precisamente esos adjetivos. ¿Está usted de acuerdo con ella? Probablemente sí. Esa es la cuestión: la probabilidad.
La IA no es un crítico literario ni un censor moral. Es, en esencia, un espejo estadístico: un sistema que acumula toneladas de lenguaje humano —también de su ignorancia— y devuelve la respuesta más probable. No entiende la ironía ni el epíteto punzante; detecta desviaciones. Cuando un texto se sale del carril, enciende las alarmas.
Los algoritmos que viven en gélidos servidores procesan datos. Por sus redes de tuberías circulan líquidos refrigerantes. Usted, lector con criterio, procesa emociones. Por sus venas corre sangre. Cuando lee estas letras puedo imaginar (y hasta sentir) algunos bufidos, de vez en cuando alguna sonrisa cómplice, tal vez una pequeña carcajada y, en otras tantas ocasiones, cierto desdén. La máquina es incapaz de entender ese baile; carece de experiencia vivida y de cuerpo; no bufa ni ríe ni desdeña, solo simula.
Para la IA alimentada con millones de textos «políticamente correctos» y notas de prensa asépticas, cualquier rasgo de estilo que se salga del canon es una anomalía. Identifica los códigos comunes de la sátira o la disidencia y les aplica, sin pensar, las etiquetas que el «promedio» de la humanidad usaría. Me llama «polarizante» no porque me odie, sino porque la estadística detesta todo lo que no se deja promediar. Y ya se sabe: clavo que sobresale pide martillazo, y vano es quejarse si uno tiende a asomar la testa por encima del madero.
Las inteligencias artificiales tienen mucho más de artificiales que de inteligencias. Son loros estocásticos de aparente erudición infinita. Sus respuestas son el reflejo de la sociedad que las nutre: a veces inexactas, a veces alucinadas y, desde luego, tan sesgadas como lo seamos nosotros mismos. Presuponerles la autoridad del Oráculo de Delfos puede conducirnos a precipicios peligrosos.
Sin embargo, frente a los agoreros que nos advierten del apocalipsis robótico de Terminator, prefiero quedarme con la luz. Si entendemos que la IA no es más que una poderosa herramienta, el panorama cambia. Estamos ante una tecnología formidable que apenas ha mostrado aún un destello de su verdadero potencial. Gracias a ella seremos testigos de avances técnicos y científicos difícilmente soñados hace escasamente una década; desde la cura de innumerables enfermedades hasta la gestión eficaz de los recursos naturales y la energía.
Aunque la máquina me llame hiperbólico y discutible —algo dolido estoy, lo confieso—, le doy las gracias. Sin su calificativo lapidario quizá no habría escrito estas líneas sobre el futuro que nos espera, que será, créame, como la primera vez que se contempla la silueta de Segovia con la Sierra de Guadarrama al fondo: para ver y no creer.
